×
David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
ver +

" Comentar Imprimir
30 Marzo 2019 03:30:00
Una historia sin justicia, como muchas
Vicky y Abelardo son esposos. Ella tiene 55 años y el 67. Se conocieron en 1985. Tras 10 meses de noviazgo, se juraron amor eterno ante el altar de la parroquia de su ciudad, en el norte de México. Formaron una familia que ellos mismos describen como de ensueño: “no podíamos pedir nada más a la vida, éramos muy felices”, recuerda Vicky con nostalgia. Tuvieron tres hijos: Jesús Abelardo, quien nació en 1988; José Ovidio, en 1990, y María Victoria, “Vikita”, como le dicen de cariño, a quien no planearon, pero recibieron “como el mejor regalo del cielo”, en 1995.

Su vida transcurría como la de muchas familias mexicanas. Abelardo era comerciante, propietario de un pequeño taller mecánico improvisado en la cochera de su casa. Vicky dividía su día entre las labores del hogar y la atención de sus hijos. Los aquejaban preocupaciones normales, como la falta de recursos para cubrir holgadamente los gastos ordinarios y las pequeñas diferencias familiares producto de la convivencia diaria. Pero también eran agasajados por las satisfacciones y los gustos que, como muchos de sus vecinos y amigos, se daban cada vez que podían. Sin embargo, un mal día su vida cambió radicalmente.

Era la mañana del viernes 31 de marzo del 2017, casi mediodía. Abelardo estaba cambiando el aceite de un camión. Su hijo mayor, que trabajaba con él, se hallaba reparando un vehículo estacionado en el exterior del establecimiento, un Volkswagen propiedad de un conocido de la familia. En eso, los motores y el freno intempestivo de dos camionetas se impusieron al volumen del radio que como, todos los días, ambientaba el lugar. De inmediato, Abelardo salió debajo del camión para ver qué sucedía afuera. Ya era tarde. El pequeño convoy huía, llevándose a su hijo por la fuerza, lo supo por sus gritos que alcanzó a escuchar y por el testimonio de una de sus vecinas que presenció los hechos, doña Mela, la propietaria de la tiendita de enfrente de su casa.

El desconcierto se apoderó de la familia. Abelardo y Vicky llamaron a la policía, recorrieron su colonia y otras aledañas, interrogando a cuanta persona se encontraban en su camino, con la esperanza de obtener algún dato que les ayudara a comprender la situación y encontrar a su hijo. Ese mismo día presentaron una denuncia ante el Ministerio Público. A partir de entonces, sus vidas se convirtieron en una pesadilla. Las primeras investigaciones básicamente coinciden con las más recientes: no se sabe nada de su paradero.

Jesús Abelardo tenía 29 años cuando lo secuestraron. A decir de su familia y sus amigos, era un joven trabajador y sin vicios. No bebía ni fumaba. Ocasionalmente jugaba beisbol. Aunque no era muy bueno para la escuela (sólo terminó la preparatoria), era dedicado y responsable. Desde niño estaba seguro de querer dedicarse a trabajar en el taller de su papá. Estaba por casarse. Olga, su novia de hacía cinco años, cuenta que le gustaba que caminaran juntos por parques y plazas, ir al cine, pasear a “Rocky”, su perro y, de vez en cuando, acudir a algún baile popular.

Vicky y Abelardo cuentan lo difícil que ha sido lidiar con las autoridades. En un primer momento les sugirieron que podría tratarse de un secuestro exprés. Después, “los ministeriales querían convencernos de que nuestro hijo andaba en malos pasos”, dice Vicky con coraje, “eso es imposible, mi hijo era, es (enmudece por unos segundos y luego levanta la mirada con un gesto de esperanza) un muchacho sano, no le haría daño a nadie”. Los ministeriales también han señalado la posibilidad de que lo hubieran sometido para cometer algún ilícito y luego asesinarlo, o que lo hayan
confundido.

No hay semana en que no visiten las oficinas de la Procuraduría en su municipio. Han estado en las de la capital del estado muchas veces y hasta en diferentes dependencias en la Ciudad de México. Por su cuenta, apoyados por amigos y familiares, han realizado una investigación paralela a la de las autoridades, de la cual, aunque parezca increíble, han obtenido más pistas que las alcanzadas por la investigación oficial. “Muchas veces nosotros les decimos qué hacer y cómo, en dónde buscar; unas veces nos hacen caso, pero otras no”, confiesa el angustiado padre, quien no pierde la fe de encontrar a su hijo con vida.

Lamentablemente, en México existen muchas historias así. Entre las habilidades de la delincuencia, las debilidades de las autoridades, la corrupción y la falta de oportunidades dignas, se ha creado un remolino que arrastra personas a su paso, la mayoría adolescentes y jóvenes, quienes, con libre voluntad o sin ella, terminan siendo víctimas de una realidad que no debe escapar al conocimiento y a la conciencia de todos, no sólo de quienes han sido afectados por un hecho similar. Pues la violación a los derechos humanos de una persona es una amenaza para todas. Hoy en México nadie está exento de padecer una tragedia similar a la de Jesús Abelardo y su familia.

El 24 de marzo se conmemora el Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas. Ha sido proclamado así por las Naciones Unidas con el propósito de recordar y hacer hincapié en la importancia de que las víctimas conozcan la verdad y que se haga justicia, así como de promover la memoria de quienes han padecido violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos. Tengámoslo presente.


Imprimir
COMENTARIOS


6

  • 8 9
  • 7
1
3 4
5 6 7 8 9 60 61 62 63 64 65