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Dalia Reyes
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04 Diciembre 2018 04:00:00
Tocar, atacar
Así como el clima, el tema de los migrantes tuvo ocupado al país por un par de semanas. Se delimitaron los bandos, se aclararon las posturas, se removieron las conciencias y al final casi todos acabamos con un lío ideológico ante la urgencia de colocarnos en algún extremo: a favor o en contra.

Los funcionarios públicos abogaron por la indulgencia plenaria de sus actos; los partidos enarbolaron las banderas emergentes para un posicionamiento favorecedor; las instituciones públicas emitieron discursos neutrales, pero los hijos de vecino, como una servidora, los vimos de cerca, con la mano tendida y el rostro insondable del ajeno, como si los nacionales nos pertenecieran y el resto de la humanidad fuera una desconocida especie.

Los conductores no hemos tenido tiempo de analizar el impacto económico que ocasionará al país el darles un peso o negárselos, sin embargo, ese látigo existencial que nos ha heredado la moral no nos dejará tranquilos el resto de nuestra vida.

Cuando los migrantes piden dinero o comida a través de la ventana del auto, me queda siempre el remordimiento si no doy o si doy muy poco: Quién me dice que tal vez tuve frente a mí al próximo potencial Chopin o a al siguiente Albert Einstein y fui yo el deleznable ser que le negó ese personaje a la humanidad. Si doy mucho –en mis parámetros-, me da un resquemor existencial al pensar que probablemente hoy alimenté a un delincuente en ciernes.

Es una postura difícil decidirse a hacer algo con los migrantes; en todo caso, como hizo Romayne Wheeler, sería más tranquilizador ser migrante y hacer algo con los locales. Este pianista norteamericano quedó a vivir con los tarahumaras en la sierra de Chihuahua, dejando su vida de concertista solo para tres ocasiones al año, cuando sale de ese lugar. Enseña a tocar el piano a los niños rarámuri; hoy, uno de ellos se convirtió en pianista también y va por el mundo mostrando su versión de La danza del venado. Se llama Romeyno Gutiérrez Luna, no sé si es casualidad el nombre, pero si es un reconocimiento de vida, es una buena manera de ser local aunque se inicie migrante.

Entonces, quizá, deberíamos dejar atrás la discusión moral y empezar con la acción fehaciente, eso determinará de mejor manera cuán buenos locales somos o cuán eficientes migrantes podemos ser.


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