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Dalia Reyes
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25 Octubre 2018 04:00:00
Tan tonta
No es fácil discernir entre ser inteligente o bella. La modernidad, sabemos, nos da la posibilidad de adquirir estos atributos –no simultáneos, sino a elección- por medios impensables; así que los bebés pueden relajarse porque hoy la máxima “lo que natura no da, Salamanca no presta” es obsoleta.

Como pueden ver, aún no me decido. Mantengo mis posibilidades en el limbo por la tendenciosa influencia de algunas amigas, quienes afirman que es mejor ser inteligente que bonita. Pero tengo mis reservas, pues ya quisiera yo tener la inteligencia de Ninel Conde para haber decidido, mejor, ser bonita.

¿Qué me conviene, en realidad? Vamos por partes. Una profesora bonita tiene más posibilidades para dejar de serlo; sin embargo, me gusta lidiar con los alumnos. Una articulista guapa sería un desperdicio, pues los lectores nos quieren tras la pantalla cada vez más; sería un gasto innecesario.

Ahora bien, el asunto será determinar la finalidad de ser bonita o ser inteligente. La segunda sirve, eso es claro, para que la mujer sea autosuficiente, decidida, resolutiva, emprendedora, incansable; la primera, para encontrar a alguien que haga todo eso por ella.

Vuelvo al principio: se necesita mucho seso para elegir entre senos o cosenos. Si quisiera ser bonita, he de ser tan inteligente y producir suficiente capital para transformar mi apariencia que, bien vista, no es fea, sino linda, pero poco. Quizá esto es muestra de cuánto la belleza es directamente proporcional a la capacidad intelectual; saque usted sus conclusiones sobre todos mis coeficientes.

Las encuestas arrojan resultados nefastos para nuestra estabilidad mental: a los hombres les gustan bonitas al conocerlas, pero luego las quieren inteligentes porque, como diría San José José: Hasta la belleza cansa. Es decir, eso nos enfrenta a encontrar la forma de parecer bellas durante seis meses en inteligentes el resto de nuestra vida. ¿Entienden la dificultan que en ello estriba?
Yo equivoqué mi camino: traté de ser inteligente medio siglo; ahora que no lo consigo, busco la hermosura, pero para ello deberé encontrar la piedra filosofal para mi transformación o provocar una explosión tóxica para volver invidentes a todos los caballeros.

¿Qué prefiere usted, amiga mía? Haré mi propia encuesta como esas pre electorales; preguntaré y preguntaré hasta encontrar un resultado satisfactorio a mis intereses: el 99.9 % de las personas dirán que lo mejor de todo es ser linda, pero no tanto y no tan tonta.
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