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José Luis del Río y Santiago
José Luis del Río y Santiago
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Actualmente es rector de la iglesia San Pablo Apóstol, ubicada en Los Valdés y encargado de la Comisión de Nuevas parroquias en la Diócesis de Saltillo, y catedrático en el Seminario de Historia de la Iglesia y Teoría Odegética. Su trayectoria por tres décadas en el Ojo de Agua lo distinguen, y más aún el hecho de que sea el único sacerdote exorcista autorizado, estudios que cursó por cuenta propia, además de actualizaciones a través de cinco congresos internacionales.

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25 Julio 2011 03:00:27
Toda vida cristiana es ‘evangélica’
En los escritos espirituales todavía suele usarse el término “vida evangélica” exclusivamente para la vida eremítica o, más generalmente, para la forma monástica de la vida cristiana, o, en un sentido más amplio todavía, para la vida religiosa en general.

Este uso nos sorprende. Si algo es “evangélico”, ¿no es, precisamente el amor como servicio a los demás, el amor que constituye el centro del Evangelio y que es la ley evangélica por excelencia, el amor que da la perfección a toda vida cristiana? ¿Acaso no es verdadero que algo puede llamarse “evangélico”, precisamente en cuanto que es (como es el contenido del Evangelio) una expresión particular de esta ley del amor “evangélica” por excelencia?

La Iglesia se aleja de tal uso del término “evangélico” en primer lugar cuando hablando de la “Vocación Universal a la Santidad”, al mencionar la vida religiosa, habla de la práctica “de los consejos que suelen llamarse evangélicos”. De una determinada manera de ver las cosas (que ciertamente no es general) nace la costumbre de llamar a la práctica concreta de la pobreza, castidad y obediencia (como se acostumbra en la vida religiosa) con el nombre de “la práctica de los consejos evangélicos”.

Rigurosamente hablando, aquel “modo especial” en el que, en la vida religiosa se practica la pobreza, la castidad y la obediencia, no viene indicado en algún versículo del Evangelio. El Evangelio no habla nunca de la pobreza “religiosa”, de la obediencia “religiosa”, del celibato “religioso” como una función eclesiástica. De esta práctica de los consejos, se puede decir como máximo que “está fundada sobre las palabras y los ejemplos de Jesucristo”, lo cual, no significa, en algún modo, una identidad formal. Cuando, más tarde, la Iglesia habla de los “consejos evangélicos”, debemos entender este término en el sentido en que lo acabamos de expresar: se trata siempre de los consejos “que suelen llamarse evangélicos”.

Todavía más importante de esta precisión, está el hecho de que la Iglesia atribuye el término “evangélico”, expresamente a todos los cristianos y particularmente a los laicos. Estos “viven en el mundo”, esto es, involucrados en todos y en cada uno de los deberes y asuntos del mundo y en las condiciones ordinarias, en que su existencia está como entretejida. Estando en el mundo Dios los llama a colaborar, desde dentro, a modo de fermento a la santificación del mundo mediante el ejercicio de su propio oficio, “guiados de espíritu evangélico”, y en este modo, “dan a conocer a Cristo a los demás”, principalmente con el testimonio de su propia vida y con el resplandor de su fe, de su esperanza y caridad. A ellos, les corresponde, particularmente, iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente ligados, de tal manera que siempre las hagan prosperar según Cristo. Los laicos deben, por lo tanto, en su función eclesial, dejarse “guiar por el espíritu evangélico”. Este tipo de vida y este tipo de actividad expresa necesariamente “el Evangelio”, manifiestan al mismo Cristo, que es el Cristo propiamente “evangélico” e impregnan del mundo natural el modo de ser de Cristo.

También los laicos deben vivir las actitudes que son resaltadas por el Evangelio: “Todo laico debe ser un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y un signo del Dios vivo, ante el mundo”. Todos juntos, y cada uno en particular, deben alimentar a la sociedad con toda clase de frutos espirituales y, de esta manera, difundir el modo de ser del cual están animados aquellos “pobres de espíritu” que el Señor del Evangelio proclamó bienaventurados. (Mt. 5, 3-9).

Cualquier cristiano tiene que difundir el espíritu evangélico del Sermón de la Montaña, y debe, primero, vivirlo en sí mismo, y realizar en sí mismo “la vida evangélica”.
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