Coahuila
Hace 4 meses
La promesa de un refugio, afecto verdadero y nuevas oportunidades en el futuro de un niño sin hogar es un suave murmullo que resuena en nuestro corazón cuando alguien nos habla de la adopción. Sin embargo, el lazo que se teje con paciencia y esperanza entre la familia que abre su puerta y el niño que llega con su propia historia, va más allá de eso, es un vínculo que se entrelaza con hilos de amor, resiliencia y transformación.
La idea de dar a un niño un lugar donde despertar, aprender y crecer, ha existido desde la antigüedad. Pero en la Roma antigua, la adopción también era una herramienta para asegurar la continuidad de la familia, la herencia y el poder. Así por ejemplo, emperadores romanos como Augusto, Tiberio, Claudio y Marco Aurelio, fueron adoptados, sus habilidades y competencias aseguraban una sucesión más estable en comparación con la herencia biológica.
En otras sociedades, la crianza compartida y la tutela prolongada surgen también como mecanismos legales para proteger a los menores de edad, cumpliendo funciones de crianza y administración de bienes.
Hoy, 9 de noviembre, Día Mundial de la Adopción, es una invitación a reflexionar sobre una institución que ha trascendido el tiempo, y que en el siglo 20 evolucionó hacia marcos legales más claros y centrados en el interés superior de niños y niñas: un derecho humano fundamental que exige estabilidad, identidad y un proyecto de vida.
En México, entre 2014 y 2023, se adoptaron 2 mil 76 niños, niñas y adolescentes. En 2024, se concluyeron sólo 228 adopciones a nivel nacional, lo que representa apenas 11% de los casos. Se ha señalado mucho que a falta de procesos claros y tiempos razonables.
En Coahuila, según las últimas cifras (agosto 2025) “hay unos 300 niños y adolescentes bajo tutela institucional. De ellos, unos 100 tienen entre 11 y 18 años”, todos esperan de una familia, pero los mayores “requieren planes de vida más allá de la adopción” y se trabaja en ello a través de un novedoso modelo de acogida.
La diversidad de caminos y experiencia institucionales, nos lleva a dar pasos distintos con un mismo propósito, la protección de la niñez de cada comunidad. Las adopciones pueden ser nacionales o internacionales, abiertas o con distintos grados de acceso a la información y al vínculo con su origen. Cada elección trae consigo beneficios y desafíos, y cada historia merece ser tratada con respeto y dignidad.
La verdadera medida del éxito de este novedoso modelo no es sólo que el niño –independientemente de su edad– encuentre una casa, sino que esa casa se convierta en un hogar donde la vida se teja con continuidad: con apoyo, con acompañamiento educativo y con redes de cuidado que conduzcan el crecimiento a lo largo de los años.
La adopción hoy florece en medio de una red de actores que se entrelazan para sostener el proceso: familias, DIF, servicios de salud, escuelas, comunidades religiosas y vecinales. Cada uno aporta herramientas, escucha y presencia cuando una familia encuentra el apoyo adecuado, cuando un niño recibe atención temprana y cuando a su alrededor se teje una red de protección y de aprendizaje. Así, la adopción deja de ser un acto aislado para convertirse en una práctica de vida colectiva.
La adopción no es un milagro, ni una solución rápida a las fallas de un sistema familiar; es, ante todo, una afirmación de que la infancia merece un entorno de seguridad, afecto y oportunidades reales. Es la convicción de que cada niño, ya sea de 5 de 10 o de 15 años, tiene derecho a una vida digna, a una educación que le permita soñar con claridad, a una salud que acompañe sus pasos y a una identidad que se reconozca en el seno de una familia que elige sostenerlo.
En este momento, la adopción se entrelaza con la responsabilidad de acompañar, educar y sostener a las familias en su camino compartido, tejiendo un tapiz de amor, resiliencia y crecimiento social, ya que cuando se abre una puerta para un niño, se abre una ventana para toda una sociedad: la oportunidad de construir juntos, un mañana más humano.
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