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Juan Latapí
Juan Latapí
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06 Octubre 2019 03:10:00
Veredicto popular
LO LEGAL NO SIEMPRE ES justo y más cuando la legalidad justifica la injusticia y la justicia se ampara en la ilegalidad. La justicia y la ley no siempre van de la mano y pocas veces lo hacen. Durante siglos la esclavitud fue legal, así como lo fueron también el racismo, el fascismo, el colonialismo y las dictaduras, porque la legalidad siempre ha sido una cuestión de poder y nunca de justicia.

UN CLARO EJEMPLO DE ELLO es la condonación de impuestos recién revelada en la que a los dueños del dinero de este país les perdonaron el pago de miles de millones en impuestos mientras que los pequeños contribuyentes hemos sido hostigados sin contemplación, ni tregua algunas e incluso amenazados con el embargo para cumplir puntualmente con el pago de los impuestos. La cancelación de impuestos fue legal pero nada justa.

Y AUNQUE LEGALMENTE SE PRETENDA aparentar inocencia y apego a la legalidad, el veredicto popular ya los condenó al ser privilegiados y no pagar como todos los demás. Porque ante la impotencia que ocasiona la injusticia el veredicto popular aparece como la única opción de obtener justicia –aunque sea de manera ilusoria- contra los que bajo el amparo de una supuesta legalidad se burlan de la justicia.

POR ESO, EL VEREDICTO POPULAR ya dictó sentencia condenatoria contra Peña Nieto y la Gaviota por sus despilfarros y frivolidades al exhibir sus riqueza de dudosa procedencia. Por más que se empeñen en defender a Bartlett el veredicto popular lo condenó desde que tumbó el sistema para cometer el fraude electoral en el 88, por su sospechosa impunidad en el asesinato de Manuel Buendía, el caso Camarena y ahora con su fortuna y millonarias propiedades no declaradas. Condenadas también los son por el veredicto popular las autoridades que no supieron y ni quisieron resolver la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa junto con la verdad histórica.

EL VEREDICTO POPULAR TAMBIÉN HA dictado sentencia condenatoria al cinismo y prepotencia de los diputados y senadores –locales y federales- que van y vienen como si nada, sin hacer nada, mintiendo y beneficiándose a costa del erario público sin representar beneficio alguno. Condenados también por el veredicto popular son las distintas policías, sospechosas de ser parte del crimen organizado, que abusan y extorsionan a quien sea, principalmente a la gente humilde y, aunque cambien de nombre las corporaciones, para el veredicto popular siguen siendo los mismo prepotentes y corruptos de quienes solo hablan bien de ellos los funcionarios gubernamentales en turno. Y una de las condenas más severas del veredicto popular es contra los agentes de Tránsito quienes a pulso se han ganado fama por su voracidad y prepotencia.

EL PODER JUDICIAL TAMBIÉN GOZA la condena del veredicto popular por su generosidad de repartir amparos a quienes delinquen, así como su terca costumbre de fabricar culpables. Y ni qué decir de esos agentes del Ministerio Público que integran los expedientes plagados de fallas y omisiones para retorcer la justicia mediante la legalidad y por aplicar la ley acorde a los dadivosos intereses del mejor postor. La lista de los funcionarios públicos condenados por el veredicto popular es larga, desde los burócratas perezosos que todo complican, hasta los inspectores de lo que sea y que solo funcionan a base de sobornos. Y ni qué decir de los alcaldes y exalcaldes que el veredicto popular invariablemente los condena por aprovecharse del cargo para amasar grandes fortunas.

ESE MISMO VEREDICTO POPULAR ES el que ya condenó a los perpetradores de la mega deuda de Coahuila y en especial a la dinastía Moreira que ante los ojos de todos son culpables aunque las leyes y la impartición de justicia digan lo contrario. Así también, en la actual situación de la siderúrgica local el veredicto popular cada vez más va condenando a sus propietarios como los responsables de la debacle.

PODRÁ TENER RAZÓN O NO el veredicto popular condenatorio porque no es infalible, y aunque caiga en el linchamiento social, a final de cuentas es el que prevalece con arraigo en el sentir popular y difícilmente podrá cambiar de opinión conforme transcurra el tiempo. Ante la injusticia y la impunidad que padecemos solo nos queda ese consuelo.

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