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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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18 Abril 2011 03:00:01
También los esposos están ‘consagrados a Dios’
Siempre y por todas partes se habla de que solamente los religiosos y los sacerdotes están “consagrados a Dios”. Se descubre esta manera de pensar, tan unilateral, especialmente al considerar el hecho de que todos los fieles laicos por el solo hecho de estar bautizados, quedaron integrados al culto que Jesucristo presenta al Padre, porque, por el Bautismo, fueron marcados para participar en este mismo culto con “carácter imborrable”, y son, como consecuencia, “consagrados” desde su más íntima profundidad a Cristo y al Padre.

En el caso de los sacerdotes jerárquicos, tienen, además de la imagen de Cristo, especiales poderes de Cristo, (los poderes del Redentor que convierte el pan y el vino en su propio Cuerpo y Sangre, que perdonan los pecados y demás cosas semejantes) pero la imagen permanece siempre siendo la imagen de Cristo – Sacerdote que es impresa en todos los bautizados. En comparación con la consagración conferida por el carácter sacramental del Bautismo, no existe alguna otra consagración de sí mismo a Dios, que pudiera penetrar más a fondo y que pudiera conferir al alma algo más sublime que el rostro impreso de Cristo. Cualquier otra consagración de sí mismo a Dios y a Cristo, por ejemplo, la consagración de la vida religiosa, la consagración al Sagrado Corazón de Jesús, y otras semejantes, no pueden ser sino expresiones individuales y parciales de aquella realidad fundamental, que con el mismo carácter bautismal se marca a todo cristiano.

Inclusive, toda promesa que el hombre hace, no sólo a Dios, sino también a los demás hombres, hecha solemnemente delante de Dios, como es el caso de la promesa del matrimonio, de la fidelidad al otro cónyuge y del cumplimiento de todos los deberes de la vida conyugal y familiar cristiana, impone a los cónyuges, una “consagración de sí mismos a Dios”, a Aquel que, finalmente, quiere esta promesa y esta garantía, a Aquel, delante del cual los cónyuges hacen la promesa. En fin de cuentas, es Dios, quien recibe esta promesa. El texto del rito del matrimonio expresa con mucha claridad, cómo la Iglesia intenta que la promesa del matrimonio sea hecha “delante de Dios”.

La unión de las manos significa que los esposos “delante de Dios” prometen fidelidad hasta la muerte, y el sacerdote añade: “que Dios confirme este consentimiento que han manifestado ante la Iglesia y cumpla en ustedes su bendición, lo que Dios acaba de unir, que nunca lo separe el hombre”. Después bendice los anillos diciendo: “El Señor bendiga estos anillos que van a entregarse el uno al otro en señal de amor y de fidelidad”.

Al terminar el rito el sacerdote dice la oración: “Dirige tu mirada Señor sobre estos siervos tuyos, y mira benignamente a la institución del matrimonio que tú has dispuesto para la propagación del género humano, haz que también esta unión sagrada se desarrolle y conserve con tu ayuda”. Y también la Iglesia, de manera similar, aplica a los esposos el texto que dirige a los religiosos: “La Iglesia, con la autoridad que Dios le ha conferido, recibe los votos de aquellos que hacen la profesión y pide, para ellos, su ayuda y su gracia, los recomienda a Dios, les imparte una bendición espiritual y los une a Él en el ofertorio de la celebración de la misa”.

Según este texto los cónyuges, en virtud del sacramento recibido son “corroborados y consagrados” para poder cumplir todos los deberes de su estado. De la misma manera que en el sacramento del Bautismo y en el sacramento del orden sacerdotal el hombre es destinado y provisto para poder llevar una vida verdaderamente cristiana, así también, en el sacramento del Matrimonio los cónyuges son destinados y provistos de una perenne fuente de energía. Casi del mismo modo, (excepto en lo que se refiere al “carácter” sacramental), a los esposos que han recibido el “sacramento del Matrimonio”, nunca les faltará la fuerza de este sacramento.

Aun en el caso de que se traicionen el uno al otro con el adulterio, ellos siguen llevando aquel “vínculo sagrado”, de la misma manera que el cristiano, aunque haya perdido la fe y apostatado, sigue llevando el imborrable “carácter bautismal”. Esto hace comprender hasta qué grado la “consagración” del Matrimonio se puede comparar a la consagración conferida por el carácter sacramental del Bautismo y del orden sacerdotal.
Con esto se comprende en qué forma, no solamente los religiosos y los sacerdotes “están consagrados a Dios”, sino que también los laicos casados, están verdaderamente “consagrados a Él”.
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