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Fausto Fernández Ponte
Fausto Fernández Ponte
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Don fausto fernández ponte es poseedor de un impresionante y sólido currículum: 50 años de periodista profesional. Su opinión y columnas periodísticas son respetadas en ese ámbito, por el prestigio que a pulso se ha ganado, es considerado una autoridad en su campo. Además de corresponsal de guerra, ha entrevistado a jefes de estado y de gobierno de la talla de Lyndon B. Johnson, Richard M. Nixon, Indira Gandhi y William Clinton.

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03 Marzo 2009 05:00:27
¿Sociedad sin Estado?
Los mexicanos seguiremos a la deriva hasta que las tormentas hundan nuestro barco: Margarita Romero de Lowell

I
La metáfora de la cara leyente Romerio de Lowell citada en el epígrafe precedente exhibe elocuencia. El barco se hunde, nos quiere decir, en mitad de un océano proceloso -fuertes vientos, gran oleaje, lluvia intensa, oscuridad- y un velamen podrido, aparejos rotos y obsoletos. Y un capitán y sus oficiales que no saben qué hacer.

A esa metáfora sumaríase la del también caro leyente José Rubén Novales, recibida apenas ayer: “Los mexicanos somos pasajeros de una nave, marítima o aérea, cuyo capitán y tripulación no parece tener la menor idea de qué hacer para llegar a tierra segura, y lo único que se le ocurre es echar a los pasajeros por la borda o al vacío”.

El leyente Novales dice: “Parecería que el capitán y la tripulación (el Presidente, los legisladores, los ministros de la Suprema Corte, los gobernadores, los diputados locales y los presidentes municipales) ven al pueblo como enemigo. A veces, yo siento que así me ven los funcionarios públicos que yo elegí como ciudadano”.

Señálese lo obvio: que no todos los caros leyentes usan metáforas para aludir a la crisis generalizada que cada día parece extenderse transversalmente y ahondarse más y más. Algunos exhiben lo que parece ser crudeza devenida de frustración y ése en ira ante lo que muéstrase como evidente incompetencia del poder político del Estado mexicano.

Hágase la salvedad precisoria que por poder político del Estado entiéndese a uno de sus elementos constitutivos representados en el gobierno en todos sus niveles. Ese poder político debe responder en, un marco jurídico expreso, al interés de otro elemento constitutivo del Estado: el pueblo.

Y, con arreglo a ese marco jurídico, el pueblo es el mandante y el poder político el mandatario, de allí que éste sea renovado electoralmente, aunque en México y otros países existe una excepción en el Poder Judicial federal y en los estados: su composición es subrogada en segundas y hasta terceras instancias.

II
México sería, antójase, un caso de libro de texto en materia de descomposición del Estado -como ordenación jurídica y política de la sociedad mexicana- que ocurre cuando sus elementos constitutivos no se corresponden entre sí. La antropología política exhibiría, además, otro fenómeno inherente y secuencial: sociedad sin Estado.

¿Sociedad sin Estado? Es decir, ¿ese conglomerado de 120 millones de mexicanos (cifra actualizada) que ocupan un territorio distintivo desde Baja California a Quintana Roo (y sin la escamoteada Isla Bermeja) cuya cohesión básica es la territorialidad y la identidad histórica carecerá de un Estado que la defina como sociedad política?

La respuesta a esa interrogante, suscitada por la manifestación aparente -pero discernida como vera- del fenómeno ocurrente aquí identificado, pudiere ser variopinta y abarcar por ello amplia gama de definiciones filosóficas, antropológicas, sociológicas, jurídicas y políticas y hasta algunas determinadas por la economía.

El problema que inspira éstas reflexiones no es vano. Una premisa mayor es objetivamente real: la descomposición del Estado ha accedido a una fase que no pocos observadores de los fenómenos sociales y políticos identificarían como final, ya en la antesala de la desintegración institucional.

Esa desintegración institucional ya se registra, de hecho, precede a la desintegración estructural y, desde luego, la que se refiere a la infraestructura coactiva y coercitiva del Estado. De allí a la difuminación de las superestructuras sólo hay un paso cuya longitud, corta o larga, dependería, ahora, sí de la sociedad misma.

El fenómeno desintegrador no es, sin embargo, reciente, atribuible en rigor histórico al titular del Poder Ejecutivo devenido del muy dudoso proceso electoral de 2006 que le sustrae legitimidad moral y representatividad real. Felipe Calderón es legatario de una herencia de crisis estructural que se trasmite sexenalmente desde 1982.

III
La crisis es, pues, antañona, con ciclos, etapas y fases de latencia y virulencia, aunque la actual es, por su globalidad, la más severa desde la registrada durante 1929 hasta la Segunda Guerra Mundial. En México, el grueso de la población no conoce otra cosa que un contexto de crisis y carece de referentes para cotejarla.

Ese grueso es conformado por los nacidos en un lapso que se remonta a hace 27 años, más a aquellos mexicanos que adquirieron la adultez en 1982 y accedieron, por edad, al ámbito de la crisis. Ésta, no huelga reiterarlo, es la consecuencia de cambiar de caballo a mitad del río, como habría dicho Francisco Villa.

Mas lo que emerge como cierto es que en 1982, un fiat presidencial de Miguel de la Madrid de adherir la economía de México, entonces bajo la modalidad sui generis de mixta, semiestatizada, semicentralizada y semiplanificada -más propia de un subcapitalismo de Estado- a la filosofía del neoliberalismo, fue génesis de la debacle de hoy.

Carlos Salinas y Ernesto Zedillo acentuaron esa adhesión del Estado mexicano al neoliberalismo y ello explica la espectacularidad y el dramatismo de la crisis ocurrente. Vicente Fox cedió (según confesión propia) los bártulos de gobernar a su esposa, Marta Sahagún, una frívola analfabeta funcional, e impuso a su sucesor.

Y así hemos llegado en México a este punto de ser ya una sociedad sin Estado viable, fallido -actúa opuesto al interés societal general-, quebrantado moralmente y quebrado financieramente, en guerra contra un enemigo que, paradójicamente, los mexicanos no perciben como enemigo, sino que exalta en corridos.

Los mexicanos nacidos en la crisis -desde hace 27 años- y aquellos que accedieron a la adultez en crisis- tienen un telón de fondo que no acentúa los contrastes de su contexto individual y societal. Para ellos, el Estado es ajeno a sus intereses y por ser mayoría, ¿conforman ya en los hechos una sociedad sin Estado?

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