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Verónica Marroquín
Verónica Marroquín
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14 Octubre 2018 04:00:00
Vagos recuerdos de cuando mi mamá fue diagnosticada
En reconocimiento a todos (as) los hijos (as) de madres con cáncer de mama, en especial a mis amadas hijas: Vero (la que suscribe) Andrea y Estefanía.

QUERIDOS AMIGOS : en este mes de prevención y diagnóstico oportuno les comparto algo muy íntimo que sé que a las hijas e hijos de madres que están pasando por un diagnóstico de cáncer de mama, les podrá servir.

La verdad le pedí a mi hija mayor, Vero, que me escribiera algo de lo que recordaba de mi proceso de sanación, así le digo ahora a la enfermedad que tuve, reflexionando, es así, mi proceso de sanación. Pues la enfermedad ya estaba ahí. Cada hija tuvo su proceso de maneras obviamente muy distintas. Al leer lo que mi hija relata a continuación veo que efectivamente, no recuerda muchas cosas, o como ella lo expresa más adelante, están bloqueadas.

Mi hija Vero: no recuerdo mucho, creo que la mayoría por lo que pasé fue bloqueado. En esa temporada yo no tenía idea alguna de cómo manejar mis emociones. Así que sólo les platicaré uno de mis vagos recuerdos de aquellos tiempos de aprendizaje intenso.

Recuerdo un día qu e mi mamá me comentó que la iban a operar de la bubi izquierda, pero que no me alarmara, “no lo sé Rick, me parece falso” (en mis adentros pensé).

Me levanté temprano el 16 de mayo del 2009 para llegar a tiempo a mi clase de las 7 am, y pedir permiso de faltar por la operación de mi madre y pasar a la oficina para realizar la misma dinámica. Mi novio pasó por mí, fuimos por un licuado y nos dirigimos al hospital. Estuvimos ahí platicando, noviando, riéndonos y hasta nos dormimos un rato. Él tiene un modo muy peculiar de ser, así que ni tocamos el tema de mi mamá, por el contrario, el trató de distraerme con otros temas, y hacerme pasar un momento grato a pesar de que por dentro yo sentía temor de que sucediera lo peor, y sé que él no tenía idea alguna de cómo actuar o qué decir, nadie lo sabía.

La espera fue larga, o yo así la sentí. Mi abuela me avisó que mi mamá ya había salido, pero que estaría en cuarto de recuperación por dos horas. Tenía miedo de preguntar cómo había salido la biopsia o la operación, así que no lo hice. Le dije a mi abuela que iría a una clase y que regresaba. No quería regresar, pero la verdad es que no quería enfrentarme a lo que venía. La operación había sido un éxito pero, aún así, íbamos a pasar por un proceso difícil, todos.

Pasaron algu nos días y nos fuimos a Laredo con mi mamá mis hermanas y yo de shopping. Rentamos una habitación. Durante los viajes tenemos como unos tres momentos al día “priceless”, ja, ja, llenos de risas, no, de carcajadas intensas, de esas que te duele el estómago y te quita la respiración, creo que incluso tenemos una foto de ese viaje, de ese momento de carcajadas. Mi mamá ya estaba en tratamiento. Al siguiente día nos levantamos y no me metí a la ducha, yo noté que a mi mamá se le había enredado el cabello debido a que se le estaba cayendo. Ella empezó a llorar (ella quiso disimular, pero nos dimos cuenta) a todas nos partió el corazón ver a mi mamá llorar por la pérdida de su cabello, pero realmente estábamos conscientes de que no era la pérdida de cabello, sino el miedo de que tal vez la podíamos perder a ella. Todas nos sordeamos por cobardes, por no querer enfrentar esa realidad, pero también por valientes. Durante el shopping le dije a una de mis hermanas que me ayudara a escoger una mascada (creo que así se llaman) en una tienda que a mi mamá le gustaba mucho. Al salir de la tienda le entregamos el regalo, y le dijimos: ábrelo ahora. Lo abrió y como era de esperarse rompió en llanto, y nosotras junto con ella, el momento fue muy emotivo, pero necesario, ya que realmente no podíamos sólo sordearnos, teníamos que enfrentarlo de alguna manera y la de nosotras fue haciéndole un obsequio que decía, estamos contigo, eres hermosa. Mi mamá en seguida se puso su mascada en el cabello y seguimos nuestro día muy contentas. Aunque segura estoy de que todas traíamos un caos por dentro.

Al llegar a casa le dije a mi mamá que ya tenía que raparse el cabello, y me dijo “sí, acabo de hacer cita”. “Yo te acompaño”, le dije. Nos fuimos a la estética cerca de la casa, era domingo, llega mí mamá, se sienta, y le empezaron a meter tijera. Cuando llegó el momento de utilizar la máquina, pedí poder hacerlo. Los que me conocen pudieran decir que era de esperarse que yo antes de dejarla pelona le hice unos cuantos looks (“mojas”, dibujos, chongos, etcétera) el momento lo vivimos entre risas y llantos. Cuando llegamos a la casa, sé que para mis hermanas fue impactante ver a mi mamá sin cabello.

El vivir un proceso así te lleva a dar lo mejor de ti, aprender a manejar tus emociones, a dar un súper extra en tu vida, a equilibrar todas las áreas de tu vida, a no dejarte caer, a cuidarte primero para poder cuidar a los tuyos.

Hasta aquí el recuerdo de mi hija que nos quiso compartir, lo atesoro y agradezco infinito. Les confieso que las dos veces que leí su sus emotivos recuerdos, las lágrimas brotaron nuevamente y sentí una opresión en el pecho, veo que aún con nueve años de nueva vida, no ha sanado del todo aquella experiencia tan tremenda para mis hijas, para mi familia y para mí, segura estoy que al escribirlo rodaron lágrimas por sus mejillas, lo que hubiera dado por evitarles tan grande dolor. Sin embargo, ahora sabemos que la fortaleza es lo que caracteriza a esta familia conformada por cuatro mujeres fuertes, guerreras, firmes, que lo único de lo que no nos dejamos es que la derrota nos aniquile, sino al contrario, nos hemos hecho día a día mejores seres humanos, más empáticos, más independientes, y fuertes moralmente. Estoy orgullosa de cada una de ellas, porque se cuenta fácil y por supuesto que no lo fue. Fue muy duro para todos, hay muchas cosas que quedan en su corazón, en su mente, en todo su ser, que serán muy de ella y de sus hermanas. Sé que he educado a unas maravillosas mujercitas, que con o sin mí, seguirán adelante siempre, con la frente en alto porque tienen a su lado una gran madre, sí, yo, sin modestia.

Y yo tengo a unas grandes y preciosas hijas de mis entrañas. Perdón mis amores por tanto dolor que les he provocado sin quererlo. Gracias infinitas, Dios las bendice, tienen un ejemplo de vida, tomen lo bueno, y lo malo deséchenlo o más bien aprendan de todos mis errores y mis victorias. Confío en que ustedes ciegamente seguirán siendo triunfadoras de la vida.

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