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26 Diciembre 2018 04:03:00
Todo es un montaje del artista
Tratado de la infidelidad es una colección de nueve cuentos narrados con acidez y con dosis de humor negro que Julián Herbert y León Plascencia Ñol nos entregan en tres partes, donde la fidelidad resulta imposible: Rastros en el Sendero, Serie B, y Casi Una Novela.

Aquí el adulterio, el sentimiento de atracción por el otro, y la promiscuidad no se juzgan, suceden sin más.

En Rastros en el Sendero encontramos postales íntimas de Lisboa, de mujeres que construyen bloques de silencio o escuchan canciones tristes de Raquel Peters, mujeres pelirrojas y de piel seca o empeines rajados, y hombres que deciden morir dentro de ellas, o matarlas. “Hay que matar para seguir existiendo”.

En la segunda parte, Serie B, encontramos cuentos inquietantes y desafiantes protagonizados por una horda de locos.

Casi una novela nos coloca frente a un Seúl de noche, de putas y pasillos blancos y un Tokyo autómata y desmesurado fotografiado por Fuzzaro. Este protagonista común de las tres historias nos hace espectadores voluntarios de su busqueda de redención a través del sexo: “El sexo es la perfección”, de su bailarina de butoh , de su enfermedad y sus recuerdos inecesarios.

Cada relato tiene un punto de vista distinto, aunque siempre con un dejo de melancolía impregnado de humor e ironía.

Los tratadistas de esta obra que obtuvo el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez en 2008, buscan provocar las buenas conciencias: se valen de los bajos instintos, de los performances relacionados con las sogas, el masoquismo, el dolor, del sexo crudo y cocido, de lolitas de rostros inocentes y brevísimas faldas, y de la fragilidad de los deseos.

Frente a nuestros ojos se despliega una galería de estampas turbadoras, de situaciones y diálogos protagonizadas por personajes masculinos sórdidos y extraños; personajes bebiendo Carta Blanca y masticando semillas de calabaza ofendidos porque la pantalla de estadio les muestra rostros, pechos y traseros femeninos mientras sueltan comentarios grotescos; guitar heroes, ailurofilos y otros aparentemente normales desesperados por una porción de felicidad infinita, por una emoción física que no acabe enseguida.

Sexo, pasión, infidelidad o enfermedad son los temas principales de este libro donde la narración fluye gracias a una escritura precisa y ágil, como una geisha que pasa presurosa frente al jardín.

Tip para el lector:

Si uno comete la imprudencia de preguntarle a Julián Herbert cómo fue que él y León Plascencia Ñol trabajaron el libro, en lugar de formular una buena pregunta sobre la dualidad que existe en los personajes del libro, y la dualidad con la que se escribió, la respuesta que obtendrán será: “Es un secreto”. Pero no hay paradoja. No hay secreto. Al final, todo es un montaje del artista.
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