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Raíces antropológicas distintas: Saltillo y Monterrey (II)

Por Federico Muller

Hace 5 dias

Ecos de la cultura porfirista en la Región Sureste

En un pasado todavía cercano, General Cepeda concentraba el comercio y los servicios básicos que demandaba el campesinado asentado en las rancherías circundantes a la otrora Villa de Patos. Los pobladores solían desplazarse a caballo o en guayines para proveerse de víveres, aperos de labranza, calzado y ropa; asimismo, acudían a vender su producción agropecuaria o a abordar el ferrocarril en la estación del pueblo, medio que los conectaba con Parras, Torreón o Saltillo.

La desaparición formal de las tiendas de raya en las haciendas porfiristas -las cuales funcionaban como verdaderas unidades económicas cerradas- dio paso, en el sureste de Coahuila, a establecimientos de abarrotes semiurbanos de corte tradicional. Sin embargo, el tránsito de una economía hacendaria a una economía de mercado no supuso una ruptura profunda con las relaciones de poder preexistentes, sino una reconfiguración de las mismas bajo nuevas formas comerciales.

Entre 1920 y 1940 destacaron varias familias de hacendados-comerciantes en la región. Uno de ellos, considerado el hombre más acaudalado de la cabecera municipal, había logrado multiplicar el capital heredado de sus antepasados mediante prácticas comerciales asimétricas. Campesinos acudían semanalmente a su negocio para venderle leña, transportada en carretas y cuidadosamente atada. El comerciante fijaba unilateralmente el precio de la carga muy por debajo de su costo real de producción. Tras intentar sin éxito colocar su mercancía con otros compradores, los productores regresaban con él, resignados a malbaratar su trabajo.

Desde la teoría económica, este comportamiento puede describirse como una forma de monopsonio artesanal, en el que un solo comprador concentra el poder de adquisición en un mercado local reducido. Desde la antropología económica, el fenómeno revela algo más profundo: la persistencia de una mentalidad patronal heredada del orden porfirista, donde la ventaja competitiva no se construía mediante innovación o productividad, sino a través del control social, la disciplina del trabajo y la depreciación sistemática de la mano de obra rural.

Este tipo de prácticas contribuyó a formar una cultura económica regional en la que el salario bajo era percibido como una condición “natural” del orden social, y no como una variable susceptible de negociación o mejora. La relación patrón–productor se sostenía no sólo por la necesidad económica, sino por una estructura simbólica de autoridad y obediencia, reforzada por la tradición y la moral religiosa dominante.

 

Influencias locativas y funciones de la ciudad

Desde la perspectiva de la geografía urbana, las ciudades administrativas son aquellas cuya economía se articula principalmente en torno a funciones de gobierno, magisterio, comercio tradicional y servicios, mientras que la actividad industrial y tecnológica ocupa un lugar secundario. Saltillo se ajustó a esta clasificación hasta aproximadamente 1980. Diversos factores influyeron en esta orientación: su ubicación geográfica como ciudad de paso, el carácter semidesértico del suelo, y, de manera decisiva, las mentalidades patronales y políticas que privilegiaron la estabilidad y el control sobre el riesgo y la competencia.

La presencia de la sede del gobierno estatal, los tribunales, las instituciones educativas públicas y las delegaciones federales consolidó a Saltillo como una ciudad dedicada a la administración de población y territorio, más que a la generación de capital industrial. Durante décadas, el empleo público y semipúblico -magisterio, burocracia, educación- constituyó el eje de la economía urbana.

El comercio tradicional, una industria poco competitiva y los servicios locales mostraron una resistencia sistemática a la competencia externa, prefiriendo ingresos constantes y predecibles antes que procesos de expansión o modernización. Un ejemplo revelador de esta lógica ocurrió con la llegada, en 1946, de la empresa estadunidense International Harvester, dedicada a la fabricación de camiones, tractores y equipo agrícola. Lejos de provocar una transformación inmediata en la estructura salarial, los empresarios locales establecieron acuerdos informales con los directivos de la compañía para homologar los salarios a los niveles tradicionales de la ciudad, evitando así una presión al alza sobre el costo de la mano de obra.

Este episodio ilustra cómo las élites locales actuaron como mediadoras entre el capital externo y el orden social existente, funcionando al mismo tiempo como custodias de la tradición y del equilibrio político. En suma, la economía saltillense previa a 1980 no puede entenderse únicamente como resultado de condiciones geográficas o coyunturas históricas, sino como la expresión de una cultura económica profundamente enraizada, donde la herencia hacendaria, el catolicismo tridentino y la función administrativa de la ciudad convergieron para producir un modelo de desarrollo conservador, jerárquico y poco proclive a la movilidad social.

 

La mentalidad del obrero en Saltillo

“La cultura empresarial saltillense, tal como se configuró históricamente hasta finales del siglo 20, influyó de manera profunda y duradera en la mentalidad de los trabajadores, no sólo en su comportamiento económico, sino también en su forma de concebir el trabajo, la autoridad y las posibilidades reales de movilidad social. La aceptación de la jerarquía y la subordinación como componentes naturales del orden laboral alimentó un sindicalismo oficial de corte corporativo, más orientado al control y a la mediación política que a la defensa efectiva de los derechos de los trabajadores. Este modelo contribuyó a la formación de una mentalidad individualista–defensiva, en la que la prioridad fundamental era conservar el empleo antes que cuestionar o mejorar las condiciones laborales”.

 

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