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Dalia Reyes
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19 Febrero 2019 04:00:00
Subir para abajo
Ya cuando cerraban la plática con esta frase “Y tiene una casa de dos pisos”, todos estaban ciertos de la acomodada posición económica de la cual gozaba el persona de marras. Nosotros, los pobres, nos conformábamos con un piso, y a veces de tierra.

Llamo a esto la paradoja de la escalera. Mi tía era rica, pues un costado de su sala tenía, a modo de costilla, una rutilante escalera que anunciaba la entrada a cierto paraíso superior que, en mi fantasía, se adivinaba amplio, pulcro, con pisos suaves como si anduviera uno entre las nubes, con ventanales interminables, cual si uno fuese dueño del cielo mismo. En realidad, la casa llevaba en la planta alta dos recámaras medianas y un baño común.

Mi padre, por su lado, era pobre. Tenía en su haber una casa con dos recámaras enormes con piso de barro, cuyos techos era imposible encalar si no se contaba con un andamio; había al lado una cocina grande con estufa de leña y mesas de madera, sobre la cual pendía un canasto rebosante de tortillas recién hechas. Afuera se extendía un patio, regido por el pirul, y más allá, estaba la huerta, la troje, el corral de las vacas y el tapanco. Pero no había escaleras.

La inteligencia comercial hizo lo suyo cuando convenció al mundo que un habitante de la ciudad, encaramado en una casa más alta que sus aspiraciones era sinónimo de estatus envidiable. Subir la escalera parecía la imagen propia de le elevación al cielo, como si adquirir una casa con doble planta nos volviera el bíblico Elías de Reyes 2: 11, subidos hasta Dios en medio de un torbellino.

Los habitantes del campo, por la paradoja de la esclarea, se han sentido siempre como si fueran el condenado a pisar la tierra, a estar siempre pegados a ella como una predestinación, como sus propios caballos que aunque no estén atados no se arrancan a correr, sino que quedan ahí pendientes de la soga.

Hoy los amplios terrenos se cotizan altos. Una casa con techos altos, encalados, extendida en medio de un predio sin necesidad de violentar el medio interrumpiendo la mirada al cielo es lo que nos vuelve miembros de la estirpe superior.

Los campesinos ya se dieron cuenta de eso y tomaron una decisión: venden a los citadinos para que construyan en sus grandes tierras casas pequeñas con escaleras.

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