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Dalia Reyes
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31 Enero 2019 04:00:00
Todo o nada
Estudiar Filosofía ya es difícil de por sí: implica darse cuenta de que uno no es uno sino todos pero nada a la vez y, además, esa cosa indescriptible se puede individualizar para luego identificarse con un colectivo. Si alguien no entendió, estará en mi equipo: Yo tampoco.

Los filósofos son más intrincados que la Filosofía misma, pues, al igual que algunos pedagogos y sicólogos, si no inventan una palabra a lo largo de su vida, no descansarán la muerte. Así, debemos memorizar entelequias, cosificaciones y “epochès”.

No conformes con neologismos construidos a base de extranjerismos que, de acuerdo con la Academia, si los uso se convierten en barbarismos, osan derivar los nombres de grandes pensadores a fin de inventarse como partidarios de alguna corriente. Se les hace muy fácil pegarle sufijos a los ya de por sí complicados apellidos en cuanto extranjero tuvo a bien plantear una teoría.

Con los kantianos y los aristotélicos no tengo gran problema, pero guardo mis reservas con kikergardianos y nietzscheanos. Ahora mismo la lengua se me hace un nudo para pronunciar, y esto sin adentrarnos en sus teorías.

Hace unos días me vi enfrentada a leer a Wittgenstein, pensador nacido en Austria; en la clase, el maestro nos recibió con una pregunta profundísima: “¿Quién se volvió wittgensteiniano?”. Un murmullo recorrió el salón y todos nos dimos a la tarea de encontrarle una respuesta correcta, pero cuando fuimos capaces de pronunciar la palabrita, ya se había acabado la hora; todos decidimos ser platónicos, resultó mucho más fácil de decir.

No soy conservadora; sí voy de acuerdo con la evolución léxica y la necesidad de nuevas palaras, pero, esto defendiendo las formas. El filósofo austriaco, de por sí complicado de leer, se quedará sin seguidores si insisten en pegarle más complicaciones al nombre y, como diría Hermione, en Harry Potter: temerle al nombre solo acrecienta el miedo al hombre.

A resultas de todo esto, durante algún tiempo me quise promover como heideggeriana, pero al decirlo me sentía lideresa sindical dando un discurso; me decidí por Santo Tomas, para ser tomista, y si no me quedé nada más con el Santo, es porque no podía ser santa… pues aún no muero.

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