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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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08 Diciembre 2019 04:07:00
Trump, México y el ‘destino manifiesto’
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John L. O’Sullivan publicó un artículo intitulado The Great Nation of Futurity, que apareció en United States Magazine and Democratic Review en 1845.

En él estableció las bases de la doctrina que en adelante se conocería como del “Destino Manifiesto”, que no es otra cosa que la afirmación de que es misión de los Estados Unidos de América –los del hombre blanco, anglosajón y protestante por supuesto- “conquistar y cristianizar la tierra”.

Si en un principio esa postura se ceñía a las cuestiones territoriales, el presidente Theodore Roosevelt lo amplió al añadir a la defensa territorial el ámbito de los negocios y todavía se modificó después del ataque a las Torres Gemelas en Nueva York, al adquirir el matiz que le imprimió George W. Bush al declarar la guerra a ese enemigo abstracto e indefinido al que se refirió como “terrorismo”, sin un destinatario específico y sin la necesidad expresa de una previa agresión determinada y, por supuesto, sin la previa declaración formal que exige –todavía– el derecho internacional.

Su documento The National Security Strategy of the United States of America (http://www.whitehouse.gov/nsc/print/nssall.html) es claro en su intención: “Las grandes luchas del siglo 20 entre la libertad y el totalitarismo terminaron con una decisiva victoria de las fuerzas de la libertad –y un solo modelo sostenible para el éxito nacional: libertad, democracia, y libre empresa–.

En el siglo 21, solamente las naciones que compartan un compromiso de proteger los derechos humanos básicos y garantizar la libertad política y económica podrán desatar el potencial de sus pueblos y asegurar su prosperidad futura”.

Hoy, bajo el Gobierno de Trump, es perceptible que la orientación que imprimió el segundo Bush a la doctrina abre la puerta para enfocar las baterías hacia el sur, donde quiere encontrar el Presidente estadunidense un terreno propicio en las condiciones que genera el entorno de inseguridad e impunidad imperante en México.

La persistente advertencia de Trump se resume en su afirmación de que ha hecho al Presidente mexicano repetidas ofertas para que lo deje venir a “limpiar” y erradicar los males ha sido “hasta ahora”, como dice él mismo, rechazado. Los riesgos para México de que se emita esa declaratoria son actuales, no teóricos, y tienden a incrementarse conforme pasa el tiempo sin que se resuelva el problema.

Me parece que ese es el significado real de la reciente visita del fiscal general William Barr y su reunión con el propio canciller y los secretarios de Seguridad y Protección Ciudadana y de Marina (¿por qué no también el de la Defensa Nacional?), quienes acordaron “fortalecer al Grupo de Alto Nivel de Seguridad México-Estados Unidos… con el objetivo de combatir a la delincuencia organizada y al crimen que opera de forma transfronteriza” ¿Era necesario un viaje relámpago de tan importante funcionario nada más para eso?

La posición del Gobierno de México, como tuiteó el canciller en días recientes, es que “México no admitirá nunca acción alguna que signifique violación a su soberanía nacional”. Está muy bien, pero es necesario hacerlo integralmente, no nada más en una de sus facetas, porque eso deja vulnerable el flanco en que precisamente la infección ha sentado sus reales.

Regresar a lo básico parece recomendable. Bodino definió a la soberanía como el poder irresistible hacia el interior e independiente ante el exterior. Eso quiere decir que no basta el frente internacional para mantenerla incólume, sino que es necesario defender la supremacía interna. Por eso Weber confiere al estado el monopolio legítimo de la fuerza, que implica la necesidad de contar con ella para el caso de que internamente se vea amenazada la integridad del poder jurídico del país.

Cuando la primera parte de la fórmula falta, la soberanía está ya en riesgo y se hace necesario guarecerla del jaque. De otra manera, la debilidad resultante puede alentar acechanzas externas, especialmente cuando el desorden interno puede servir de pretexto a un vecino expansivo y codicioso como es el nuestro del norte.
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