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Dalia Reyes
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05 Marzo 2019 04:00:00
Sin enderezar
En 2009 “sembré” este artículo. Usé ese verbo porque he cosechado buenos y numerosos frutos entre estudiantes y profesores quienes transitaron de una idea acartonada sobre la lectura a la peligrosa libertad de leer como uno quiera. Hoy una maestra me pidió que lo replicara en este espacio para solaz de sus alumnos.

Hay diferentes pruebas para evaluar la calidad de la educación básica en nuestro país. Algunas son propias y otras prestadas, pero en ambos casos se pretende hurgar, escarbar, en los cajones intelectuales de nuestros niños para saber si sus maestros los dejaron medio llenos o medio vacíos.

La más conocida es Enlace, test de batería –se llama así porque contiene preguntas de diferentes tipos de respuesta– que todavía pone a los niños ante el reglazo de qué es el objeto directo en “la vaca come alfalfa”. La otra es la prueba PISA, encaminada a unos cuantos sectores específicos de la educación con énfasis en la lectura.

Si los profesores estuviéramos todos preparados para manejarlas con la madurez de que estamos trabajando con seres vivos y que las condiciones pueden ser cambiantes en cada momento y en cada persona, voy de acuerdo en aplicarlas, pero cuando nos exigen que el lector esté sentado, sin cruzar las piernas porque le dan várices, sin mover la cabeza, solo los ojos; no abrir la boca, no emitir sonido alguno, que en su alrededor reine el silencio, no levantar el libro, tomarlo con ambas manos… Bueno, ya me cansé solo de platicárselo.

Uno de los libros que más he disfrutado es “El Mundo de Sofía”, y la mayor parte de sus páginas las repasé con voracidad tendida en la tierra del bosque con un árbol por recargadera. Sí me distrajeron muchas veces las aves, rebuznos y bramidos, a los que dediqué tiempo haciendo un espacio para continuar con la historia de la Filosofía. ¡Y sí le entendí!, hasta logré que mis alumnos de preparatoria lo leyeran voluntariamente.

“El Médico” lo terminé mientras cocinaba pollo en mole y “Ensayo Sobre la Ceguera” en dos o tres vueltas al banco, justo en quincena.

Algo debo confesar: no he presentado la prueba PISA, tal vez la repruebe; seguro me rechazarán los de la lectura rápida, pero no tienen idea de cuánto disfrute de mis lecturas.

Entonces ¿por qué no leer de cabeza si eso nos da placer? ¿O acaso usted no ha terminado un buen libro dando un profundo suspiro en el baño?


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