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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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19 Junio 2009 03:37:45
Superioridad moral
Por ahí he visto que dicen que anular el voto es antidemocrático. No es correcto. En teoría, un ciudadano mexicano está obligado a votar, pero no hay sanción por no hacerlo, de forma que va a votar el que quiere hacerlo. Y si ninguna opción le gusta, puede optar por escribir el nombre de su candidato en la boleta, aunque ese voto no contará, según jurisprudencia. Malas leyes, sin duda, producto del difícil proceso político que hemos seguido en México en nuestra reciente democratización.

La decisión de un ciudadano de anular su voto es perfectamente democrática, aunque sea políticamente poco útil. Lo que ya no lo es tanto es la promoción de esa anulación con el argumento de que los políticos y sus partidos son un hato de inútiles y malas personas. Reitero lo que he escrito antes: la promoción del voto nulo tiene detrás el supuesto de que la clase política es moralmente inferior, y ahí sí la democracia se pone en riesgo.

Cuando un grupo actúa en política convencido de ser moralmente superior a los demás, la base de la democracia, la igualdad, se pone en riesgo. El gran avance en Occidente, que posibilitó la democracia como hoy la conocemos, fue separar las decisiones políticas de la religión, que suele ser fuente de creencias morales muy extrañas. Por eso quienes actúan en política convencidos de su propia superioridad moral son, en realidad, profundamente conservadores, sin importar su posición en la geometría política.

El caso extremo más reciente de esta superioridad moral es, sin duda, López Obrador, y por eso este escribidor fue tan vehemente en su contra durante la campaña de 2006. La superioridad moral que este político considera tener raya en la demencia, como lo ha mostrado con claridad su más reciente desplante en Iztapalapa. Por eso propone “salvar a México”, porque parte de una posición moral en la que él se considera absolutamente superior a todos los demás. A partir del martes pasado, “Juanito” es inferior a López Obrador porque deberá renunciar al cargo de delegado, en caso de ganar; Ebrard es inferior, porque deberá proponer como sustituta a la señora Brugada; la Asamblea Legislativa del DF es inferior, porque deberá ratificar las órdenes del iluminado.

Se requiere mucha ofuscación para pensar que este político y sus seguidores son demócratas. No es así, y tal vez por ello son tan vehementes en sus ataques a los demás: lo hacen desde una posición superior. Ellos son buenos, y quienes no coincidimos somos malos.

La creencia en la superioridad moral, propia o de grupo, es una de las grandes amenazas para la democracia. Este sistema político parte de la idea de que todos, absolutamente todos, tenemos exactamente el mismo peso en la vida política. Los mismos derechos, que nos permiten transferir la capacidad de decisión a nuestros representantes, bajo ciertas reglas. En México, estas reglas son bastante malas, como todos sabemos, y han empeorado en lo que va del siglo.

El proceso de liberalización política que nos llevó a la democracia en 1997 se desvió en 2003, no hay duda de ello, pero pocos levantaron la voz entonces. En diciembre de ese año, a propuesta del Partido Verde, se hizo una reforma electoral que cerró las pocas posibilidades que había para una competencia política libre en México. Se duplicaron los requisitos para poder hacer un partido nuevo, y se bloquearon los resquicios para candidaturas independientes, entre otras cosas. Escribí entonces: “Estamos en manos de una caterva de bandoleros, ignorantes o cobardes, que cada uno elija su saco. No son capaces de tomar decisiones para fortalecer el país, pero sí para garantizar su negocio. Eso es lo que cuidan, no el bienestar del país o de las mayorías. Irresponsables” (“Los usurpadores”, 13-I-04).

Pero una gran cantidad de personas, incluyendo muchos comentócratas, no consideraron tan importante este viraje, tal vez porque entonces estaban bajo la égida del iluminado, y por lo tanto compartían esa superioridad moral que los hacía inmunes a las leyes electorales. Peor todavía, la pésima reforma electoral de 2007, que continuó el camino de sobrerregulación de la anterior, ocurrió como moneda de cambio en un Congreso que tenía que negociar una reforma fiscal y una energética. Al final, perdimos todos: las reformas económicas fueron limitadas, y la electoral ha sido un fracaso. Pero eso, me van a perdonar, es lo que pasa en las democracias: las leyes resultan del equilibrio de fuerzas en el Congreso. Todos votamos por esa Legislatura que hizo lo que hizo, y anular el voto de hoy no borra el voto de ayer.

Es obligación de todo aquel que crea en la democracia denunciar esta tendencia a la superioridad moral. No importa de quién se trate: sea el caudillo conservador, los locutores de la televisión o los colegas comentócratas. Cuando algunos creen que son superiores, la democracia está en riesgo. Y no existe sistema político preferible en el mundo moderno. Nos costó mucho llegar adonde estamos como para perderlo por esa profunda religiosidad de los conservadores de izquierdas y derechas.

http://www.macario.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
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