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Joel Almaguer
Joel Almaguer
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Inició sus estudios en la Universidad Autónoma de Coahuila, donde tuvo como maestros a Gerardo Monjarás y en sus últimos años al reconocido pianista regiomontano Gerardo González. Ha desarrollado su actividad musical como pianista en danza y como acompañante de cantantes principalmente. Ha participado en musicales como pianista. Imparte diplomados en historia de la música para la UAdeC. El año pasado vivió en Francia donde tuvo oportunidad de compartir su talento musical. Música Sobre Ruedas es un proyecto que ha desarrollado para compartir música en espacios públicos. Actualmente también es miembro de la Orquesta Filarmónica del Desierto donde participa activamente en el Coro Filarmónico. [email protected]

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29 Septiembre 2019 04:00:00
Un canto para sanar
Al los 19 años Gabriel Fauré habría de componer una de las obras más bellas que puedan existir y que le valdría el codiciado Premio de Roma, que se otorga desde 1663.

Gabriel Fauré nació al sur de Francia. Un niño tranquilo que aprovechaba la menor oportunidad para escaparse y tocar el armonio de una capilla de su pueblo. Ahí es donde descubre su vocación musical sin proponérselo. A los 9 años, luego de un año de espera y meditación, su padre decide llevarlo a París donde haría estudios con Niedermeyer, en una escuela clásica y religiosa: 11 años entre sabiduría musical y cultural, y una vida casi monástica, con uniformes extraños y comidas casi paupérrimas. Excelente pianista para esa época y compositor en desarrollo.

Durante la guerra franco-prusiana sirvió a su país para, después, radicar un tiempo en Suiza, país neutral que le permitió enseñar en la escuela de Niedermeyer, que se había desplazado a la ciudad de Rambouillet. En 1871 regresó a París como organista en la iglesia de Saint-Sulpice, situada en el sexto arrondisment, aunque no por mucho tiempo, ya que su lugar principal y definitivo sería, a partir de 1877, en la iglesia de Madeleine, a unas cuadras de la plaza de la Concorde, y donde fue maestro de capilla.

Fauré fue laureado en vida como pocos compositores: de una fama en la nación que fue casi un amor por su contribución musical. Su fama se conoce en Inglaterra, pero es sobre todo en su país donde se le venera. No transcurrió mucho tiempo para que el mundo conociera lo grandioso de su creación. Su Cantique de Jean Racine es, sin duda, un ejemplo que trasciende cualquier creencia. Ya que el recogimiento en el que reposamos mientras escuchamos la obra, nos alimenta a la vez que nos sana.

Hacia el final de su vida su obra tiene una madurez evidente, pero siempre fue el mismo compositor que jugaba inocentemente en un armonio viejo en Pamiers, su ciudad natal. Ahí donde está el amor, está la vocación. Que lo disfruten.
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