El pasado 15 de diciembre el periodista Ciro Gómez Leyva tuvo la fortuna de librar un atentado. La diferencia entre la vida y la muerte fue el blindaje de su vehículo. Sin embargo, vivirá para siempre sabiendo que “alguien” —una fuerza oscura, sin rostro— lo quiere matar.
Desencajado, la voz temblorosa, aprisionado por el miedo, pero sobre todo por la incertidumbre, el prestigiado periodista dio a conocer la noticia en su programa radiofónico a la mañana siguiente, apenas unas horas después de la intentona: “Alguien me quiso matar anoche”. ¿Quién lo quiso matar? ¿Quién ordenó asesinarlo? No lo podemos saber —y quizá nunca lo sepamos—, pero en esta historia hay mandantes (los que ordenaron el crimen) y autores materiales, quienes le dispararon cuando conducía su camioneta.
Desconcertado, adelantó que no puede concluir nada. “No tengo amenazas, no tengo pleitos con vecinos, no tengo deudas, no he discutido con nadie más allá de lo que discutimos en el programa y no voy a hacer conjeturas”, dijo en su emisión radiofónica.
Sin embargo, podemos suponer que esa fuerza invisible puso al conductor de radio y televisión en la mira porque su trabajo periodístico e investigativo y su análisis social no le gustó a ese “alguien”.
Comunicador independiente, periodista de larga trayectoria, crítico de los poderes del Estado y de los poderes factuales, Gómez Leyva es uno de los comunicadores más influyentes del país. Lo quisieron matar para acallar a una voz incómoda y molesta.
La maquinación
Ciro es el periodista de más alto perfil contra el que se haya atentado desde el asesinato de Manuel Buendía en 1984. La agresión no fue una ocurrencia. Fue una maquinación de grupos y fuerzas que operan desde las sombras. Detrás de un ataque de esta naturaleza siempre hay una estructura de poder, una mafia pensante, una estrategia, aparatos de inteligencia y, en el último eslabón, esbirros, sicarios y matones a sueldo.
Pareciera que ejercer la crítica y la libertad de expresión en México conlleva una sentencia de muerte. El último dosier de Reporteros Sin Frontera así lo confirma.
Dedicado a denunciar violaciones a la libertad de prensa, RSF sostiene que México se mantuvo en el 2022, por cuarto año consecutivo, como el país más peligroso para los profesionales de la información, con 12 periodistas asesinados este año. El panorama es desolador.
Asesinan más comunicadores en México que en la guerra de Ucrania. En octubre del 2021, la Secretaría de Gobernación informó que durante la gestión de López Obrador 48 comunicadores habían sido asesinados. Por tanto, ya son 60.
Poder invisible
Los números son escalofriantes. ¿Quién manda asesinar periodistas? No lo sabemos. Más del 90% de los homicidios de los comunicadores queda impune. Ante la falta de certezas, Gómez Leyva recurrió simplemente a un pronombre indefinido: “alguien”. Alguien lo quiso matar. Es decir, una o varias personas cuya identidad no se conoce.
En su libro La Invención del Poder, Federico Campbell trató de explicar cómo fuerzas invisibles coexisten con la sociedad convertidas en verdaderos poderes, y recordaba un apunte del escritor búlgaro Elías Canetti: “Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido. Desea saber quién es el que lo agarra: le quiere reconocer o, al menos, poder clasificar”.
En un país donde campea la impunidad, nuestro destino es no saber quién es ese “alguien” agazapado en la oscuridad. Gómez Leyva fue “tocado” por lo desconocido; un poder que no tiene cara y, sin embargo, tiene un poderío económico desmedido, andamiajes políticos y sociales y fuerza corruptora. Tiene balas y poder de fuego.
La espada y la pluma
En agosto del 2021 escribí un texto en el que recordé el artículo La Espada Contra la Pluma, escrito por Lorenzo Meyer en junio de 1990 a propósito de una serie de amenazas de muerte contra Jorge Castañeda.
Escribió Meyer:
“La afirmación de que la pluma es más fuerte que la espada no es una verdad histórica sino, en el mejor de los casos, una hipótesis optimista. Y en los casos que pueden servir de base a ese optimismo, resulta que la fuerza de la pluma solo se muestra en el largo plazo, pues en el choque directo entre esta y la espada, el vencedor inmediato es invariablemente la espada”
Y concluía el historiador: “Como columnista y académico, Jorge Castañeda puede tener una gran capacidad para poner a sus adversarios en situaciones difíciles. Pero como escritor desarmado, sus razones y brillo valen cero frente al poder de una pistola”.
La reflexión sigue vigente. En los términos de Meyer no había la menor duda: las amenazas dimanaban del sistema, del poder político, es decir, de la espada. Durante décadas, las instancias del Gobierno eran la principal fuente de acoso a la libertad de expresión.
La censura a medios, críticos, activistas, intelectuales y periodistas provenía básicamente de eso que solemos llamar “sistema”: instituciones federales, grupos políticos, gobiernos locales, corporaciones policiacas y fuerzas armadas. Esa era “la espada”.
Nuevos contornos
Con el tiempo, sin embargo, los contornos de esa espada se volvieron difusos. El Estado y las instituciones de Gobierno dejaron de ser las únicas amenazas para críticos y periodistas. Hoy, desde los escondrijos más siniestros, los cárteles del crimen emergen como el principal enemigo de la libertad de prensa.
Escribí en el 2021: “El crimen organizado es un adversario implacable, un rival hostil, sin rostro, que desde el anonimato actúa con plena impunidad, muchas veces apoyado por grupos de poder o corporaciones policiacas a su servicio. Los cárteles actúan en nocturnidad: no les gusta la información, la crítica, el escrutinio y responden de la única forma que conocen: el acoso, la advertencia, la intimidación y el asesinato”.
Paradójicamente, ese poder invisible suele resultar demasiado visible. Es un poder que desafía al Estado, secuestra pueblos, masacra, controla corporaciones, asesina a generales y coroneles, corrompe, desaparece a miles de personas y ejecuta a profesionales de la información y activistas sociales.
Lo inaudito es que en un país donde —según la organización internacional Artículo 19— los periodistas sufren una agresión cada 14 horas, el Presidente los fustigue cada día. En la mañanera después del atentado, López Obrador acusó a Gómez Leyva de ser, junto con otros comunicadores, vocero de las élites y del conservadurismo.
Es decir, de nuevo lo puso en la mira.
Sin empatía, sin solidaridad, sin el menor sentido de su responsabilidad, el Presidente soltó una hipótesis delirante, tonta e imprudente: la posibilidad de un autoatentado o de una maquinación de las élites para afectarlo a él y a su Gobierno. Quisieron asesinar a Gómez Leyva, pero el macuspano es la víctima, es quien sufre y carga la cruz. En toda historia él ha sido, es y será el mártir.
Crimen y Estado
López Obrador aclaró también que el ataque al conductor de noticias no es un crimen de Estado. Y seguramente no lo es; pero, en todo caso, los verdaderos responsables son los discursos de odio que alientan la violencia y fomentan un clima de acoso y persecución contra periodistas y críticos. Son la impunidad, la corrupción que tolera a los cárteles y la ausencia de una estrategia de seguridad.
Nada se puede contra el poder irracional de los criminales. Minimizarlo, asegurar que con abrazos puede abatirse cuando únicamente propicia un clima para su florecimiento, es, más que un despropósito, una perversidad.
Gómez Leyva libró el atentado, pero seguramente algo quedó dañado para siempre dentro de él: la tranquilidad, el sosiego, la paz. Como muchos críticos, periodistas y activistas, tendrá que vivir bajo esa desgastante, hiriente y dolorosa sensación de estar esperando otro zarpazo brutal en cualquier momento.
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