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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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24 Marzo 2019 04:00:00
Una paz duradera
En el marco de los foros de consulta destinada a recabar información, puntos de vista y otras aportaciones que puedan nutrir el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, se perfila uno sobre el tema de la paz, y tiene lugar en la semana siguiente a la conmemoración del natalicio de Benito Juárez, a quien se suele atribuir el aforismo que dice: “Entre los hombres, como entre las naciones, el respeto al derecho es la paz”, aunque eso sea solo parcialmente exacto, porque la idea de que la paz entre las naciones solo poder alcanzarse cuando exista respeto al orden jurídico y no sea ya la guerra quien le conceda perpetuidad en los sepulcros (La paz perpetua, 2000, Porrúa, México).

La aportación de don Benito, sin embargo, no es peregrina, porque mientras Kant se refería a la paz mundial, él tradujo el valor de la consigna a términos de vida cotidiana entre los seres humanos.

Pero vale la pena, precisamente por eso y porque se iniciará el análisis del tema en la semana que hoy arranca, profundizar algo más en lo dicho por Kant, que mucho tiene que ver con circunstancias que se viven hoy en día.

Dice Kant que “la constitución republicana, además de la pureza de su origen, que brota de la clara fuente del concepto de derecho, tiene la ventaja de ser la más propicia para llegar al anhelado fin: la paz perpetua”, y explica: “He aquí los motivos de ello. En la constitución republicana no puede por menos ser necesario el consentimiento de los ciudadanos para declarar la guerra. Nada más natural, por tanto, que, ya que ellos han de sufrir los males de la guerra –como son los combates, los gastos, la devastación, el peso abrumador de la deuda pública, que trasciende a tiempos de paz-, lo piensen mucho y vacilen antes de decidirse a tan arriesgado juego. En cambio, en una constitución en la cual el súbdito no es ciudadano, en una constitución no republicana, la guerra es la cosa más sencilla del mundo. El jefe del Estado no es un conciudadano, sino un amo, y la guerra no perturba en lo más mínimo su vida regalada, que transcurre en banquetes, cazas y castillos placenteros. La guerra, para él, es una especie de diversión, y puede declararla por levísimos motivos, encargando luego al cuerpo diplomático –siempre bien dispuesto- que cubra las apariencias y rebusque una justificación plausible”.

Sigue: “la constitución republicana, además de la pureza de su origen, que brota de la clara fuente del concepto de derecho, tiene la ventaja de ser la más propicia para llegar al anhelado fin: la paz perpetua”, y explica: “He aquí los motivos de ello. En la constitución republicana no puede por menos ser necesario el consentimiento de los ciudadanos para declarar la guerra. Nada más natural, por tanto, que, ya que ellos han de sufrir los males de la guerra –como son los combates, los gastos, la devastación, el peso abrumador de la deuda pública, que trasciende a tiempos de paz-, lo piensen mucho y vacilen antes de decidirse a tan arriesgado juego. En cambio, en una constitución en la cual el súbdito no es ciudadano, en una constitución no republicana, la guerra es la cosa más sencilla del mundo. El jefe del Estado no es un conciudadano, sino un amo, y la guerra no perturba en lo más mínimo su vida regalada, que transcurre en banquetes, cazas y castillos placenteros. La guerra, para él, es una especie de diversión, y puede declararla por levísimos motivos, encargando luego al cuerpo diplomático –siempre bien dispuesto- que cubra las apariencias y rebusque una justificación plausible”.

Aunque la referencia es hecha, en esencia, a las naciones, la correcta transferencia juarista obliga a considerar que solo en una auténtica república, sometida a un orden jurídico justo e igualitario, podrán alcanzarse los ideales de paz pretendidos, no de otra manera ¿Es ese el caso de nuestras aparentes repúblicas?
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