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Coahuila

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Por Fernando de las Fuentes

Hace 4 meses

“El alma se tiñe del color de sus pensamientos”.
Marco Aurelio

 

Ni Dios tiene el hábito de examinarnos (aunque muchos crean que esa es su principal ocupación) ni la vida de desafiarnos. Sin embargo, cada vez que se presenta una adversidad, sentimos que lo hacen, como si su rol en nuestra existencia fuera la medición de desempeño. La creencia es comprensible, pero falsa. Cualquier circunstancia que nos desagrade es en realidad una oportunidad de probarnos a nosotros mismos, a nadie más, de qué somos capaces o, incluso, de qué y cuánto nos falta para serlo.

Hay un giro mental liberador cuando pasas de creer que eres el experimento, a saber que eres el experimentador. El control deja de estar afuera y la dignidad que todos deseamos crece, pero también hace su incomoda aparición la responsabilidad que la mayoría teme.

Ahí, en la “adversidad” está el umbral a cruzar para alcanzar todo lo que alguna vez soñamos. Pero lo traspasaremos sólo en el momento en que estemos preparados, que generalmente es cuando el dolor de mantenernos en una situación difícil o la desilusión de no hacer lo que esperábamos de nosotros mismos superan la ganancia que obtenemos de sufrir o estar paralizados.

Otras veces preferimos la mediocridad del sillón de nuestra zona de confort, donde esperamos, desde simplemente adormecidos hasta muy resentidos, que alguien nos resuelva la vida o nos compense por lo que consideramos se nos ha quitado o no hemos, injustamente, recibido.

Esperar que alguien más nos dé lo que creemos merecer, ya sea dinero, cuidado, reconocimiento, afecto, justicia, etc., es la forma más generalizada de enajenarnos, a veces sólo con el afán de evitar la responsabilidad, es decir, de asumir las consecuencias de nuestra acciones e inacciones y hacernos cargo de las soluciones. Pero este tipo de evasión es renuncia al dominio sobre nuestra propia vida. El miedo a “no poder” es su raíz y la causa de que estemos dispuestos a venderle el alma a quien nos resuelva.

Mientras más nos empeñemos en ver como obstáculos que nos ponen Dios o la vida, las oportunidades de probarnos a nosotros mismos que sí podemos, más fortaleceremos la creencia de que vamos al garete o de que somos víctimas de un destino inmutable. En realidad nada nos llega para evaluarnos, sino para ofrecernos un espacio de acción que nos permitirá autotrascendernos, independientemente de los resultados. De hecho, a veces son los resultados no deseados los que más importan como formas de saber que, a pesar de ellos, estaremos bien. La expectativa incumplida puede ser el centro de la experiencia positiva.

Nadie puede darnos lo que nos corresponde sólo a nosotros proporcionarnos. Condicionar nuestro bienestar emocional a que ello suceda nos conduce a la expectativa frustrada. Cuando frustración es lo que hay, en lugar de quejarnos debemos saltar del sillón e ir por lo que sólo nosotros podemos procurarnos. Si no lo hacemos, viviremos a partir de la envidia, aderezada con resentimiento por lo que consideramos injusticia individualizada y/o social. Nos volvemos la hiel de nuestras amargas relaciones.

Cuando comprendemos que Dios no elige nuestras batallas ni la vida nos pone retos para que seamos dignos del uno y la otra, dejaremos de buscar reconocimiento fuera de nosotros mismos, y esto es una de las condiciones más liberadoras que puede experimentar un ser humano. Ya no importa lo que piensen los demás. Es su asunto. Salimos de la prisión del qué dirán para autoafirmar nuestra existencia.

La comodidad inmoviliza; la adversidad afila. El error enseña; el acierto sólo confirma. Crecer no es estar lleno de problemas, sino expandir la vida, superarse, para pasar de la persona que somos a la que podemos ser.

Es cuestión de levantarse del sillón y atravesar el umbral hacia… no sabemos dónde, con certeza, y eso es atemorizante, sí, pero imprescindible si queremos un mundo de posibilidades en vez de una sola.

 

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