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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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01 Febrero 2019 03:54:00
Venezuela
No pensé que la turbulencia del avión fuera un mal presagio. Ha sido mi único vuelo donde botan las mascarillas de oxígeno, como en las películas. No pasó nada, sólo confirmamos que varios pasajeros no tenían la suya. Era un avión de Méxicana que volaba a Caracas. Ya me habían contado el panorama que me esperaba en Venezuela, pero no creí que me encontraría con un país en permanente riesgo y carencia. Fue en el verano de 2010.

En ese año yo trabajaba en una atunera venezolana que ya había mudado su oficina principal a Miami y tenía sus barcos en las costas de Guayaquil, Ecuador. Yo estaba a cargo de la dirección comercial en México y visitaba por primera vez la oficina de Caracas. También, en esos días, sería la graduación de bachillerato del hijo de Nadir, mi pareja de ese entonces.

Arribamos al aeropuerto de Maiquetía a las 6 de la mañana y esperamos tres horas a que fueran a buscarnos. No había taxis y el chofer de la oficina no podía llegar porque había un filtro turístico en la carretera que impedía circular de uno u otro sentido. Revisaban documentos y preguntaban adónde viaja, por qué viaja, de dónde viene a qué viene.

Este sería el comienzo de una serie de desajustes que viví en Venezuela. Parte de mi trabajo en México era importar atún de Ecuador, pero también exportar lo que fuera necesario a Venezuela. Mi contraparte en Caracas a diario me llamaba y me pedía toneladas de todo: papel del baño, pañales, jabón para ropa. Tampoco había carne ni leche. Toda la leche que se tomaba en Venezuela en ese entonces era leche Alpura, la única que tenía permiso para distribuirse en el país.

Aún gobernaba Hugo Chávez y todo pasaba por su filtro. En los 10 días que estuve en Caracas, a diario visitaba un supermercado diferente, cualquiera pensaría que iba a levantar pedido, pero no, sólo era para ver anaqueles vacíos, refrigeradores apagados. Confirmar las largas filas de gente, carné en mano, haciendo fila bajo el sol a la espera del camión que llevaría algo. No sabían qué ni a qué hora.

Lo mismo sucedía en las calles, si el metro dejaba de funcionar -que sucedía muy a menudo-, miles de personas caminaba los kilómetros necesarios para llegar a su destino, y si caía la noche, el recorrido podía ser a oscuras. En muchas colonias no había energía eléctrica, como en Chacao, el barrio estilo Polanco en donde me hospedaba que, al caer el sol, era una boca de lobo.

Pero para el presidente no pasaba nada, todas las noches había un mensaje a la nación. En cadena nacional, Hugo Chávez le hablaba al pueblo, interpelaba a sus enemigos, amenazaba, pero sobre todo, daba esperanza con versos o canciones. El mensaje no era en su despacho, sino desde el cielo. El fondo de pantalla eran las nubes de un nuevo amanecer, como si el comandante fuera una divinidad.

Hace casi una década de aquel viaje y ya todo se derrumbaba. Así como no había alimentos suficientes para todos los venezolanos, tampoco había mascarillas de oxígeno para Mexicana de Aviación, a punto de su peor turbulencia: la quiebra. Un día antes de regresar a México, suspendió sus vuelos a Caracas y me dejó varado en Venezuela.
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