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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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14 Noviembre 2019 04:05:00
Treinta años después…
Uno, pues, uno hace lo que puede, para no usar términos grandilocuentes como “vocación” o “talento”. En ocasiones gana el pan haciendo aquello que le gusta, y así el trabajo deja de ser trabajo, lo cual, por fortuna, es el caso de quien esto escribe. Pero aun disfrutando el quehacer diario, quién sabe dónde se mantiene despierto el personal grillito de Pinocho –le dicen autocrítica– haciéndonos dudar si lo hecho tuvo algún sentido positivo y sirvió para algo o a alguien. Por lo que a este escribidor respecta, al hacer el balance de lo realizado, siempre tiene la satisfacción de no sentirse jamás satisfecho. Los modelos por seguir están muy altos, hasta volverse inalcanzables, y la humildad es un buen escudo para defenderse de la petulancia.

Al tratarse de la autoestima es aconsejable atender la lección de un viejo maestro de esgrima, quien decía a sus alumnos: “Cuando empuñen el florete, recuerden que es como si tuvieran un ave en la mano; si aprietan demasiado, la matan, pero si aflojan de más, vuela y la pierden. Así es el florete: si lo sujetan con exceso lo matan convirtiéndolo en un palo de escoba, pero si no lo sujetan lo suficiente, el contrincante acabará desarmándolos”.

En otras palabras: ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre. Los extremos son peligrosos al hablar de autoestima: en uno está la petulancia (no hay nadie como yo), en el otro, la autocastración (no sirvo para nada).

Sin embargo, gracias al afecto y la buena memoria de alguien, se recogen indicios de que no se ha vivido en vano, que se ha sembrado una semilla capaz de germinar y dar frutos. Hace más de 30 años coincidí en el aula con una bella e inteligente mujer, que en estos días recordaba en un texto sus años de universitaria, considerándolos algunos de los más bellos de su vida. En el escrito habla de algunos maestros, pero increíblemente, a tres décadas de distancia recuerda al pie de la letra lo dicho en la última clase que tuve el gusto de dictar a su generación.

“Recuerdo con gran emoción y gratitud que en nuestro último día de clase como universitarios, el profesor Javier Villarreal nos llenó de inspiración al dedicarnos estas palabras:

“‘La vida es un cuento contado por un idiota lleno de sonido y de furia, que no significa nada’. Estas son las palabras de Shakespeare en Macbeth, pero esta visión pesimista del escritor encuentra la respuesta en el arte. Por eso, cuando hay bruma y oscuridad alrededor, hay que levantar nuestro rostro para ver hacia las alturas y admirar esas cumbres de la humanidad que nos han legado obras perdurables: Miguel Ángel, Praxiteles, Leonardo, Rafael, Monet, Manet, Van Gogh.

“Todos ellos nos iluminan la vida porque, como dice el poeta: ‘No se puede vivir como si la belleza no existiera’. Iluminar la vida, iluminarnos interiormente, seremos capaces de iluminar a quienes nos rodean y concluyó: ‘¡Fuego a discreción y a paso de vencedores!’

“Salí de esa cátedra con el corazón ensanchado de pasión, sueños y anhelos para ir en pos de ese llamado a hacer la diferencia en este mundo lleno de retos aparentemente insuperables…”.

Gracias, Mayu Guillén de Martínez. Gracias por enmudecer, así sea unos momentos, a ese grillito de Pinocho que llaman autocrítica y por su buena memoria que me permite la ilusión de no haber arado en la mar y de haber sembrado algo en corazones fértiles como el suyo.


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