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Grupo Zócalo
Publicado el martes, 31 de marzo del 2026 a las 21:38
Ciudad de México.- A más de medio siglo del primer alunizaje, quienes hicieron posible aquella hazaña aún miran al cielo con una mezcla de orgullo y frustración. Entre ellos está JoAnn Morgan, la ingeniera que en 1969 se convirtió en la única mujer dentro del cuarto de control durante el despegue del Apolo 11.
Hoy, a sus 85 años, no oculta su inconformidad. La cancelación de las últimas misiones Apolo —decisión tomada durante el gobierno de Richard Nixon— sigue pesando. “Solo quiero seguir con vida para ver que volvemos a poner un pie en la Luna”, dijo. “Todavía me siento estafada”.
No es la única. Entre los pocos sobrevivientes de los más de 400 mil trabajadores que participaron en el programa Apolo, persiste la sensación de que el impulso se perdió demasiado pronto. Apolo 17, en 1972, marcó el cierre de una era que nunca volvió a alcanzar la misma intensidad.
Ahora, la mirada está puesta en Artemis, el programa con el que la NASA busca no solo regresar a la Luna, sino establecer una presencia permanente. Pero el ritmo —un vuelo cada tres años— ha desesperado a varios veteranos.
“Antes había una energía distinta”, recuerda Charlie Mars, de 90 años, quien trabajó en los módulos de mando y lunar. “Si dependiera de mí, estaría empujando para que todo avanzara más rápido”.
El contraste no es solo generacional. El nuevo programa refleja cambios profundos: más mujeres en puestos clave y una tripulación diversa. La misión Artemis II, que sobrevolará la Luna, incluirá a Christina Koch, quien posee el récord del vuelo espacial más largo realizado por una mujer.
Para Morgan, el siguiente paso es inevitable: “Será aún mejor cuando una mujer pise la Luna”.
El impulso también llega desde la dirección. El actual administrador de la NASA, Jared Isaacman, ha prometido acelerar el calendario. A sus 43 años, representa una generación que no vivió Apolo, pero que busca recuperar su ritmo.
Entre sus primeras decisiones está añadir vuelos de prueba y perfilar un ambicioso plan para construir una base lunar, con una inversión estimada de 20 mil millones de dólares en los próximos años.
La carrera no ocurre en el vacío. China apunta a llegar a la Luna hacia 2030, mientras que Estados Unidos busca hacerlo en 2028, reeditando, en otra escala, la competencia geopolítica del siglo pasado.
Para algunos veteranos, el entusiasmo global difícilmente será el mismo. Rusty Schweickart, astronauta del Apolo 9, lo resume con una imagen histórica: todos recuerdan a quienes llegaron primero, no a quienes lo hicieron después.
Aun así, hay esperanza. Charlie Duke, uno de los últimos hombres que caminó sobre la Luna, cree que el interés renacerá en cuanto haya nuevos alunizajes. “Millones de personas lo van a ver”, dice. “Yo también… si todavía sigo aquí”.
En esa frase hay algo más que nostalgia: es la urgencia de una generación que no quiere que la próxima huella en la Luna llegue demasiado tarde.
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