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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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23 Junio 2019 03:00:00
Simulación perniciosa
Sin la relevancia que hubiera tenido un par de décadas antes, un candidato a presidir el Comité Ejecutivo Nacional del PRI se retiró de la contienda en medio de una abierta condena a la simulación presente en ella, y renunció también al partido.

Yo no se qué movió a José Narro Robles –un hombre de bien, comprometido, servidor público con una carrera pulcra y exitosa, profesor y directivo universitario– a emprender ese empeño, especialmente cuando ese partido ha dado muestras de abandono de sus viejas proclamas y, sobre todo, de la permeabilidad social que lo llevó a ser la opción dominante, en términos de popularidad política, en este país.

No lo sé de fijo, pero concuerdo con él en que la simulación, desde hace ya mucho tiempo, se ha hecho dueña del comportamiento social, y no sólo político, de este país.

Es cierto, entre los partidos y aquello que suele llamarse “clase política” la simulación es más evidente, entre otras cosas porque los empeños globales de impulsar la “sociedad abierta” y, consecuentemente, la transparencia gubernamental y el
acceso a la información pública exhiben mejor lo que antes podía ocultarse sin mucho afán.

El crecimiento cívico, aunque relativo e insuficiente, de las personas que habitan este país, también ha contribuido a ese fin, a pesar de los esfuerzos, cada vez mayores pero también ineficaces, que algunas autoridades despliegan por simular que gobiernan en aras del interés general, cuando que son los intereses sectarios y personales los que privan en su ánimo.

Hay muchas muestras de ello, la gente lo sabe, pero en los hechos poco se hace por remediar la situación.

Hay que tener en cuenta que tantos y tantos lustros de simulación han generado vicios y comportamientos que se tienen con frecuencia y generalizadamente como naturales, o cuando menos justificados, mientras cubran las apariencias.

“Vergüenza –se dice, entre veras y bromas– es robar y que te cachen”.

“Primero comer que ser cristiano”, dice otro refrán, y la intuición de quien se hace del poder público ha llevado al descubrimiento de la capacidad que las necesidades básicas de la gente tienen en términos de poder político en extensión y profundidad nada alentadoras. El “clientelismo” se ha sofisticado grandemente como “argumento” de persuasión electoral y, en general, política. “Poderoso caballero es don dinero”, ni quien lo dude.

Entiendo bien, por lo tanto, la actitud de José Narro. Lo que no entiendo es cómo algo tan evidente como los engaños de que se vale tan burda trama de simulaciones no se han percibido por la gente, o si lo han hecho, por qué permanece sumida en la apatía y prestándose al éxito de tal estrategia, que no solo atenta contra su bienestar, sino contra su dignidad misma.

Los pueblos tienen, se dice, a los gobiernos que se merecen ¿Será eso cierto en el caso de México? Me niego a admitirlo, pero no puedo menos que pensar que la transformación que falta es la que solo puede traer consigo la decencia, único antídoto eficaz contra la corrupción, que no podrá ser nunca abatida a punta de castigos, sino desde una formación humana en que el aprecio por la dignidad se finque en el respeto propio, tanto como en el que se tenga por los demás, en justa reciprocidad.
La simulación no se destierra con discursos, sino con conductas genuinas; la corrupción, que es madre y es hija de ella, también. No son castigos, proclamas y burocracias lo que falta, sino actitudes y comportamientos correctos, esos que no se aprenden en los libros y las escuelas o en normas dictadas por organismos internacionales o instituciones globales, sino desde la cuna y en el seno de la familia misma.

Hay que tener presente que el mejor antídoto contra todo vicio –y la simulación lo es– consiste en la virtud que, mucho me temo, en el caso solo podrá generarse desde la verdadera sociedad civil, dado el deterioro de otras instituciones paradigmáticas.
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