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Dalia Reyes
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04 Julio 2019 04:00:00
Tiempo al tiempo
En un programa de televisión matutina discutían, hombres y mujeres, los porqués de la tardanza femenina durante las compras y, paradójicamente, fue un caballero quien dio al clavo.

Salir con una idea predeterminada tiene que ver con una compra anterior: los zapatos con detalles negros en los costados, por ejemplo, combinarían a la perfección con el bolso antes descrito y debemos lanzarnos en su búsqueda porque, seguramente, esa combinación es tan común que a cualquier diseñador debería habérsele ocurrido.

A decir verdad, no es la imagen precisa del objeto de nuestro deseo lo que luego se torna en dilema, es asunto es que a veces, con todo y que nuestras ocurrencias parecen tan ordinarias, no localizamos con exactitud el artilugio y debemos conformarnos con algo ligera o completamente diferente; de ahí se desencadenará otra historia, porque si el bolso, el lugar de puntos shedrón los tiene rojo vino, entonces habrá que pensar en otro par de zapatos que combinen con él, por Dios, a nadie se le ocurriría llevarlo con los que tienen negrito en los lados.

No es un trance fácil, quedamos decepcionadas y debemos desarrollar una gran capacidad de tolerancia a la frustración porque nos parece imposible que ningún aparador muestra justamente lo que traemos en mente. Los años y la experiencia nos otorgan cierta flexibilidad, y podemos transigir un poco: bueno, si no son cuadritos que sean lunares; podemos ceder ante medio centímetro de tacón o cambiar un cierre de metal por otro plástico, pero no más, eso sería traicionar nuestros principios.

Nadie va cándidamente a las compras.

Eso de que salí a ver qué encuentro es una falacia que ya nadie nos cree: seamos honestas y confesemos, antes de invitar a alguien a la búsqueda, qué es exactamente lo que traemos entre manos, así el otro decidirá si nos espera en una doble función de cine u ordenando la biblioteca completa.

Debemos aceptar que hay pacientes compañeros de compras, pero eso no los hace comprensivos, no se dejen engañar: podrán esperar tras de nosotros el día entero, pero si leemos su mente, seguro tendrá una interrogación bien pintada: “¿Qué diferencia hay entre los puntos y los cuadros?”, se estarán preguntando y eso, en verdad, podría herirnos profundamente, hacernos sentir incomprendidas o acompañadas por pura compasión.

No, no lo merecemos.
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