A causa y alrededor de esta palabra, término o concepto, se ha pensado y reflexionado, se ha debatido, y se ha luchado. La Libertad se gana, se conquista, se pierde, se conserva, es, en mi opinión, la raíz y la madre de todos los valores, ya que, si se carece de ella, todo o casi todo, pierde su importancia, su valor, su trascendencia. Si se pierde la libertad se disipa y deteriora también la dignidad, la autoestima, el amor propio, el respeto, la justicia y la equidad.
El nombre de esta columna está vinculado en todos sentidos al concepto de la libertad, por ello dedicaré este espacio para definir el significado holístico e integral de este estado físico, mental y emocional, que en mi opinión brinda sentido, permite y propicia la esencia de la existencia y la evolución de los seres humanos.
Primero, tomemos en cuenta para ser diseccionadas las versiones oficiales del lenguaje, empecemos con el diccionario de la Real Academia de la Lengua, que nos dice que la libertad es la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra. Otras definiciones afirman que la libertad en sentido amplio, es la capacidad humana de actuar según la propia voluntad, y/o que es el derecho de las personas para elegir de manera responsable su propia forma de actuar dentro de una sociedad.
Todas estas definiciones se quedan cortas en mi amplísima noción y concepción de lo que debe ser la libertad integral y holística. Habitualmente relacionamos la ausencia de libertad con el cautiverio de nuestro cuerpo físico o de la represión de algunas de nuestras acciones, pero eso es solamente la circunstancia más obvia de esta carencia, y no hay mucho que reflexionar acerca de ello. Yo quiero enfocarme en la libertad de los pensamientos, de los sentimientos, de las emociones, de los deseos. Para poder ser realmente libres hay que romper todas las cadenas que nos aprisionan –así como se plasma en la viñeta que ilustra esta columna– hay que triturar las cadenas de prejuicios, de traumas, de inferioridad, de complejos, de soledad, de amargura, de desesperanza, de miedo, de decepción, de desilusión, de culpa, de rencor, de envidia, de pereza y de apatía.
Asimismo, hay que romper las cadenas de la mentira; se pierde la libertad irremediablemente cuando una persona es presa de sus propias mentiras, y ya no puede dejar de mentir cínica y consecutivamente; se convierte en su lenguaje cotidiano y en su forma de vida, es el “síndrome del mentiroso crónico”. Un país entero puede perder su libertad cuando los discursos de sus supuestos líderes y dirigentes están basados en mentiras y no en hechos concretos, en resultados comprobables, lógicos, coherentes y congruentes. La libertad política se pierde cuando un mentiroso crónico y enfermizo encarcela y contagia en su “pandemia de mentiras”, a quienes les conviene e interesa seguir mintiendo y mintiéndose con el discurso del engaño, de la simulación, del cuento, del embuste, del enredo. Y así, inexorablemente las patrañas pueden continuar hasta que se engendra y fragua una “falacia colectiva” y se vive fuera de la realidad, y entonces son calificados de enemigos aquellos que simplemente pueden ver con claridad la realidad de la verdad y no pueden callar porque su conciencia les dicta que la tienen que expresar.
La solución a todo esto, hace ya más de dos milenios la dijo Jesucristo: “la verdad os hará libres”.
Antes que intentar procurar cualquier valor o cualidad profunda y sensible en nuestras vidas, debemos priorizar a la libertad de nuestro lado y todos los conceptos y valores se pueden ir añadiendo, de lo contrario, ninguno de ellos sería realmente verdadero.
Quiero ser libre, debe ser nuestro anhelo, nuestro sueño, nuestro himno, nuestra meta. Me voy a permitir mis estimados lectores, rematar esta columna con un poema que escribí hace ya muchos años cuando tuve que luchar por conservar mi libertad:
Tengo una amante que no puedo dejar marchar, tengo una amante que no puedo perder, que sin ella la vida prefiero no tener.
Ella me da el valor de ver al sol de frente cada día, ella me alienta a navegar con las velas henchidas en la tormenta y sin miedo a naufragar.
Ella cura siempre todas mis heridas, me guía cuando parece que ya no existen más salidas.
Sin ella no soy nadie, sin ella mi existencia nada vale.
Ella ha regado mis raíces y me ha dado todo lo que soy y es una amante que no puedo jamás dejar de amar.
Ella se llama libertad, ella se llama libertad, y ella me pide tan solo que la ame, que deje mi espíritu volar, que la sien humille nunca jamás, que no me autolimite, que no traicione ni a mi sombra, que recuerde el ayer, pero que viva el hoy, y que sea tan solo como soy.
Si la complazco, promete jamás dejar mi lado y yo la amo, como a nadie yo la amo, ella se llama libertad, ella se llama
libertad.
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