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Por
Leticia Espinoza
Publicado el miércoles, 30 de julio del 2008 a las 14:00
Saltillo, Coah.- Las leyes están muertas…La humildad de la gente no, pues hay verdaderos héroes anónimos que cada día aligeran la vida de una persona con discapacidad que se atreve a salir a un mundo que no fue hecho precisamente para ellos.
La indiferencia existe, sin embargo, al final, vencer pequeños y grandes obstáculos es sinónimo de fortaleza.
Hoy mi discapacidad fue motora, perdí el movimiento de mis piernas y mi mejor amiga fue una silla de ruedas, pocas horas a bordo de ella para pasar de la impotencia a la felicidad.
El día no inició bien, había que recorrer una larga cuadra para llegar a la Dirección General de Seguridad Pública Municipal y solicitar en señalización un anuncio para que los carros respetaran mi espacio a las afueras de mi casa.
Éramos yo, el imponente periférico y la gran cantidad de carros que circulaban para salir de una gasolinera, a los que hubo que darles tiempo para que pasaran y no me arrollaran.
¡Oh sorpresa! Cero rampas especiales para mí y las que se podían aprovechar estaban obstruidas por vehículos de la Procuraduría.
He aquí la primera persona que me ayudó para entrar a la Dirección, donde sólo existen dos rampas y la presencia de escalones que dificultan el desplazamiento.
Quería ir al sanitario. Entré pero ninguno era como los que necesitaba yo, sin agarraderas y muy angostos por donde mi silla jamás pasaría. Empleadas administrativas sintieron vergüenza y, apenadas, dijeron: “Como verá, aquí no tenemos para usted, pero si gusta pasar a los de nosotros, tampoco lo son, pero están un poquito más amplios”.
Había que aguantarse y perseguir el objetivo inicial, preguntar en Atención Ciudadana, dónde cuatro guardias me observaron sin hacer nada, luego de que una de las agentes preguntó:
-¿A usted señorita qué se le ofrece?
“Vengo para saber a dónde me puedo dirigir para conseguir un señalamiento de discapacidad, de esos azules”.
Y sin pensarlo dos veces la mujer, dijo: -No, aquí no es. Vaya al DIF.
Los demás guardias la observaron desconcertados, yo también (ahora resulta que todas las cuestiones que afectan a las personas con discapacidad las tiene que resolver el DIF, pensé). Insistí porque de sobra sabía que en Señalización me podrían informar.
La oficial continuaba atendiendo a la gente que llegaba; se decidió a preguntar a mandos superiores. La respuesta fue positiva. “Ese era el lugar indicado”. Esperé poco más de 10 minutos, gente llegaba y se iba.
Paula Patricia Gordillo, de Señales y Semáforos, me informó que regresara otro día o tal vez en 15 porque no había.
¡Otra vez a batallar para salir! Un policía me ayudó a desplazarme, apenado porque no había rampas.
La meta era cruzar el puente de periférico Luis Echeverría y Pérez Treviño. Me tomé mi tiempo para que encendiera la luz roja, pude cruzar, y venía lo más difícil de mi recorrido: la rampa era demasiado inclinada.
Me invadió el miedo, no había marcha atrás. En ese momento un joven bajó de su camioneta y empujó la silla para que yo pudiera subir la rampa.
Afloraron los sentimientos, tal vez una lágrima, de agradecimiento para la persona, por verme entera, y también de coraje porque se hacen obras y rampas para cumplir con el requisito.
Quería agua, así que cerca estaba una de esas tiendas teñidas de verde donde encuentras casi todo.
Mala suerte. Un taxista se masajeaba estacionado en el área para discapacidad y por ende obstruía la única rampa por donde yo podía pasar para entrar al comercio.
Me recibieron con amabilidad aunque extrañados porque una persona con discapacidad generalmente nunca deambula sola por las calles, y de sobra se sabe por qué.
Y de allí tuve que ser trasladada en auto a otra parte de la ciudad, donde otra serie de trabas y buena voluntad me esperaba.
La cuestión era aprovechar los desniveles y el vuelo de mi silla, no sentir miedo en rampas altas y dejarte ir y detener con mucha fuerza cuando la inercia me llevaba a otro lado.
En el centro, por la calle Victoria, por donde avancé para llegar hacia el Instituto Estatal del Empleo mucha gente se acercó para ayudarme. En algunos tramos tuve que apoyarme en camiones con material para poder seguir.
Fue imposible entrar al IEE por la parte delantera, pues se carece de rampas. Un instructor me dijo que por atrás, donde hay una para los autos porque para gente como yo no había. Finalmente me llevó con Isela Escalante, coordinadora estatal de Grupos Vulnerables.
Platicamos mi situación. “Ser discapacitada a raíz de un accidente desde hace un año y en trámite de pensión”, un caso tan común en estos tiempos porque recordemos que la discapacidad no sólo se adquiere de nacimiento y nadie está exento de padecerla.
En las calles del centro muy cercanas al Mercado Juárez, pude sentir la mirada extraña de muchos, pero fue la de los niños la que más me impactó, no sé sí me tenían miedo o se pregun
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