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Juan Latapí
Juan Latapí
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23 Febrero 2020 03:10:00
¿Y qué esperábamos?
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Es difícil no darse cuenta que estamos en crisis, que somos una sociedad enferma sometida por la violencia, la desigualdad, la degradación, por la apatía y que solo nos indignamos cuando los crímenes alcanzan el escándalo -aunque tan solo sea a través de la redes sociales- como son los feminicidios, la pederastia, los infanticidios, la violencia, el acoso, la trata, los abusos sexuales y una larga lista de barbaridades.

Siempre hemos sido una sociedad dominada por el machismo -principal causa de los feminicidios- en la que la desigualdad tiene avasallada a las mujeres que generalmente son vistas como objeto de placer, sometidas y, peor aún, no hacemos nada para cambiar esta condición ancestral. Nos escandalizamos ante los feminicidios mientras vibramos cantando canciones machistas y festejamos los chistes de comediantes que tratan a las mujeres como mero objeto de placer.

Vivimos en una sociedad que se ha ido deshumanizando paulatinamente, en la que uno vale por lo que tiene y no por quien se es, en la que se confunde el éxito con felicidad y la felicidad con poseer grandes fortunas y poder, en la que hablar de valores suena a ridículo, en la que da flojera hablar de cultura, ética y espiritualidad, en el que el consumismo desenfrenado es sinónimo de éxito porque “como te ven te tratan”, por que somos clasistas y discriminadores. Estamos atrapados en un sistema en el que la desigualdad obliga a que se viva para trabajar y no se trabaje para vivir, que ambos padres de familia tengan que salir a trabajar mientras dejan a sus hijos al cuidado de la nana TV, tablet o celular sin importar lo que ven o con quiénes interactúan.

Vivimos en una sociedad en que ser anciano o mujer es estar condenado a ser menos, en la que somos jueces y condenamos lo que no entendemos, en que nuestra ley favorita es la del mínimo esfuerzo, en la que la intolerancia se ha apoderado de nuestra voluntad, nos hemos vuelto expertos en ver la paja en el ojo ajeno, enfocados en remediar y rara vez en prevenir, en buscar culpables y pretextos para evadir nuestra responsabilidad y errores, y cuando lo hacemos es de dientes para afuera porque la mentira y el autoengaño se han apoderado de nuestras vidas, porque la verdad y la honestidad son la excepción y la regla son la gandallez y el piquete de ojos, en la que el egoísmo tiene avasalladas a la empatía y la solidaridad. Nos creemos el centro del universo y amos de la verdad -nuestra verdad- ciegos ante otros criterios y opiniones que descalificamos y ridiculizamos tan solo por no entenderlos.

Vivimos en una sociedad que está echando a perder a las nuevas generaciones, a las que se le da todo para que no sufran las carencias que sus padres tuvieron, son miles de niños y jóvenes sobreprotegidos a quienes se les impide conocer el esfuerzo, la disciplina y el mérito, generaciones plenas en derechos pero ausentes en obligaciones, generaciones a las que sus maestros ya no les exigen ni reprenden ante el temor que los padres de familia monten en cólera y tomen la escuela. Por eso muchos maestros prefieren solapar chiflazones para evitar conflictos y así el sistema educativo gira en torno a aprobar y pasar de año sin importar si se aprende o no.

Vivimos en una sociedad donde los servidores públicos se sirven de lo público, en la que la Justicia está a disposición del mejor postor, en la que la impunidad junto con la corrupción son la norma y nunca la excepción, en la que los cargos públicos se obtienen por favoritismo y rara vez por méritos propios, capacidad, esfuerzo y honestidad, en la que ser funcionario es mejor que sacarse la lotería.

Hemos olvidado cosas tan sencillas como ser agradecidos y generosos, aprender de los errores, ser puntuales, tener palabra y cumplirla; en cambio, nos hemos convertido en depredadores del medio ambiente, de los indefensos y de los más débiles. Hemos olvidado también la importancia de ser personas útiles, responsables y agradables, pero sobre todo felices.

Por todo esto y más nos escandalizamos de la crisis que ahora vivimos, pero se nos olvida que quien siembra vientos cosecha tempestades y sin darnos cuenta que todo esto se ha estado incubando durante años y que todos -en menor o mayor medida- somos responsables. Por eso, ¿qué esperábamos que pasara?
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