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Fausto Fernández Ponte
Fausto Fernández Ponte
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Don fausto fernández ponte es poseedor de un impresionante y sólido currículum: 50 años de periodista profesional. Su opinión y columnas periodísticas son respetadas en ese ámbito, por el prestigio que a pulso se ha ganado, es considerado una autoridad en su campo. Además de corresponsal de guerra, ha entrevistado a jefes de estado y de gobierno de la talla de Lyndon B. Johnson, Richard M. Nixon, Indira Gandhi y William Clinton.

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16 Junio 2009 01:09:47
Voto nulo
Los mexicanos de hoy le tienen miedo al cambio: Emilio Blanco Valdivia

I

Hecho insoslayable es, al parecer, que los mexicanos no sabemos, como sociedad, lo que realmente queremos, aunque sí tenemos conciencia en gradación variopinta de qué es lo que anhelamos y cuáles son las aspiraciones como individuos.

Como consecuencia de esa dicotomía contrastante y antipodal, los afanes individuales -que no societales ni mucho menos colectivos— de los mexicanos los objetivos y logros son efímeros, coyunturales, socialmente vanos.

Prevalece el egoísmo.

Y al prevalecer el egoísmo no se piensa en los demás, desestimando un riquísimo acervo experiencial histórico que nos enseña que el esfuerzo colectivo tiene secuelas liberadoras en tanto que el empeño individual es de corto alcance y breve vida.

Tocante a lo que como sociedad no sabemos verdaderamente qué es lo que queremos (ni mucho menos tenemos conciencia de cómo quisiérase lo que querríase), cítese al caro leyente José Enrique González Vegas, quien epistolarmente nos dice:

“Coincido con uno de sus caros leyentes, en el sentido de que los mexicanos somos muy comodinos y que, debido a eso, deseamos que otros resuelvan nuestros problemas de la manera más favorable, sin realizar esfuerzo alguno. Esa es nuestra idiosincrasia”.

“Un ejemplo de ello es nuestra conducta electoral: o nos abstenemos de votar o metemos en la urna un voto anulado, sabiendo que la clase política (que usted dijo hace unos días que es concepto de origen fascista) no tomará en cuenta cómo votemos”.

II

Prosigue el leyente González Vegas: “La clase política sabe perfectamente que estamos descontentos e irritados por lo que no ha hecho por nosotros ni parece que lo harán en el futuro, votemos como votemos o nos abstengamos (de votar)…

“La elección se realizará únicamente para renovar la Cámara de Diputados, así que aunque sólo se haya emitido un voto, dicha Cámara se integraría así. Esta elección no es un plebiscito ni un referendo legal o constitucional…

“Veo que si nos abstenemos (de votar) o anulamos el voto lo hacemos por berrinche, por frustración, por castigo a los políticos, con la esperanza de que (éstos) cambien, pero no con el propósito de cambiar al sistema político.

“Le tememos al cambio…

“Es muy cómodo desahogarnos. Si en vez de ese desahogo comodino hiciéramos un esfuerzo de organizarnos para cambiar la situación, otra cosa sería. No nos organizamos porque, como le dije, somos comodinos”.

Bien, comodinos o no, el parecer del leyente González Vega acerca de lo que habría identificado como peculiaridad idiosincrásica de los mexicanos es respetable y, por tanto, sin demérito.

Empero, éste aserto es, a nuestro ver, debatible.

La condición de comodino no es general, aunque ello no implica que esa peculiaridad carezca de verismo idiosincrásico. Podríase decir, eso sí, que la condición de comodinos aplicaríase únicamente a ciertos estratos y clases sociales.

III

Cierto. El vocablo “comodino” aplicaríase sin distorsiones a aquellos estratos y clases sociales que la sociología identificaría como medias-medias, cuya cosmovisión devendría de una experiencia histórico-pedagógica diseñada para control societal.

Esa experiencia histórico-pedagógica –discernible por los basamentos filosóficos, ideológicos y políticos, morales, éticos, lógicos y estéticos de la educación pública- se caracteriza por privilegiar un registro metafísico y egocentrista de la realidad.

Secuela incontrovertible de ello es el desconocimiento de los orígenes y vectores causativos de la realidad, sus componentes contextuales y sus interacciones dialécticas.

Por añadidura, adviértese así mismo una secuela cultural de prejuicios incluso raciales.

Un efecto adicional, a nuestro ver dramático, es la convicción en esos estratos y clases sociales de que nuestros anhelos se harán obra de la voluntad de fuerzas metafísicas antropoideas, percibidas como superiores, que determinan el decurso individual.

En esos estratos y clases sociales que abarcarían estamentos hacia arriba –las élites socioeconómicas y políticas- y hacia abajo (grupos proletarizados y/o marginados con aspiraciones de movilidad) no hay afanes reivindicatorios organizados, sólo retórico aoristo.

La red capilar de movilidad social está obstruida, estratificada, aterosclerótica.

Lo que sí hay es la esperanza e incluso certidumbre de soluciones providenciales, emblematizadas en un advenido líder salvador o en un milagro que anule aojo.

Ello mediatiza –si no es que coopta- la iniciativa social para el cambio real, de fondo, de un modelo económico y político que, a la luz de nuestra realidad, es sin duda antisocial. Medrosos ante el cambio, no conformamos con esterilizar la ira social.

Es más fácil –o comodino, si se prefiere— desahogar la ira anulando el voto o absteniéndonos de hacerlo que pensar y hacer cambios de fondo que implican reivindicación y serían revolucionarios.

¿Le tememos a una revolución? Al parecer, sí.

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