Piedras Negras
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Grupo Zócalo
Publicado el sábado, 27 de septiembre del 2025 a las 04:00
Piedras Negras, Coahuila.- La política migratoria en Estados Unidos no es sólo un conjunto de leyes que regulan entradas y salidas, es, en realidad un espejo donde se refleja la tensión entre los ideales fundacionales de libertad y acogida, y el temor constante a lo desconocido que toca las fronteras.
Toda política migratoria es una frontera moral; delimita quién merece un lugar y quién debe quedarse fuera, quién accede al sueño y quién queda condenado a la intemperie del exilio, expresó el doctor Jesús Martín Cepeda Dovala.
Las repercusiones de endurecer o flexibilizar esa política son múltiples y profundas. Endurecerla genera muros físicos y simbólicos y alimenta la desconfianza, fractura comunidades, y convierte al “otro” en una amenaza antes que en un semejante.
Flexibilizarla, en cambio, abre las puertas al intercambio, al mestizaje, a la renovación constante de una nación construida precisamente por migrantes.
Pero, el verdadero dilema filosófico está más allá de la política, se trata de cómo un país se define a si mismo, señaló Cepeda Dovala.
Si un estado cierra sus fronteras con dureza, también está cerrando parte de su alma; si las abre indiscriminadamente, arriesga su cohesión.
La cuestión, pues, no es elegir entre apertura o cerrazón, sino encontrar el punto donde la justicia, la dignidad humana y la identidad nacional puedan coexistir sin negarse mutuamente.
En el fondo, la política migratoria estadounidense nos recuerda una verdad incómoda, cada nación es, en cierto modo, la suma de sus invitados. Y la manera en que recibe (o rechaza) a esos invitados es lo que define, con mayor fuerza que cualquier discurso, la grandeza o la pequeñez de su historia, concluyó el entrevistado.
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