Espectáculos
Publicado el lunes, 19 de enero del 2009 a las 16:00
Saltillo, Coah.- Para hablar de Juan Marsé, tendríamos que rehuir los linderos del lugar común alrededor de lo célebre. Entonces, habría que empezar por el principio, y decir que mientras la novela española de la posguerra aspiraba a nuevas fórmulas, el autor catalán, tenaz orfebre, optó desde siempre por el realismo, abrevando en la antigua fuente de contar bien una historia.
Todos somos el Pijoaparte
A Juan Marsé nunca le importó quedar bien; así, en “Últimas Tardes con Teresa” (1965) en vez de desbarrancarse en el panfleto y dibujar el obrero heroico que tanto reclamara el socialismo de la decadencia franquista, retrató con deslumbrante agudeza las correrías de un chulo ladrón de motos; un trepador social que buscaba desertar de la miseria subido de polizón a los sueños de revuelta de una aburrida y hermosa burguesa. Un personaje memorable, mezcla de Julián Sorel y Marlon Brando. En el universo marsiano las clases sociales no sólo luchan y se desgarran, sino que se gangrenan por mutua fricción.
Admirador de Stevenson, el viejo aprendiz de relojería hizo en sus novelas de la Barcelona de la Posguerra un territorio moral. Un país que no existe más, donde nada ni nadie es lo que aparenta. No es gratuita la obsesión en sus relatos con la figura del padre ausente, huérfanos que en medio de las ruinas lidian con el hambre contando historias; Marsé llega al extremo de poner a novelar a sus personajes, sobre lo que tal vez pasó, sobre lo que pudo haber pasado… echando mano de un recurso maravilloso: las aventis, estrenado en “Si te Dicen que Caí” (1973), donde narra el desmoronamiento de la resistencia armada contra Franco, la diáspora, la orfandad; las amas de casa obligadas a prostituirse, los niños con sarna, el olor a pobreza y coles hervidas.
Mentiras verdaderas
En sus relatos siempre hay un padre ausente o vencido; la posguerra es un árido territorio poblado de huérfanos y funestos rumores, niños y viejos aprendiendo el cinismo o la desmemoria. Asumiendo lo que declara en su autorretrato, “pertrechado para irse en cualquier momento al infierno”, el esquivo ganador del Premio Juan Rulfo 1997, estalló en “El Amante Sabedor del poderío del acto narrativo, en “La Muchacha de las Bragas de oro”, el también guionista de cine desenredó el laberinto de un intelectual orgánico que reescribe sus memorias, torciendo gestos y fechas, en el afán inútil de quedar bien con la Historia –de ésos que tantos y tan bien conocemos-; un mentiroso profesional al que se le empiezan a cumplir todas y cada una de sus invenciones.
De bombas y relojería
Aunque la crítica es unánime con respecto a la naturaleza cumbre de “Si te Dicen que Caí”, casi toda la narrativa del nacido como Juan Faneca Roca es una lección de altos vuelos; basten anécdotas simples y puro músculo de verdadero narrador, como el desplegado en “Teniente Bravo” hasta obras cuasi desconocidas como el imaginativo cuento “Una liga roja en un muslo moreno”.
El primer deslumbramiento
Y por si quedara alguna duda del poder de la ficción sobre la vida, cuenta la leyenda, y como él mismo lo rememoró en muchas entrevistas, el autor de “Los Detectives Salvajes” eligió vivir en la ciudad costera de Blanes, a raíz de la descripción que Marsé hiciera en “Últimas Tardes con Teresa”. La misma playa donde un ladrón velara el sueño de una doncella. Un lugar donde todo, absolutamente todo, se volvía posible.
Blilingüe” contra el nacionalismo catalán y la obsesión por la pureza: a través de la farsa de un marido cornudo obligado a disfrazarse para reconquistar a su mujer, Marsé buceó en verdades más profundas: la nostalgia de ser otro; todas las vidas que somos, la brecha entre el hombre que hemos sido y el que queremos ser.
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