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Oro negro dormido: la nostalgia que se nos escapa

Por Guillermo Robles Ramírez

Hace 4 dias

Hay veces uno camina por la calle y se da cuenta de que las cosas importantes se nos van quedando atrás, como polvo en los zapatos. Así pasa con esa fecha que para muchos ya es solo otro día en el calendario: el 18 de marzo.

La verdad es que ayer mismo, apenas, se cumplieron 88 años de la Expropiación Petrolera, y sin embargo, para la mayoría de nosotros, sobre todo los más jóvenes, pasó como cualquier miércoles. Y si piensan en un momento: ¿cuándo fue la última vez que en su colonia o en la escuela de los chavos se armó algo especial para recordarlo?

La nostalgia por ese petróleo que un día nos hicimos nuestros se está desvaneciendo, y no es culpa de los muchachos, no. Es algo más profundo, algo que viene de arriba y se filtra en las aulas.

La esencia de todo esto es sencilla, pero duele reconocerla. Poco a poco, generación tras generación, hemos ido perdiendo ese fervor cívico que nos unía. Las instituciones educativas, con esa idea moderna de enseñar “lo práctico”, han ido arrinconando la materia de Civismo y Formación Cívica y Ética. Ya no se habla tanto de las obligaciones del ciudadano, ni de cómo hechos históricos como este moldearon las leyes que hoy nos rigen.

Y mire, esto viene a cuento justo ahora porque el 18 de marzo no es cualquier fecha. En 1938, en plena efervescencia posrevolucionaria, el presidente Lázaro Cárdenas del Río tomó una decisión que resonó en todo el mundo.

Nadie se puede imaginar una escena en aquella época cuando las compañías extranjeras, Exxon y Shell principalmente, tenían el control absoluto del “oro negro”. Explotaban el petróleo mexicano como si fuera suyo al cien por ciento, y los trabajadores locales vivían en condiciones que daban pena.

Cárdenas intentó negociar mejoras salariales, sindicatos, respeto básico. Pero los dueños extranjeros se negaron, amenazaron con sacar su capital y hasta desafiaron la orden de la Suprema Corte.

Al final, el general Cárdenas, con esa determinación norteña que tanto admiramos, dijo basta. El 18 de marzo de 1938 anunció la expropiación. El petróleo pasó a manos mexicanas.

Se creó Petróleos Mexicanos, y aunque vino el rompimiento con Inglaterra, el embargo de Estados Unidos y la salida de técnicos extranjeros, el país ganó algo más valioso: soberanía.

No fue solo un asunto diplomático. La chispa real fue la defensa de los trabajadores. El artículo 27 constitucional se invocó, sí, pero lo que realmente movió el corazón de la gente fue ver que por fin se ponía primero al mexicano.

Aquel día nació una esperanza. Y durante décadas, ese orgullo se celebraba con entusiasmo. En las escuelas se hacían concursos de oratoria, en los congresos estatales se organizaban actos, los niños armaban maquetas de torres petroleras con cartón y pegamento. Uno veía banderas y escuchaba discursos que erizaban la piel. Era parte de la cultura cívica, un recordatorio vivo de que México podía ser dueño de sus recursos.

Pero poco a poco, como agua que se filtra, ese entusiasmo se fue. Hoy, fíjese, el 18 de marzo es un día ordinario para la mayoría. La gente va a su trabajo, los chavos a la escuela, y el petróleo queda en segundo plano.

El año pasado y este mismo, a pesar de que la Presidenta Claudia Sheinbaum encabezó una ceremonia oficial en Pueblo Viejo, Veracruz, recordando que “durante años Pemex representó corrupción y privilegios”, el sentimiento popular sigue tibio.

No es que no se conmemore; hay actos institucionales, hay discursos sobre soberanía energética. Pero esa chispa de la gente común, esa que se siente en el pecho, se ha apagado.

Y aquí viene lo que más duele, ¡sí!, esa nostalgia que solo regresa cuando conviene políticamente. Recuerde usted la reforma energética de hace años, esa que se vendió como la gran solución: “la gasolina va a bajar”, decían. Terminó siendo manzana de la discordia.

Unos gritaban que era devolver el petróleo a los extranjeros; otros, que era recuperar lo nuestro. Pero nadie hablaba del verdadero robo, el que ocurre adentro. Porque Pemex ha sido, en más de una administración, la caja chica de turno.

Escándalos como el PemexGate o el caso Oceanografía, que todavía colea en tribunales estadounidenses con demandas millonarias, nos recuerdan que el saqueo no siempre viene de afuera.

Huachicol, sobornos, falta de transparencia… todo eso ha dejado a la empresa herida. Y aunque en 2025 la producción de crudo cayó a niveles muy bajos, alrededor de 1.36 millones de barriles diarios, el más bajo en décadas, el gobierno actual insiste en rescatarla, en fortalecerla junto con la CFE, en apostar por gas natural y renovables sin entregar la soberanía.

Piense un momento; ¿no le parece curioso que el patriotismo solo aparezca cuando hay reforma de por medio? Dos partidos lo sacan a relucir, pero el resto del año… silencio.

Mientras tanto, en las escuelas sigue faltando esa educación que forme ciudadanos conscientes. Existe una Estrategia Nacional de Educación Cívica 2024-2026, sí, pero en la práctica, los jóvenes pasan más tiempo en TikTok que aprendiendo por qué Lázaro Cárdenas es un referente.

No sé si a ustedes les pasa lo mismo, pero a mí me da una nostalgia enorme ver cómo un logro tan grande se convierte en una nota al pie de página. Al final, el petróleo no es solo un recurso; es símbolo de lo que podemos lograr cuando nos unimos.

Cárdenas nos dejó una lección: defender lo nuestro no es gritarle al extranjero, es cuidarlo desde adentro con honestidad y visión. Ojalá que en los próximos años volvamos a encender esa llama cívica, no solo el 18 de marzo, sino todos los días. Porque si no enseñamos a las nuevas generaciones a valorar nuestra historia, seguiremos dejando que el oro negro se nos escape entre los dedos, no por culpa de otros, sino por nuestro propio olvido. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

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