El umbral de la existencia externa. Nuestras sensaciones y reacciones en la transición al mundo aéreo.
En el último trimestre de nuestra gestación, el espacio uterino se reduce drásticamente. Las paredes del útero nos abrazan constantemente, proporcionándonos una estimulación propioceptiva (capacidad de nuestro cuerpo para percibir nuestra propia posición y movimientos en el espacio), continua que nos informa sobre los límites de nuestro cuerpo. Esta presión es reconfortante y organizadora; nos brinda seguridad.
Reaccionamos a esta falta de espacio flexionando nuestras extremidades y adoptando la posición fetal característica. Sentimos las contracciones de “Braxton Hicks” (conocidas como “parto falso”, son contracciones uterinas esporádicas que nos preparan para el verdadero parto) como un “masaje” rítmico y apretado, una preparación sensorial para la presión extrema que vendrá después.
Nuestro sentido del tacto se agudiza, especialmente alrededor de la boca, lo que nos permite practicar la succión con el pulgar o el cordón umbilical, un ensayo vital para la lactancia.
En el útero el sonido más significativo para nosotros es la voz materna. A través de la conducción ósea, la voz de nuestra madre nos llega amplificada y vibrante. Reaccionamos a esta voz con una disminución de la frecuencia cardíaca, indicando atención y calma.
No sólo oímos, sino que aprendemos, somos capaces de reconocer la prosodia (permite diferenciar significados y transmitir emociones) de la lengua materna y diferenciarla de un idioma extranjero, una prueba de que la cognición lingüística comienza antes de nacer.
Vivimos en un “caldo” químico que cambia de sabor según la dieta de nuestra madre. Al tragar líquido amniótico regularmente (para practicar la deglución y la digestión), saboreamos y olemos el ajo, la vainilla, el curry o el dulce que nuestra madre ingirió.
Estas experiencias químicas crean una memoria olfativa. Esta programación sensorial asegura que, al nacer, nos sintamos atraídos por el olor del calostro materno, que comparte marcadores químicos con el líquido amniótico, guiándonos hacia nuestra fuente de alimento.
El Tránsito. La Tormenta del Parto: El inicio del trabajo de parto rompe la homeostasis uterina. Para nosotros es una experiencia de estrés fisiológico intenso, pero necesario.
La Respuesta al Estrés y la Protección Hormonal: A medida que las contracciones se intensifican, el suministro de oxígeno se nos reduce intermitentemente. Lejos de sucumbir al pánico, nuestro cuerpo monta una defensa bioquímica masiva.
Nuestras glándulas suprarrenales liberan una oleada de catecolaminas (hormonas y neurotransmisores como la adrenalina y noradrenalina) a niveles superiores a los de un ataque cardíaco en un adulto. Esta reacción no es de sufrimiento, sino de supervivencia.
Redistribución del Flujo Sanguíneo: La sangre se prioriza hacia el cerebro y el corazón, protegiendo nuestros órganos vitales de la hipoxia (condición médica en la que un órgano o tejido no recibe suficiente oxigeno).
Preparación Pulmonar: La adrenalina detiene la producción de líquido pulmonar y estimula su reabsorción, preparando los alvéolos para el aire.
Alerta Neurológica: Estas hormonas despiertan a nuestro cerebro fetal, sacándolo de su estado de sueño habitual y poniéndolo en un estado de alerta máxima para el momento del nacimiento.
La Experiencia Mecánica: Mecánicamente, somos comprimidos y empujados. Nuestra cabeza, gracias a las fontanelas (espacios blandos entre los huesos del cráneo), se amolda para pasar por el canal de parto. Esta compresión craneal, aunque dramática, es generalmente bien tolerada. Participamos activamente en el descenso, realizando los movimientos cardinales (flexión, rotación interna, extensión) en respuesta a la presión del canal, realizamos movimientos reflejos guiados por la anatomía materna.
El Umbral. El Primer Aliento y el Choque Sensorial: El momento exacto del nacimiento es una explosión de estímulos. Pasamos de la oscuridad, la ingravidez y los 37 grados Celsius del útero, a un mundo iluminado, con gravedad aplastante y una temperatura ambiental de entre 20-24 grados.
El Primer Grito. Una Hazaña Mecánica: La reacción más crítica es la respiración. Al salir el tórax, la compresión torácica se libera repentinamente, permitiendo un retroceso elástico que introduce un poco de aire.
Sin embargo, el principal detonante es químico y térmico. El frío repentino en la piel y el aumento del Dióxido de Carbono en la sangre envían una señal de alarma al centro respiratorio del bulbo raquídeo. Realizamos un esfuerzo inspiratorio inmenso para despegar los alvéolos húmedos.
El primer llanto es la señal de victoria: es la exhalación de ese aire contra una glotis cerrada, creada para mantener presión en los pulmones. Para nosotros, esta primera respiración puede ser una sensación de ardor o estiramiento intenso en el pecho, una transición violenta pero vital hacia la autonomía del oxígeno.
La Gravedad y la Propiocepción: En el ambiente líquido, flotamos, al nacer, sentimos por primera vez el peso real de nuestro cuerpo. Nuestros brazos y piernas, que antes se movían con resistencia fluida, ahora caen pesados.
Esta nueva sensación activa el “Reflejo de Moro” ante la sensación de caída o falta de soporte, abrimos los brazos y luego los cerramos en un abrazo, un instinto primate de aferrarnos a nuestra madre para no caer.
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