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Germán Martínez Cázares
Germán Martínez Cázares
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26 Agosto 2008 05:00:00
¿Sin Estado?
Hace exactamente 536 años, en París se respiraba olor a sangre, odio, intolerancia religiosa y muerte. Catalina de Medici, partidaria de los católicos, ordenó el exterminio de los protestantes calvinistas en la tristemente famosa noche de San Bartolomé.

Esa masacre inspiró, tiempo después, a Gabriel Naudé para acuñar el concepto de “golpe de Estado”. El famoso coup d’État, tan llevado y traído desde entonces en la literatura política.

En principio, el coup d’État significó solamente ese acto violento realizado por la autoridad para rejuvenecer su imperio. La carnicería de Catalina de Medici sobre los hugonotes buscó eso: golpear para fortalecer el reino francés.

Con el tiempo, la idea de “golpe de Estado” se modificó. Hoy significa un cambio brutal de gobierno, arrancado, auspiciado y ejecutado en forma violenta, sin apego a la Constitución ni al orden democrático.

¿Por qué viene esto a cuento? Porque dentro del enorme desafío de combatir a la delincuencia y, sobre todo, desde el dolor inmenso de las víctimas, algunos políticos, analistas y comentaristas de noticias animan respuestas que suenan a desaparecer, de plano, al Estado.

Quizá sin proponérselo, los acusadores de todos los gobiernos están contrapunteando al Estado con los ciudadanos. Están entonando la cantaleta de la inutilidad de todos los partidos políticos, aplauden las declaraciones que piden la renuncia de todos los gobiernos. En resumen, proponen, en los hechos, un coup d’État, una capitulación del Estado.

Correr en la pista del desprecio a la política y denostar a las instituciones del Estado, es decir, al conjunto de diputados, alcaldes, gobernadores, Ejército, policía y partidos políticos, equivale, para fines prácticos, sino un típico golpe de Estado, sí un golpe durísimo al Estado.

Preguntémonos: ¿a quién conviene un Estado escuálido? ¿No es eso el sueño de los asesinos y secuestradores: gobiernos descoordinados, ineficientes y, si se puede, sin respaldo de sus ciudadanos?

No estoy defendiendo un respaldo ciudadano ciego. Ni quiero cheques en blanco de la sociedad a sus gobernantes. Mucho menos que metamos la cabeza, como avestruz, frente al delito.

Defiendo el orden democrático que nos hemos dado para hacer rendir cuentas a los gobernantes, y ese orden exige lealtad al Estado, a la política y a los procedimientos electorales de participación ciudadana, para deslindar responsables.

Tampoco niego la crítica, no sólo indispensable en democracia, sino justificada por los crímenes impunes; pero subrayo que esa crítica tiene que hacerse cargo de la defensa de nuestras instituciones (no de los resultados, errores y equívocos, obvio) del Estado.

Ya se escuchan, al mismo tiempo, frases, discursos, rumores, de que los delitos son prueba de la ingobernabilidad. Seguir por esa ruta, sin Estado, es caminar al precipicio; y las decisiones del Estado, invariablemente, se construyen con política.

Despreciar al Estado y a la política en la lucha contra el crimen, no sólo es un balazo en el propio pie, sino abono al terreno de la revuelta, donde todos los ciudadanos queden a merced de un ciudadano más fuerte. Como en los tiempos de Catalina de Medici.

***

Ahora que el PRD presentó una iniciativa de reforma a Pemex, la pregunta sigue siendo la misma: ¿los seguidores de López Obrador, de todas maneras, van a tomar la tribuna o respetarán el procedimiento legislativo y las decisiones parlamentarias? Tenemos una pista, para la respuesta: son capaces de tomar y autoclausurarse sus propias oficinas.



Germán Martínez Cázares
(Presidente nacional del PAN)
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