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Juan Latapí
Juan Latapí
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31 Marzo 2019 03:10:00
Sobre disculpas y más
CADA AÑO QUE SE CONMEMORAN el bombardeo de Pearl Harbor o el lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima, tanto japoneses como norteamericanos participan en dichas conmemoraciones, sin rencor y hombro con hombro, para recordar a las víctimas de aquellos hechos con la firme intención de darle la vuelta a la página después de haberse ofrecido mutuas y sinceras disculpas.

POR ESO, BIEN DICEN QUE las disculpas se ofrecen, no se piden, porque dichas de dientes para afuera de nada valen y mientras no haya la humildad para reconocer el mal infligido, de nada sirven, y por el contrario, envilecen a quien las pronuncia de esa manera y humillan a quien las recibe.

Y SI BIEN DURANTE LA Conquista española se cometieron múltiples atrocidades, no se puede culpar a los descendientes y paisanos de aquellos invasores que aniquilaron a los indígenas hace 500 años para pedirles disculpas. Y si nadie escoge a sus padres, ni a sus ancestros, tampoco se les puede endilgar responsabilidad alguna de las atrocidades que hayan cometido tiempo atrás.

PRETENDER VER EL EXTERMINIO DE la Conquista con la mentalidad actual no pasa de ser una sinrazón. Si bien en ese entonces los españoles eran los europeos más atrasados, anclados aún en la Edad Media y distantes aún del Renacimiento, fueron congruentes entre su manera de pensar y de actuar, inmersos en los mitos y leyendas de los caballeros andantes –basta recordar a Don Quijote-, cegados por un fanatismo religiosos que se debatía ante el avance de la Reforma de Lutero que se opuso con justa razón a los abusos de Roma.

CON ESA MENTALIDAD LOS CONQUISTADORES se enfrentaron a otras culturas a las que no podían alcanzar a entender y que al fin las derrotaron con sus gérmenes, armas y acero. La viruela fue la gran aniquiladora de los indígenas al no tener los anticuerpos que los europeos habían desarrollado durante siglos por su falta de higiene.

ERAN AQUELLOS ESPAÑOLES LOS QUE acababan de expulsar de sus reinos a los árabes y judíos que por más de 800 años habían dominado prácticamente toda la Península y que por profesar religiones diferentes a la católica fueron perseguidos hasta expulsarlos sin reconocer todos los avances –científicos, médicos, astronómicos, arquitectónicos, etc.-que aquellas dos culturas perseguidas habían desarrollado y aportado no solo a España sino al mundo entero.

AÚN ASÍ, A PESAR DE aquellos invasores medievales que buscaban fama y fortuna, también vinieron grandes personajes ilustres e ilustrados, como Fray Bernardino de Sahagún, quien supo reconocer la sabiduría y riqueza cultural de los vencidos para recopilarla y transcribirla. También mucho debemos a Fray Bartolomé de las Casas quien fue un férreo defensor de los indígenas ante los abusos e injusticias de los conquistadores.

COMO EN TODO, HUBO DE todo en ambos bandos. Por ejemplo, la crónica de Bernal Díaz del Castillo muestra las barbaridades de los conquistadores, pero por otro lado están las crónicas que describen la saña y crueldad que ejercían los aztecas contra sus pueblos tributarios.

A FINAL DE CUENTAS SOMOS un pueblo mestizo, que por nuestras venas –en mayor o menor medida- corren sangre española e indígena y pretender menoscabar cualquiera de ambos orígenes es un sinsentido. Por ello, valdría le pena saber de qué sirve que un rey lejano se disculpe por lo que hicieron sus ancestros hace 500 años si nosotros mismos vemos y tratamos a los indígenas como gente de segunda, que no hacemos –ni nos interesa- hacer un esfuerzo por entenderlos, si hasta la fecha vemos a la ex-precandidata presidencial Marichuy como alguien extraña. Sin ir más lejos, nos reímos de las burlas hacia Yalitza, la actriz de la película Roma. Antes de esperar disculpas debemos aprender a tratar a los indígenas como lo que son, tan humanos como nosotros, si no es que más.

POR TODO ESTO, SÍ, AMLO se equivocó en la forma de pedir disculpas, aunque en el fondo tal vez tenga razón por hacerle justicia a los indígenas; sin embargo, agraviados y agraviantes debemos dar vuelta a la página para reconocer lo que ambas culturas nos han aportado y que –aunque no lo queramos- nos hace sentir orgullosos de lo que somos, pero sobre todo, de lo que queremos y podemos ser todos, incluyendo a los indígenas.
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