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Coahuila

Pirados: el fenómeno de quemarlo todo en Saltillo

Por Luis Carlos Plata

Hace 10 meses

Saltillo tiene una relación antigua y continuada con el fuego. La prevalencia de pirómanos (o incendiarios, según se vea) no es un fenómeno New Age como se podría pensar, producto de nuevos estupefacientes circulando por las calles, lo cual equivale a nuevas reacciones psicóticas que conducen a las deflagraciones provocadas que arrasan la ciudad por estos días.

Hace 18 años ya había ocurrido. Antes de la migración masiva de sureños que ha trastocado la convivencia (para bien y para mal), de que la movilidad urbana colapsara gracias a los puentes vehiculares (irónicamente como incitación evidente a conducir un coche), de la desaparición paulatina del transporte público (y su correlación con el status individual que representa el automóvil), del boom producido por las redes sociales (y su innegable impacto en el cambio del comportamiento social) y del consumo masificado de cristal (con los trastornos que supone su adicción).

Casi nadie lo recuerda, pero alrededor de 60 vehículos —incluidas patrullas policiales— fueron quemados en la vía pública en un periodo comprendido entre 2007 y 2010.

A partir de diciembre 2007 la anormalidad se volvió notoria, y lo más interesante: sucedió sin un móvil ideológico (por tanto reivindicativo en materia política o religiosa, o por lo menos evidenciando un resentimiento con algo, o contra alguien) ni relacionado con la delincuencia organizada (es decir, con el ánimo de desestabilizar la paz social, pues nadie se agenció los ataques entonces, ni envió un mensaje de advertencia con ellos —y si lo hizo, nunca se captó la señal—).

Hoy como ayer afrontamos un patrón de conducta similar: han sido tantos los incendios provocados en lo que va de 2025, en predios baldíos principalmente, es decir, afectaciones a la propiedad privada igualmente, que ni siquiera existe consenso en cuanto a su número, el cual oscila entre 500 y 600, sumando los ocurridos en Arteaga y Ramos Arizpe.

Se trata, en ambos casos, de un episodio anti sistémico, un desafío a la autoridad en una ciudad en donde nunca pasa nada (entendido esto como emociones con adrenalina que pongan en peligro la seguridad personal) y se presume la capital más segura del país (en incidencia de delitos de alto impacto, por lo menos).

El evento ya hizo crisis, y se centró en un lugar visible desde los cuatro puntos cardinales: la calidad del aire de la zona metropolitana, amén de los millones de pesos destinados por el Municipio a las acciones de atención y un estado de alerta permanente.

Endurecer las penas por provocar dolosamente un incendio, aumentando el castigo, no cohibirá directamente a los perpetradores del ilícito, pues el pirómano experimenta un proceso de catarsis al intervenir y modificar el entorno donde vive o se desarrolla (aunque ni lo uno ni lo otro le complazca, o precisamente por ello) pues de otra forma, en su cotidianidad, no siente que su huella en la comunidad tenga valor. Es, para él, un fuego renacentista; fuego nuevo. Como las hogueras en San Juan o el ritual mexica, donde se evoca la llegada de un ciclo diferente.

Si bien existen factores a considerar en la contribución final, como la crisis de salud mental (mundial, sí, aunque con repercusiones focalizadas en lo local), condiciones climáticas adversas (sequía temporal y ráfagas de viento), y la descomposición del tejido social (outsiders existen en casi todas las ciudades del mundo que viven en democracia, y aún en las que no), el comportamiento social es predictivo: al cabo de un tiempo, imitadores afectados por la difusión masiva de las noticias (como sucede, por ejemplo, con los suicidios) pueden aprovechar la recurrencia de incendios para materializar sentimientos de represalia contra particulares y causarles daño, o delitos más elaborados como el fraude de acreedores (como cobrar un seguro quemando un negocio).

Entonces aquello se vuelve un monstruo de mil cabezas.

 

Cortita y al pie

Como quien a la menor provocación usa pirotecnia, o quien prende carbón ante cualquier circunstancia, o quien quema “recicladoras” ubicadas en el área urbana cada cierto tiempo. Simplemente sucede. Y vuelve a suceder.

Por lo demás, la historia es cíclica. Antes de que los troles digitales existiesen, una pandilla homónima, “Los Troles”, protagonizó una retahíla de incendios en la ciudad.

Es curioso que se repita 18 años después.

 

La última y nos vamos

Ni la posterior existencia del iPhone y del Tesla —y acaso lo más importante: ni la cohesión virtual de miles de personas vinculadas en los grupos de seguridad en WhatsApp con la Comisión de Seguridad y Protección Ciudadana— cambian las pulsiones primarias de los individuos.

El descontento con un estilo de vida no necesariamente se refleja en una estadística o indicador oficial.

Para la reflexión sobre quiénes somos.

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