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Coahuila

Recordando a Óscar Flores Tapia

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 3 años

En mi labor como comunicador (reportero de radio, prensa, televisión e internet), tuve la oportunidad de ser testigo del éxito, de la catástrofe, del récord, de la noticia y de la historia contemporánea.

Muchas veces me pregunté, cuál fue el acontecimiento más importante a lo largo de mi carrera de más de 60 años, que en términos periodísticos me tocó vivir, contar, decir, explicar o escribir.

Acaso fue mi primer reportaje, siendo un joven y debutante reportero, cuando una mujer se tiró al paso del tren en la angostísima calle que era Emilio Carranza.

El asesinato del presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy; la llegada de los primeros hombres a la luna; la entrada de China a la ONU; el término de la guerra de Vietnam; la matanza de estudiantes en Tlatelolco, en la Ciudad de México; o la Olimpia en nuestro país.

Tal vez la tragedia de Puente Moreno, donde de descarriló el tren de un grupo numeroso de peregrinos saltillenses, procedente de Real de Catorce.

Mi casamiento con el amor de mi vida Lupita Saucedo, el nacimiento de mis cuatro hijos, mis seis nietos o tal vez la llegada a este mundo de Irlanda, mi bisnieta.

Quizá los estragos que causó el Huracán Gilberto, que partió la carretera 57, donde murieron el chofer de una ambulancia de la Cruz Roja y una mujer que estaba a punto de dar a luz.

La muerte de tantas personas en mi ciudad y en el país, bajo un salvaje sexenio de sangre, que propició el funesto y fatal Felipe Calderón.
O quizá la renuncia de Óscar Flores Tapia, aquel 11 de agosto de 1981.

Muchas veces me pregunté: ¿qué pasaría si en aquel edificio, que en vez de residir un sensato gobernante, hubiera un ser chiflado, un ambicioso político, o un enloquecido sujeto mareado por el poder?

La presencia y la zafia del nuevo inquilino del Palacio Rosa intimidaba y atemorizaba a cualquier. Su vertiginoso pensamiento y su estentórea voz retumbaban en las paredes del recinto, cuando dictaba órdenes, cuando regañaba a los colaboradores o cuando discutía con algún enemigo. Era ese su sello característico de gobernar, de mandar.

Tuve el derecho de describir un hecho que seguí paso a paso, el juicio penal administrativo por el delito de enriquecimiento inexplicable, a que fue sometido desde el Gobierno central, el polifacético Flores Tapia, aquel que de extracción muy humilde soñó ser Gobernador “para servir a su pueblo”. Aquel que ordeñaría las nubes para hacerlas llover, el que utilizaría camellos para cruzar el desierto de Coahuila o enlataría huevos de gallina.

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