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Sylvia Georgina Estrada
Sylvia Georgina Estrada
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11 Diciembre 2018 04:20:00
Un concierto de infiernos
Un Mundo Infiel, la primera novela novela de Julián Herbert, se desarrolla en ese amplio campo literario que es el noreste mexicano. Un territorio en el que pululan por igual migrantes centroamericanos, narcomenudistas, pervertidos, mujeres en busca de una noche de cariño o jóvenes maridos que se van de farra sin avisar a su esposa.

Hace más de una década que apareció Un Mundo Infiel ―originalmente fue publicado en 2004 por Joaquín Mortiz y en 2016 fue reeditado por Malpaso―, pero las historias que cuenta siguen vigentes. Tal vez algunas, como la de dos hermanos adictos a la pornografía, tendrían un derrotero ligeramente distinto con el arribo de las nuevas tecnologías, pero ese mundo cruento, brutal y descarnado es en el que vivimos.

Antes de que la violencia fuera tópico recurrente en la literatura mexicana, esta novela ya había abrevado en ella pero de manera singularísima: entretejiendo historias, sueños, montando una trama sobre otra para descubrir algunas de las estancias de “un mundo en el que, para ser realmente un hombre, uno debe afiliarse a cualquier expresión de la violencia”, como considera Guzmán ―uno de los protagonistas― tras despertar de una de las tantas pesadillas que lo han perseguido a lo largo de su vida. Como en La Noche del Infierno de Rimbaud, en Un Mundo Infiel “las alucinaciones son innumerables”.

Uno de los personajes que más me intrigan de esta historia es Dr. Moses, cuyas noches quedan atrapadas, invariablemente, en un sueño de la infancia. Noches en las que el cuchillo del cazador se transforma en el bisturí de quien desea convertir el cuerpo humano en presa. Mientras que, en el otro lado del espectro, se encuentra Plutarco Almanza “El Mayor”, hombre curtido en las peleas, los balazos y los prostíbulos. La suerte de este hombre se juega justo ahí, entre gañanes, golpes y putas gordas.

Hace ya un par de años, en el Seminario de Literatura Amparán que coordinó Julián de 2015 a 2017, él nos habló de los malos sentimientos que generan la literatura. Son estos deseos insatisfechos ―o tal vez no pronunciados en voz alta― los que pueden dar forma a poemas, cuentos, novelas.

¿Por qué dejar de lado nuestra amargura si puede dar vida a un personaje desalmado?, ¿para qué deshacernos de nuestras fobias o manías, si con ellas podemos fabricar relatos y escribir versos? Cuando leía Un Mundo Infiel pensé en esta tradición de los malos sentimientos sobre la que nos habló Julián y que ha dado vida a piezas literarias potentes y memorables.

También recordé esa primera presentación, hace más de 10 años, de Un Mundo Infiel en Saltillo, una de las ciudades en las que transcurre gran parte de la historia. La sala estaba llena de estudiantes universitarios, había varias chicas de Psicología que estaban muy entusiasmadas al ver a su maestro en plena acción literaria. No faltaron en el lugar los amigos cuyo nombre daba vida a un personaje incidental de la novela, o que reconocieron el ambiente de tal o cual cantina que aparece en la historia.

Ahora, como entonces, tengo la sensación de que frente a nosotros transcurre el Mundo Infiel de Julián, que también es el nuestro porque ahí están Parras, la Alameda y el silbato del tren, cuyo recorrido nocturno transcurre feroz, incluso hoy, atrás de nuestras casas.

Al salir del edificio donde transcurrió esa presentación―ubicado en el Centro de la ciudad y a un par de cuadras de donde ahora vive el autor― no era difícil toparse en la calle con esas chicas que dejaron la adolescencia y que acallan su pasado con canciones gruperas y coqueterías infantiles, tal como lo hace el personaje de Jacziri Yanet, mesera de cantina. También están los hombres que un mes sí y otro no pierden manos, piernas, pies, subidos en un tren con olor a frontera.

En medio de la narrativa ágil de Un Mundo Infiel, donde los sueños son símbolos y augurios, nos percatamos de que hay una noche, esa que vale por mil noches más, en la que se cruzan las historias de quienes ―y regreso a Rimbaud― “quieren tener su propio infierno para la cólera, su infierno para el orgullo, y el infierno de la caricia; un concierto de infiernos”.

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