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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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02 Mayo 2019 03:28:00
Zapata y el zapatismo
Al cumplirse este año el primer centenario del asesinato de Emiliano Zapata, el Gobierno federal se propuso conmemorar por todo lo alto la efeméride y pasar revista a lo que el zapatismo representó en la historia de México.

Zapata y Francisco Villa son, sin lugar a dudas, los héroes más populares de los muchos personajes que participaron en la Revolución Mexicana. La demanda de ¡Tierra y libertad! del sureño mantiene resonancia hasta nuestros días, no obstante que en el siglo transcurrido desde su muerte el país vivió un proceso de urbanización despoblando el campo y congestionando las ciudades. Hoy, los problemas agrarios apuntan en otro sentido.

El interés del Gobierno resultaba previsible pues el carácter popular de Zapata y el movimiento que encabezó resulta afín al discurso de la actual administración federal, tan retóricamente preocupada por los pobres, ese “pueblo bueno” al que se refiere constantemente el presidente de la República.

Esta afinidad gobierno-zapatismo ha tenido consecuencias, pues si en el momento actual hay una confrontación –otra vez, retórica– entre el pueblo bueno y sabio y los neoliberales, fifís o conservadores, la pugna se trasladó a la historia al partir en dos a la Revolución Mexicana, colocando en un lado a Zapata y Villa, y en el otro a Carranza, Obregón y demás sonorenses.

Mala cosa si no entendemos que las posiciones, casi siempre irreconciliables de estos personajes históricos, fueron producto del entorno que les tocó vivir. Los zapatistas luchaban por la restauración de un régimen de propiedad de la tierra con raíces en el México profundo. El modelo del calpulli, la propiedad comunal de la tierra en la época prehispánica, era el punto de partida de la irritación de los pueblos, despojados de sus tierras por la voracidad de las haciendas, principalmente las dedicadas al cultivo de la caña y la producción de azúcar.

Desde las Leyes de Reforma, impulso modernizador en un país lastrado por atrasos seculares, quedaron en la indefensión numerosos pueblos del centro y el sur del país al abolirse de un plumazo la propiedad comunal, reconociendo como única la propiedad privada. La idea era magnífica, pero se topó con escollos que no se tomaron en cuenta: el 90 por ciento de los mexicanos no se enteró de los cambios legales, pues eran analfabetos, y las dificultades de los pueblos apegados a los antiguos usos y costumbres para repartir la tierra entre los individuos de la comunidad.

Los que sí sabían leer pertenecían a las clases altas, los hacendados, que aprovecharon los huecos de las leyes para adueñarse de las tierras de los pueblos, logrando con ello convertir en peones a los que antes eran propietarios. Estos innegables abusos proveían de sustento moral a la revolución zapatista.

Lo que no se podía pedir a los revolucionarios norteños era que comprendieran estos problemas, cuando nacieron, crecieron y se formaron en un extenso territorio casi despoblado con características y problemas totalmente diferentes.

Claro, es pertinente y aconsejable reconocer a Zapata y al zapatismo, pero no permitamos que se caiga en la tentación de trasladar a una etapa histórica conflictos ideológicos actuales. Recordemos que el año próximo se cumplen 100 años del asesinato de Venustiano Carranza, a quien conforme a la dicotomía política en boga bien pudieran calificarlo de fifí y conservador. Dejemos de acudir a la historia para recoger piedras y lanzarlas contra quienes no piensan como nosotros. Ya pasó un siglo, señores.

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