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Macario Schettino
Macario Schettino
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Doctor en Administración, candidato a doctor en Historia. Es profesor en la división de Humanidades y Ciencias Sociales del Tecnológico de Monterrey. Ha publicado 15 libros, el más reciente: "Cien años de Confusión. México en el siglo XX", con Taurus. Su columna consiste en análisis sencillos de fenómenos económicos y financieros.

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28 Julio 2009 03:30:54
Un cuento de horror
Hemos hablado ya de la educación y la situación laboral como elementos que obstaculizan

En ambos casos, el origen de los problemas no es reciente, sino bastante lejano: la manera en que se construyó el régimen político posterior a la Revolución. El sistema educativo tuvo como objetivo principal adoctrinar a los mexicanos para garantizar la legitimidad de los revolucionarios. Había que convencer a todos de que la Revolución había tenido sentido, porque sólo hasta 1939 se logró recuperar el nivel de vida que se tenía en 1910. Y eso de perder 30 años, dos generaciones de las que definía Ortega y Gasset, no es cualquier cosa.

Para eso sirvió el sistema educativo mexicano, para transmitir un paquete de cuentos a los niños que les forzara, ya de grandes, a aceptar como legítimo al gobierno emanado de la Revolución, y a tomar como correctas ideas que cualquier persona en otra parte del mundo habría considerado absurdas. Hasta la fecha, así sigue siendo, y millones de compatriotas, sin darse cuenta, siguen envueltos en el cuento.

Para lo que no ha servido el sistema educativo es para dotar de herramientas a los mexicanos para competir. El mismo cuento lo impide, porque éste se transmite de la única manera posible: autoritariamente. Si usted deja a los niños pensar críticamente la versión de historia nacional que se les imparte, muy rápidamente estaría en serios problemas para sostenerla. Que la Revolución fue porque había problemas económicos en México, ¿cuáles? Los datos dicen otra cosa. Que fue porque había muchos pobres, ¿cuántos son muchos?, ¿eran más que antes, más que después? Si eran los mismos, por qué entonces se les ocurrió la Revolución en ese año y no antes o después. Que Benito Juárez defendió a la patria del imperialismo extranjero, ¿y el tratado McLane-Ocampo? Y si se le ocurriese hablar de la historia más reciente, del siglo XX por ejemplo, sus problemas no tendrían fin. Para que este cuento pudiese ser aceptado era imprescindible que se le memorizara y que no se le cuestionara. Más aún, esto daba la actitud adecuada para vivir en un régimen autoritario: sumisión. Y así produjimos generación tras generación de mexicanos muy patrioteros pero sin capacidad de pensamiento mínimamente crítico. Y sin ese tipo de pensamiento, como sabemos, no se puede competir.

Un ejemplo muy interesante de esta formación inadecuada es la enseñanza del inglés. Tenemos frontera con Estados Unidos, la frontera más activa en el mundo, por cierto. Pero los mexicanos no hablamos inglés. Encuentra usted un mayor porcentaje de angloparlantes en muchos otros países. De hecho, las empresas que quieren invertir en México han tenido problemas para encontrar suficientes profesionistas con un dominio razonable de ese idioma. Algunas han preferido instalarse en otros países, por esta razón. Sigo sin saber si nuestra falta de inglés es producto de la baja calidad del sistema educativo o si es una respuesta, consciente o inconsciente, de nuestro odio tradicional al vecino que nos arrancó la mitad del territorio. Ah, por cierto, otro caso interesante en nuestra historia: el único momento que fuimos verdaderamente federalistas en México fue precisamente cuando nos invadieron. Y hoy.

Bueno, este inmenso obstáculo a la competitividad se suma a ciertas características de nuestra legislación laboral para dar como resultado una mano de obra cara e ineficiente. Este bajo nivel de capital humano, al sumarse a una infraestructura también muy mala, da como resultado una productividad miserable. Y eso es lo que provoca que no podamos crecer. Ahora que estamos en una crisis profunda, usted ha visto todo tipo de declaraciones de los políticos insistiendo en que el gobierno tiene que hacer algo para que el país crezca. ¿Como qué podría hacer el gobierno? Si el problema es que tenemos infraestructura y capital humano muy escasos, pues tendría que invertir en ello. Bueno, pues eso está haciendo el gobierno: invertir en infraestructura.

Pero no se resuelven problemas de décadas en meses, ni en infraestructura ni en educación. Y menos cuando buena parte de los mexicanos, políticos, empresarios, obreros, no quieren que se resuelva. Hay muchos que aceptan que la educación no funciona, y aseguran que basta con defenestrar a Elba Esther Gordillo para que esto cambie. Eso es una tontería monumental. Si el gobierno, de alguna manera, quita a la maestra del liderazgo del SNTE, ¿qué va a pasar? ¿De pronto todos los profesores se convertirán en demócratas, maestros por vocación, mártires de la educación? De ninguna manera. Los que son maestros por vocación lo han sido en este sindicato y lo serán de cualquier forma. Y los que no, pues no lo serán jamás.

La esencia del cambio tiene que ver con el rechazo al cuento revolucionario. Cuando los profesores enseñen a pensar a los alumnos, entonces habremos cambiado el sistema. Pero, ¿cómo podría un profesor enseñar esto, si no lo sabe? Entonces habría que capacitar a los maestros, pero eso implica que ellos mismos acepten que lo que enseñaron por décadas era una gran mentira, y que lo que deben enseñar a los niños y jóvenes es a pensar por sí mismos. ¿puede un maestro autoritario hacer esto? No, no puede.

El cuento revolucionario forma parte inseparable del sindicalismo corporativo, y en consecuencia los dos deberán desaparecer al mismo tiempo. Lo comentábamos el jueves pasado: desaparecer la seguridad social (IMSS) y acrecentar la protección social (Seguro Popular, Afores y adultos mayores) financiada por IVA generalizado, eliminar la cláusula de exclusión (es decir, permitir la libre asociación sindical), y eliminar el cobro de cuotas directo a nómina, nos llevaría a un mundo laboral totalmente distinto. Pero eso implicaría borrar definitivamente el legado revolucionario, y por lo mismo no es inteligible a las generaciones de mexicanos dañados por el sistema educativo.

Una vez más, hasta que lo aceptemos: nuestro problema no es ni económico ni político. Es mental. Nuestra percepción del mundo está tan dañada por el cuento revolucionario que no podemos construir soluciones políticas ni tomar decisiones económicas racionales. Es muy sencillo de explicar, extremadamente complicado de resolver. Por cierto, del Procampo le comento el jueves.
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