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Sylvia Georgina Estrada
Sylvia Georgina Estrada
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04 Junio 2019 03:35:00
Una rosa roja plena de sangre
Mística, loca, inquietante. Esos son los calificativos que suelen aplicarse a Santa Teresa de Jesús. Al comenzar la lectura del libro “Cuerpo de Amor” (Vaso Roto, 2009), me pareció que esas mismas palabras podían definir a su autora: la poeta italiana Alda Merini.

Merini nació en 1931 en Milán. Hija menor de un matrimonio de clase media, tenía 15 años cuando publicó sus primeros poemas. Meses después sería internada en un hospital psiquiátrico. Desde entonces y hasta 1979 la escritora padecería largos periodos de enfermedad, que la recluyeron por casi dos décadas en diferentes manicomios e influyeron en su obra de manera definitiva.

No es casual que fuera en los años 80, a partir del libro “La Tierra Santa” (Pre-Textos, 2002) cuando Merini comenzó a escribir versos de tono religioso. Ella misma definió su salida del psiquiátrico ―donde le dieron electrochoques, estuvo aislada y fue separada de sus tres hijas― como un milagro, una resurrección.

“Cuerpo de Amor” ―publicado en Italia en 2004, cinco años antes de su muerte― tiene como subtítulo Un Encuentro con Jesús. Varios de los 38 poemas que integran este volumen, algunos de ellos escritos en prosa, son una suerte de diálogo con Cristo.

Esta figura divina, al igual que Merini, es dueña de una sensibilidad que enchina la piel. Cómo no abandonarse frente a quien es tu igual en fuerza y dulzura. Ya lo enuncia la italiana en un verso: “Cristo es una mujer en el corazón”.

Pero volvamos al tema de la resurrección. La poeta sabe que es necesario demoler toda esperanza y abrazar al dolor para volver transfigurado: “La muerte hace desesperar a los hombres, / pero después de cada desesperación / sucede que de pronto / esa carne que se parecía a todos / se vuelve única y resurge”.

Para Merini la fe, el amor y el deseo pertenecen al mundo físico. Jeanette L. Clariond, traductora de la obra de la italiana al español, dijo en una entrevista a propósito del libro “Delito de Vida” (Vaso Roto, 2018), también de Alda, que “por la carne, se llega al alma”. La regiomontana, quien conoció a la escritora, suele decir que si bien ésta era una mujer corpulenta, poseía una sensualidad indudable.

“Si tú supieras, Dios, / que para conocer a una mujer / hay que amarla, / hay que penetrar en sus entrañas / y sentir el calor de sus gemidos”, apunta la autora sobre el trance de la carne, sobre el gozo del cuerpo, que es también una aproximación a la eternidad.

Jesús “sabe muy bien que el el deseo y el placer son la base de la creación”, escribe Merini justo a la mitad del poemario.

También aparece la idea de que la unión con lo divino lleva en sí una oposición, y sólo las mujeres son capaces de abrazarla: “La mujer llevará en sí todas las contradicciones caras a Jesús: la ternura y el olvido, la condena y la absolución, el alumbramiento y el hijo, la luz y la tiniebla”.

La entrega tiene un precio. El amor es consuelo y refugio, pero implica sacrificio. “Todos los enamorados son mártires”, sentencia la escritora en el antepenúltimo poema del libro.

La divinidad pone a prueba a los hombres, incluso desea las tinieblas para medir el temple de sus criaturas. Ahí, en la oscuridad, está la semilla de la luz que brotará cuando el padre abrace a sus hijos: “Toda cosa bella se vuelve pasajera en las manos de los hombres, pero toda cosa bella besada por Dios se vuelve una rosa roja plena de sangre”.

En el prólogo del libro, Clariond apunta que Merini vivió una santidad poética. Como los místicos, la italiana se abstrae del mundo y, arrodillada, su oración se convierte en “cosas que pertenecen al mundo del poeta”.

¿Cómo se escribe un libro?, a esta pregunta responde la autora en la página final: “Uno se acerca a Dios y le pide: fecunda mi mente, entra en mi corazón y llévame lejos de los demás, ráptame. Así nacen los libros, así nacen los poetas”.

Alda Merini ama a través de la palabra, un poder que la despojó del miedo y el terror que se respiraban en el viejo manicomio de Milán. El asombro, la poesía y la fe la salvaron de la locura.

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