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Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre "Catón"
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01 Febrero 2009 05:00:09
Un poco embarazada
Murió un Papa, santo varón lleno de virtudes, y fue directo al Cielo. Llamó a las puertas de la morada celestial, y oyó adentro la voz de San Pedro, que preguntaba: “¿Quién es?”. Contesta el recién llegado: “Su Santidad”. Se hace una pausa, y se escucha otra vez la voz del apóstol: “Un momento”. Al Papa le extrañó aquello, pero, humilde y santo como era, se avino a esperar. Dentro del Cielo, mientras tanto, San Pedro, lleno de sobresalto, les ordena a sus ayudantes: “¡Pronto! ¡Recojan las botellas, las copas y los ceniceros! ¡Apaguen el estéreo, y quiten esas luces de colores! ¡Guarden el tubo, y que las muchachas se pongan otra vez sus túnicas! ¡Rápido!”.

Cumplido todo eso San Pedro abre por fin la puerta. Ve al Santo Padre, ataviado con su ropaje y sus insignias de Pontífice, y le pregunta, inquieto: “¿Quién dijo usted que era?”. Responde el Papa: “Su Santidad”. “¡Perdóneme, Santo Padre! -se disculpa el portero todo aturrullado-. ¡Yo oí: “Salubridad‚!”... Le dice un portugués a Babalucas: “Soy de Madeira”. “¡Mira! -exclama el badulaque-. ¡Como Pinocho!”... Un cazador que vivía en absoluta soledad en los bosques canadienses oyó decir que un granjero comarcano tenía tres hijas. Cabalgó varios días para ir a pedirle una de ellas en matrimonio.

Le dice el granjero: “La mayor de mis hijas se llama Cebilia. Es ligeramente obesa. No mucho; nomás un poquitito”. En eso acertó a pasar la tal Cebilia. Era enormemente gorda; parecía tonel de sidra. “Me temo que no es mi tipo” -le dice el cazador al hombre. “Mi segunda hija se llama Estrabina -dice el granjero-. Es ligeramente bizca. No mucho; nomás un poquitito”. En ese momento Estrabina asomó por la ventana. Era tremendamente bizca: Puesta de cara al norte, con el ojo izquierdo miraba hacia el Golfo de México, y con el derecho hacia el Océano Pacífico. “Lo siento -dice el cazador. Tampoco ella es mi tipo”. En eso pasó por ahí la tercera hija del granjero. Era una muchacha bellísima, de linda cara y redondeadas formas.

“Se llama Sabanilia” -le dice el señor al visitante. Exclama éste, entusiasmado: “¡Con ella me caso! ¡Ella sí es mi tipo”. En efecto, se llevó a cabo el matrimonio. Pero a los cuatro meses de casada Sabanilia dio a luz un robusto bebé. El cazador fue a reclamarla al padre aquel engaño. Responde el granjero: “No me diste oportunidad de decirte que Sabanilia estaba ligeramente embarazada. No mucho; nomás un poquitito”...

Un ejecutivo le comenta a su socio: “Tendré que despedir a mi nueva secretaria “. “¿Por qué? -se extraña el otro-. Es muy guapa”. “Sí -responde el primero-. Pero no tiene ninguna experiencia. Le pedí que se sentara para dictarle, y se sentó en la silla”... Un marinero naufragó con seis lindas muchachas en una isla desierta. Cada noche la pasaba con una. Al principio aquello era un deleite, pero bien pronto se convirtió en fatiga, pues cada noche la chica de turno le exigía el cumplimiento del deber. Únicamente los domingos lo dejaban descansar.

Cierto día el náufrago vio que no lejos de ahí se hundía otro barco, y que un solo sobreviviente nadaba con desesperación para salvarse. Se lanzó a ayudarlo, pensando que con otro hombre en la isla podría dividir por mitad la ímproba labor de sexo que debía cumplir, y descansar tres días de la semana. Cuando logró llevar al náufrago a la playa le dijo con alivio: “¡Qué bueno que llegaste, amigo! ¡Estoy aquí yo solo con seis mujeres!”. El recién llegado hace un mohín de disgusto y exclama con atiplada voz: “¿Mujeres? ¡Fuchi, qué horror!”. Exclama el otro entre dientes: “¡Maldición! ¡Ahora hasta los domingos voy a tener que trabajar!”... FIN.
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