×
Isabel Arvide
Isabel Arvide
ver +
Periodista, ha colaborado en los principales medios nacionales desde 1976. Recibió el Premio Nacional de Periodismo en 1984, primera mujer en obtenerlo por opinión. Es conocida por sus comentarios políticos críticos, ha publicado novela, poesía erótica, crónica y entrevistas. Entre sus libros destacan, con más de diez ediciones vendidas, "La Decisión Presidencial" y "Asunto de Familia", ambos analizando la corrupta relación entre Manuel Camacho, Carlos Salinas de Gortari y Luis Donaldo Colosio. En "La Guerra de los Espejos" narra el conflicto armado de Chiapas desde la visión de los cuarteles militares, editorial Océano, noviembre de 1998. Por el mismo sello editorial publicó, en 1999, "La Sucesión Milenaria" analizando el proceso electoral que llevaría a la derrota del PRI. Fue la efímera directora del diario Summa, de la empresa Televisa, hasta el primer día de diciembre de 1994, de donde salió por el encabezado: "Decepcionó el Gabinete". Hasta junio del 2000 escribió una columna política diaria para Ovaciones. A partir de esa fecha colabora en el diario Milenio, así como en el semanario del mismo nombre. Su columna diaria se publica en 15 periódicos de provincia. Visite www.isabelarvide.com

" Comentar Imprimir
20 Junio 2009 04:00:45
Sobre la orfandad
Soy muy mayor, también de edad, para reconocerme huérfana y ponerme a llorar hasta agotar el dolor. Soy, también, una madre que perdió al anciano que se había convertido en su hijo y por tanto carece de razones pertinentes. Soy una de muchas mujeres que este domingo confrontan su realidad lejos de la protección masculina.

Me hace falta mi padre. El de mi niñez, el que vino a pedirme que fuese a conocer a mi nieta. Me hace falta saber que en algún espacio de mis casas, de mi realidad enfurecida, de mis sueños estaba presente en las horas de mi cansancio extremo donde, una y otra vez, nuestra relación adulta se estableció en la paciencia.

Y es que mi padre siempre estuvo ahí. Con su carga de ceguera intencional, con su amor incondicional por los suyos, con su relación más bien metafísica con la realidad. Protector de nosotros en la incapacidad de protegernos de los demonios propios, y también de las carencias heredadas, estaba ahí.
Es cierto, al final estaba de mal humor, tremendamente enojado por su deterioro físico, por necesitar ayuda para caminar, para vivir. Pero también, cómo no recordarlo, al final de todos los finales, sin habla en la cama de hospital estaba ahí para sonreír ante la hija de su nieto que vivió como su hijo, la que le fue anunciada en otra cama de otro hospital cuando ya habíamos iniciado la ronda de las despedidas, cuando ya sabíamos los adultos que queremos ser los hermanos, que era cuestión de tiempo.

Mi padre para quien compraba camisas, mi padre que me regaló la última ficha ganada en la ruleta ya en silla de ruedas días antes del colapso, no me abandonó nunca. Ni cuando me veía con sus ojos plenos de impotencia, enojado, en el inicio de su agonía.

Y con esa lección, machismo a la antigua que permanece al pie de la raya, peleando con la única mujer que tuvo que cada día insistía en pedir su protección, en tomarse de su mano hasta materialmente hacerlo trastrabillar en su debilidad física, conformó mi cuento de hadas jamás encontrado. Porque los otros, también hombres, también humanos, suelen abandonar.

Dicen que de pequeña me colgaba de sus piernas para impedirle salir de casa, recuerdo a mi madre, en mi adolescencia libertaria, atravesada en el piso para que no me fuese y, también, lo puedo escuchar ceder ante su presión. Así eran las cosas de la normalidad, como cuando fui de su mano a la misa de sexto año o cuando me decía fatigado al despertar que mi madre, eterno femenino a evadir, no entendía, y volvían a discutir como único ejercicio de aferrarse a la vida. Para después sentarse, solo, de cara al sol en mi jardín.

Mi padre libre de pecados que dejó que un sacerdote ajeno lo confortase en el final. Mi padre abandonado de la primer mujer de Bruno, tan suya, que la perdonó horas antes. Mi padre en su silla de ruedas frente al rojo árbol de la última Navidad que ya no vio. Mi padre saliendo en camilla hacia su última cita.
Mi padre cenizas bendecidas en una iglesia de pueblo la noche del último día del año, mi padre que me engendró jubiloso y me abrazó siempre.

Este domingo es el primero de mi orfandad. Han pasado seis meses y no logro borrar las largas horas en que le pedí, dicen que ya no podía oírme, que dejase de respirar, que por favor se muriese mientras mi hijo lo abrazaba y Frank Sinatra cantaba sin detenerse. Cosas de la vida me dicen, ciclos que se cierran, etapas impostergables. Recuerdo a Jaime Sabines en aquel poema donde después de decir “a la chingada las lágrimas” se puso a llorar…

http://www.isabelarvide.com
Imprimir
COMENTARIOS



0 1 2 3 4 5