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Raíces antropológicas distintas: Saltillo y Monterrey (I)

Por Federico Muller

Hace 3 dias

No es la primera vez que se escucha entre personas de Monterrey que han venido temporalmente a trabajar a Saltillo -principalmente en puestos gerenciales dentro del sector comercio y servicios-, el comentario sobre las marcadas diferencias en la mentalidad y el desempeño laboral entre trabajadores de ambas ciudades. El testimonio más reciente lo escuché en un restaurante ubicado al norte de la ciudad, que atiende a un segmento de la población de clase socioeconómica media-alta.

El gerente del establecimiento, de origen regiomontano, se distinguía por su actitud diligente al apoyar tanto a los comensales como a los meseros. Al preguntarle por qué percibía una diferencia tan notable entre el trabajador saltillense y el regiomontano, si la distancia geográfica entre ambas ciudades no supera los 80 kilómetros y ambos pertenecen a la misma nación, respondió que desconocía las causas profundas de dicha asimetría. No obstante, afirmó de manera categórica que la productividad laboral y la competencia empresarial eran superiores en el mercado nuevoleonés respecto al de Saltillo.

En efecto, al revisar y comparar los indicadores económicos de ambas ciudades, se constata que Monterrey presenta cifras significativamente superiores. Para 2024, la capital de Nuevo León ocupa un lugar de liderazgo en Iberoamérica como centro industrial, sólo por debajo de São Paulo, Brasil. Monterrey encabeza el desarrollo industrial de México, mientras que Nuevo León se ubica entre las primeras entidades del país en aportación al Producto Interno Bruto y registra un PIB per cápita considerablemente superior al promedio nacional.

Sin embargo, la economía urbana y regional, como disciplina analítica, carece de herramientas suficientes para identificar las causas estructurales profundas de estas diferencias; en gran medida, se limita a describir los efectos y consecuencias cuantificables del fenómeno. En contraste, la antropología social ofrece un marco interpretativo más adecuado para aproximarse a un diagnóstico comparativo entre Saltillo y Monterrey, ya que permite identificar los orígenes históricos, culturales y simbólicos de tales disparidades.

Sin pretender agotarlas, pueden señalarse al menos tres dimensiones fundamentales que ayudan a explicar esta divergencia: la cultura empresarial, la tradición religiosa y la mentalidad del trabajador. Este artículo ofrece una explicación -necesariamente somera- de cada una de ellas.

 

El modelo moral del empresario saltillense y el del regiomontano

Hasta antes de la llegada de las armadoras automotrices a Saltillo y Ramos Arizpe, a partir de la década de 1980, así como de las empresas de autopartes que las acompañaron, la economía del sureste de Coahuila dependía fundamentalmente del magisterio, el comercio tradicional, una industria incipiente y la agricultura regional.

En ese contexto, los empresarios locales seguían una filosofía empresarial heredera del porfiriato, basada en la estabilidad, el control de los costos laborales y la conservación del orden existente. Un reducido número de familias de empresarios y comerciantes concentraba el control de las actividades productivas de la región, optando de manera sistemática por preservar el statu quo antes que asumir los riesgos asociados a la competencia y a la innovación.

Aún en la década de los 70 el gremio de comerciantes de la región se oponía abiertamente a competir con las cadenas de supermercados de capital lagunero y regiomontano, llegando incluso a vetar su entrada a la ciudad como estrategia de protección económica. Este comportamiento no sólo refleja una decisión empresarial coyuntural, sino una mentalidad cultural defensiva, orientada más a conservar posiciones que a expandir mercados.

Algunos actores sociales sintetizaban, de manera cruda pero reveladora, las relaciones laborales patrón-obrero bajo una lógica fatalista: “nacer trabajador, morir trabajador”. Esta expresión resume una visión profundamente arraigada que inhibía la movilidad social, el emprendimiento desde abajo y la aspiración a la autonomía económica.

 

El emprendedor regiomontano

En contraste, el modelo empresarial regiomontano aparece con frecuencia en textos de macroeconomía y producción nacional como un estudio de caso paradigmático. El modelo que consolidó don Eugenio Garza Sada durante el periodo de entreguerras se caracterizó por ser integrador, en el que la productividad laboral se veía recompensada mediante prestaciones sociales orientadas al bienestar del trabajador y su familia: vivienda, servicios de salud, educación y espacios de esparcimiento al alcance de quienes generaban la riqueza.

Esta cultura empresarial no se limitó a una sola generación, sino que se reprodujo y amplió en las posteriores, sentando las bases de un empresariado industrial con fuerte conciencia social. Garza Sada supo combinar las enseñanzas humanistas recibidas en un colegio jesuita saltillense con el pragmatismo y la ética protestante del trabajo adquiridos durante su formación universitaria en Estados Unidos, donde cursó estudios de ingeniería.

No obstante, algunos historiadores sostienen que la cultura empresarial regiomontana es anterior a la figura del empresario benefactor y se remonta a migraciones colonizadoras -incluidas comunidades judías europeas- que se asentaron en Nuevo León. Estas poblaciones habrían forjado, en contextos de escasez de recursos, una ética del trabajo, del ahorro productivo y de la cooperación económica que terminó por convertirse en tradición cultural.

Desde esta perspectiva, las disparidades entre Saltillo y Monterrey no son únicamente geográficas, sino el resultado de acumulaciones históricas derivadas de migraciones selectivas, modelos económicos heredados y tradiciones culturales diferenciadas.

 

La tradición religiosa como sustento del comportamiento laboral y empresarial

La manera en que los empresarios y trabajadores conciben el mundo, el trabajo y la divinidad en las sociedades modernas ha despertado, desde hace más de un siglo, el interés de sociólogos, historiadores y filósofos. Uno de los autores más influyentes en este campo fue Max Weber, quien analizó la relación entre la ética protestante y el desarrollo del capitalismo moderno.

En el caso mexicano, el modelo religioso impuesto durante la colonización española llegó acompañado de una concepción distinta del trabajo, la autoridad y el orden social, cuyas implicaciones culturales siguen siendo visibles en determinadas regiones del país.

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