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Reviven católicos la pasión y muerte de Jesucristo

  Por Jaime Hernández Cruz

Publicado el sábado, 3 de abril del 2010 a las 15:00


Gran concurrencia de católicos se pudo observar ayer recordando aquella entrega en cuerpo y sangre de nuestro señor Jesucristo

Acuña, Coah.- Gran concurrencia de católicos se pudo observar ayer recordando aquella entrega en cuerpo y sangre de nuestro señor Jesucristo; los feligreses reconocieron la necesidad de amarnos los unos a los otros guiándonos en el mejor ejemplo de Cristo, que dio su vida por los pecadores.

El punto de partida para Juan de Dios González, quien representó el papel de Jesús durante la escenificación de la pasión y muerte, fue la iglesia de Fátima, lugar del escenario donde fue puesto ante Herodes y Pilatos, éste último condenándolo a la crucifixión.

La Pasión de Jesús inició con los 29 azotes que ordenaran le dieran, posteriormente nuevamente ante Pilatos fue juzgado a muerte; hacen entrega de su cruz y la ponen a sus hombros, y a sus costados están los también juzgados a crucifixión Dimas y Gestas, ladrones y asesinos; la cruz tenía un peso insoportable, no podía y era palpable a simple vista.

Durante el recorrido una gran multitud del pueblo fue acercándose para observar, los soldados de la escolta hacían grandes esfuerzos para contenerla, eran muchos, pero fueron los que apoyaron la muerte de Jesús.

Para ellos la fiesta acababa de empezar, no había un mínimo de piedad en ellos por este ser ensangrentado que avanzaba apenas, cercado por golpes de bastones y puños. El odio les cegaba la mente y el mal triunfaba en aquella turba, sin clemencia; la milicia continuaba exigiendo brutalidad hacia aquel hombre de Galilea, que continuara su camino; para ellos era solamente un deber que tenían que cumplir en el menor tiempo posible.

La carne martirizada recibía dolor, dolor y nada más que dolor. La corona de espinas incrustada en la frente no daba tregua; la cabeza, oprimida por ella, y sus profundas espinas, martirizándola. En ese estado, el peso de la cruz se hizo insostenible y apenas podía avanzar con esfuerzo sobrehumano, arrastrando su pobre cuerpo.

La Pasión continuó, Jesús cae una, dos y tres veces por dolor y cansancio por todo el camino hacia el Gólgota. En ese ínter una mujer llamada Verónica se acerca para limpiar con un velo que traía la cara de Jesús al verla ensangrentada, en él queda plasmada la cara de él. Jesús sigue su camino ante la exigencia de los soldados; su madre, María, siempre atrás de su hijo, quien precisamente venía por todo el camino llorando de dolor por lo que le hacían.

Arribando al lugar de la crucifixión, Dimas, Gestas y Jesús son despojados de sus prendas para ser puestos en las cruces. Jesús, no bastando el dolor que le causaron aquellos primeros azotes, el cansancio que le causó la pesada cruz, los golpes que recibió las veces que se cayó y los latigazos que le venían dando, gritó más dolorosamente al haberle clavado las manos y pies a la cruz.

Entonces, al haberlo levantando a él y los ladrones, uno de ellos, Dimas, le dice: “¡Y bien, tú que dices ser hijo de Dios, sálvate!”; por el contrario, Gestas calla a Dimas y se dirige hacia Jesús, manifestándole arrepentimiento y que quisiera estar en el cielo, a ello Jesús le respondió que desde ese momento él estaría viviendo ya la vida eterna.

“¡Padre, perdónalos por que no saben lo que hacen!”, “¿Por qué me has abandonado padre?”, fueron algunas de las últimas palabras que expresó Jesús en su lecho de muerte. Finalmente, Jesús muere y es bajado de la cruz en la que fue crucificado, el cuerpo es puesto en el piso, María se acerca y lo toma entre sus manos… Ya todo se había cumplido.

La muerte de Jesús es el resultado de la decisión del hombre, es consecuencia de la libertad humana, no es la obra de Dios. Dios nos ha creado libres, con capacidad para hacer de la historia humana un paraíso o un infierno, capaz del bien y del mal, con libertad para pecar y matar, citó el padre Mariano Carrillo, párroco de la iglesia de Fátima, frente a los católicos que vivieron todo el escenario de la pasión y muerte de Jesucristo, llamando así al cambio total de nuestras vidas, ya que cada vez que actuamos mal o pecamos es un espina que le vamos clavando a Dios hijo, pero sobre todo que nosotros mismos estamos volviendo al punto por el cual Jesús dio su vida para salvarnos.

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