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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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24 Noviembre 2019 04:08:00
Uno y dos
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Dice la voz popular que las comparaciones son odiosas. Sin embargo, hacer comparaciones resulta en ocasiones ilustrativo e incluso necesario. ¿No es en el fondo establecer comparaciones al marcar el tiempo que les toma a los atletas correr, por decir algo, cien metros planos? Si no fuera así, ¿de qué modo podría dilucidarse quién merece la medalla de primer lugar y el sitio más alto en el podio?

Valga la introducción para comparar lo realizado por el presidente Andrés Manuel López Obrador en su primer año de Gobierno con los resultados que ofrecerá el Gobernador de Coahuila, Miguel Ángel Riquelme Solís en su segundo informe de Gobierno.

Habrá quienes descalifiquen de entrada mis apreciaciones por colaborar en el Gobierno estatal. Están en todo su derecho, pero, no obstante, intentaré hacer acopio de toda la objetividad posible para evaluar desapasionadamente, de espaldas a filias y fobias, el desempeño de uno y del otro.

Principiemos con el arranque de los dos gobiernos, el federal y el estatal.

Nadie niega que López Obrador llega a la Presidencia de la República gracias a una aplastante victoria electoral. Ni sus más enconados críticos son capaces de negar la legitimidad de su triunfo, aunque este enorme capital político ha empezado a mostrar fisuras. Pese a mantener una indudable popularidad, el baño de sangre que vive el país –especialmente el culiacanazo y el horrendo crimen de mujeres y niños de la familia LeBarón– ha hecho descender de manera significativa el número de ciudadanos satisfechos con su gestión al frente del Gobierno.

La otra cara de la moneda. El gobernador de Coahuila llegó hace dos años al Palacio Rosa tras una larga controversia electoral y una manifestación multitudinaria de inconformes en Saltillo y otras ciudades. Luego de arrancar el sexenio cuesta arriba, el ingeniero Riquelme Solís logró no solo apaciguar las antes revueltas aguas de la política, tendiendo puentes y logrando acuerdos sin mirar colores partidistas. Presidentes municipales y legisladores militantes de partidos distintos al suyo le guardan una relación de respeto, lo cual sienta las bases de la atmósfera de unidad que priva en el estado.

Todo lo contrario al proceder del tabasqueño, obstinado en dividir al país y descalificar a quienes no están de acuerdo con él. Con insultos y acusaciones, muchas de ellas nunca probadas, el Presidente ha transformado a opositores y críticos en enemigos. El estancamiento de la economía es uno de los daños colaterales de la polarización promovida desde la Presidencia.

Otro de los aspectos contrastantes es el protagonismo del Presidente frente a la cuidada discreción del Gobernador. Mientras uno busca los reflectores con un discurso las más de las veces beligerante, el coahuilense dosifica sus apariciones y evita la confrontación, lo cual le ha reportado buenos dividendos.

En un rápido recuento a vuela pluma, como se decía antes, el punto neurálgico de la comparación es la seguridad. Mientras el primer año del lopezobradorismo es ya el más violento desde que se llevan estadísticas, Coahuila es –y esperamos siga siendo– una isla rodeada de entidades ardiendo en aterrorizantes espirales de violencia. Naturalmente ningún lugar en el mundo real es Disneylandia, pero incluso ni los más escépticos serán capaces de negar que nuestra entidad se distingue en el panorama nacional por los bajos índices de criminalidad.

Es cuestión de comparar sin apasionamientos. Nada más.
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