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Ruta Libre
Publicado el lunes, 6 de abril del 2015 a las 23:43
Por: Rosalío González | Paola Praga ● Saltillo, Coahuila.- Fundada hace casi 50 años, la colonia Río Bravo, al norte de Saltillo, es semillero de reconocidos beisbolistas. Marcelo Juárez, los primos Elizondo y los hermanos Mora, quienes se convirtieron en piezas clave del beisbol local y nacional y cuya historia comienza con una tragedia que los reúne a jugar en los baldíos de Saltillo, iniciaron sus glorias en las calles de este sector.
Formada por apenas seis cuadras, la colonia Río Bravo sirvió como refugio para un aproximado de 300 obreros provenientes del municipio de Allende, del poblado de Río Bravo, Coahuila, quienes llegaron a la ciudad después de que la fábrica donde trabajaban sufriera un incendio.
“Nosotros somos de Río Bravo, allá trabajábamos cuando la fábrica se incendió y nuestros patrones nos mandaron para acá (Saltillo), a la otra fábrica de la que eran dueños”, explica Oralia Mora, pensionada de la empresa y hermana del jonronero Andrés Mora.
En aquel trágico año de 1966, la empresa Textil del Norte sufrió la inhabilitación de su fábrica en el municipio de Allende, propiedad de los franceses José, Luis y Roberto Richou, quienes para no dejar en el desamparo a sus trabajadores, decidieron traerlos a la capital del estado, Saltillo.
“Cuando llegamos tuvimos que rentar dónde vivir, pero después los patrones hicieron esta colonia, que está muy cerca de la que antes era la fábrica”, recuerda Oralia.
Las casas compuestas por sala, comedor, cocina, cuarto de baño y dos recámaras fueron pagadas con el descuento de una tercera parte del pago que los Richou les entregaban a sus trabajadores.
Con el paso del tiempo, muchas cosas han cambiado tanto al interior como en las cercanías de la colonia. Para empezar, la desaparición de la fábrica en la que trabajaban, Textil del Norte, que cerró en 1976 después de un largo periodo de decadencia y pérdidas por la competencia que les representó la mezclilla china.
Después, la llegada de nuevas empresas, que han dejado rodeada a la Río Bravo, considerando que cuando la inauguraron, en 1968, con el apoyo del entonces gobernador Braulio Fernández Aguirre, era la única unidad habitacional en varios kilómetros a la redonda y lo único que la rodeaba eran unas pequeñas lomas que completaban un paisaje prácticamente rural, sin calles pavimentadas ni transporte urbano que pasara por la colonia que hasta ese momento no estaba considerada en el mapa de la ciudad.
“Había tierra por todos lados y entre esa tierra nuestros chamacos andaban jugando”, recuerda Socorro Ibarra, tía de Jesús y Andrés Mora, grandes beisbolistas profesionales.
UNA FAMILIA
La tragedia del incendio había obligado a las familias a migrar a Saltillo. Marcelo Lara, Fernando Elizondo, Juan Antonio Martínez y los Mora, adolescentes y niños en ese entonces, con el recuerdo y la nostalgia de su pueblo, comenzaron a ocupar los alrededores de la recién fundada colonia para jugar como lo hacían en Río Bravo.
En poco tiempo improvisaron un campo de beisbol: era un lugar que ellos mismos nombraron Las Palmas, por la abundancia de estas plantas desérticas. Allí iniciaron su etapa como equipo, vecinos, paisanos y familia.
Sí, “los de la Río Bravo” tienen lazos familiares porque “nuestro pueblo es muy chico y todos somos parientes”, dice Juan Antonio Martínez Elizondo, patrocinador y jugador de beisbol, quien también es primo de Fernando Elizondo, coach de la tercera base de los Saraperos.
“Por ejemplo, los Mora Ibarra y Marcelo Juárez Moreno, ex jugador de beisbol profesional, son familia, recuerdo al gran ampáyer Efraín Ibarra Moreno, él enlazaba a los Mora y a Marcelo”, explica Juan.
No conocían a nadie y sus familias apenas les daban lo necesario para vivir, así que el beisbol se convirtió en su entretenimiento y pasión.
Pasó poco tiempo para que promotores y cazadores de talentos descubrieran que en Las Palmas, ese rústico campo en la solitaria colonia Río Bravo, había un equipo de muchachos que jugaban bien a la pelota.
Así fue como los experimentados del “Rey de los Deportes”, Héctor, “Teto”, Villalobos y Francisco Pérez “El Carreta”, voltearon a ver a “los chamacos de la Río Bravo”, a quienes animaron a jugar en el equipo de la ciudad, previo entrenamiento y prácticas, descubriendo a estrellas que hasta hoy brillan en el Salón de la Fama del Beisbol Mexicano.
Pero en la memoria de los exitosos peloteros está siempre presente su pueblo, el recuerdo de cuando lo dejaron en 1967, con su hilera de casas de adobe con techos de madera, con sus calles de piedra y tierra, la pobreza y el olvido de Río Bravo, al noreste de Coahuila, pueblo en el que la gente los considera ídolos y ejemplo de lo alto que se puede volar cuando existe talento, coraje y disciplina.
★ ANDRÉS MORA ★ En las manos llevaba un par de cubetas con agua, caminaba desde su casa hasta el campo de beisbol, entusiasmado por ver jugar a su equipo, del que solamente era aguador, porque el entrenador, José Güitrón, pensaba que él, Andrés Mora, no tenía talento para el beisbol.
Era el año de 1960 cuando el más famoso de los Mora tenía apenas 5 años y ya era movido por su pasión por la pelota. “Cargaba cubetas muy pesadas y le pasaba el agua a los jugadores del pueblo con tal de que lo dejaran seguir en el equipo”, comenta su hermana, Oralia, quien recuerda que en los años de gloria de su hermano, aquel entrenador que lo ocupó como aguador después presumía “ese chamaco fue mi alumno, estuvo en mi equipo”.
El pequeño Andrés soñaba con ser como Héctor Espino, un jugador de los Sultanes de Monterrey apodado “El Niño Asesino”, por el miedo que provocaba a sus contrincantes. Es considerado el mejor bateador en la historia de la Liga de Beisbol Mexicana y tuvo su época de oro en la década de los años 60 y 70.
En esa época, Andrés se acostaba en el piso junto con sus hermanos para sosegar el intenso calor de Río Bravo y escuchar por radio los partidos de beisbol. Su admiración hacia Espino era tanta, que llevaba un conteo de los jonronees que había logrado en la temporada.
Para la familia Mora fue difícil venir de Río Bravo a Saltillo, sobre todo para Alfonso Mora, el padre de Andrés, quien era promotor de beisbol en el pueblo y que a su llegada a la ciudad vio frustrado su esfuerzo por seguir apoyando talentos del deporte. Murió en 1968, a un año de haber llegado a la capital de Coahuila y sin poder ver cómo, a los 14 años, su hijo Andrés, era invitado por los Saraperos a recibir entrenamiento y comenzar su trayectoria en el deporte.
Las anécdotas de aquellos años, son muchas. “Unos señores de Saraperos le dijeron a mi mamá ‘le queremos comprar a su hijo’, y nosotros muy ignorantes los corrimos porque pensamos que en verdad nos lo querían quitar”, comenta Oralia.
Después de varios intentos de convencimiento, la madre de Andrés, Andrea Ibarra, dio el permiso para que su hijo se incorporara al equipo de Saraperos de Saltillo y fue enviado a Puerto Peñasco, en Sonora, a un centro de concentración y entrenamiento, donde vivió momentos difíciles lejos de su familia y que fueron el punto de partida de una gran carrera en el beisbol.
LA GLORIA DE RÍO BRAVO
Durante seis años con los Saraperos de Saltillo, Andrés Mora puso las bases de su leyenda como uno de los jonroneros más importantes en la historia del beisbol nacional.
En cada partido, batazo, caída, carrera, jonrón, regaño, victoria y derrota, estuvo su familia, sus hermanas Oralia y Rosario, su madre, sus hermanos, Lupe, Abelardo, Juan y después sus hijos, Andrés y Juan José, animándolo con sus porras, su apoyo y amor.
“Mientras estuvo aquí, jugando con Saraperos, nosotros hacíamos tortas y nos íbamos a ver sus partidos; somos gente humilde, obreros, pero mi hermano no sufrió por falta de apoyo, hicimos de todo para que él siempre nos viera enteros apoyándolo”, comenta Oralia.
En 1975 decidieron venderlo a los Orioles de Baltimore, en Estados Unidos. Andrés tenía 20 años y “se fue a buscar su suerte, a hacer su vida” en otro país. Duró cuatro años, antes de regresar a México y comenzar a jugar con el equipo que lo llevó a su mejor época como beisbolista, los Tecolotes de Nuevo Laredo, con quienes jugó por casi dos décadas.
“Fue el más grande de los Tecolotes, a donde iba a jugar lo reconocían, mucha gente lo seguía, es más, en Estados Unidos todavía venden estampas con su foto”, dice su tía Socorro Ibarra.
Después de su salida de los Tecolotes, Andrés Mora jugó para otros equipos como los Tigres de Quintana Roo, y cuando decidió dejar de jugar se convirtió en coach y entrenador de bateo.
Sin embargo, su gloria, la mayor, fue convertirse en el cuarto mejor jonronero de la historia del beisbol mexicano al contar con 419 durante toda su carrera y después ingresar al Salón de la Fama en 2003.
Ahora, años después, Andrés Mora, padece diabetes y en octubre de 2014 sufrió un cuadro de neumonía que lo llevó a internarse en el Hospital General de Saltillo, y se encuentra recuperándose satisfactoriamente.
PRODIGIO DEPORTIVO
Además de Andrés, Jesús Mora también llegó a la liga profesional como jugador de los Charros de Jalisco. Hizo historia a la par de su hermano, con su propio esfuerzo y talento, atributo que les heredó su padre, Alfonso.
Otro de los miembros de la dinastía es Efraín Ibarra, primo de Andrés y un ampáyer extrañado en el ambiente del “Rey de los Deportes”. Entre su historia está el doble reconocimiento y placa como el mejor ampáyer de la Serie del Caribe, y junto con Andrés está en el Salón de la Fama de la Liga Mexicana de Beisbol.
En casa de los Mora no hay altar más grande que el de Andrés, el más grande de la dinastía, y por eso en la sala se ha colocado una lona con la imagen del jonronero, cuya fecha data del año en que ingresó al Salón de la Fama, 2003, y sobre una mesa, a un lado de la imagen, una gran cantidad de trofeos, reconocimientos y hasta la placa de la calle que lleva el nombre de Andrés en su querido Río Bravo, Coahuila.
★ MARTÍNEZ ELIZONDO ★ Sobre un escritorio de madera repleto de hojas, plumas, clips, una computadora y una máquina para imprimir, un detalle denota la pasión de Juan Antonio Martínez: una pequeña pelota de beisbol estática entre el contenedor de lapiceros y el pisapapeles, lo único que hace referencia al amor de su vida, “El Rey de los Deportes”.
“El beisbol me gusta porque a diferencia de otros es un deporte de inteligencia y no de fuerza, hay que pensar y pensar bien en estrategias, en saber contar los tiempos”, explica el jugador veterano.
Él, como los demás, llegó a Saltillo después del trágico incendio de la fábrica donde trabajaba su padre.
“Me apodan ‘El de Río Bravo’ porque siempre me la paso hablando de mi pueblo, cada que puedo digo lo orgulloso que estoy de mis paisanos, sobre todo de los beisbolistas”, dice.
En aquel campo de Las Palmas, por las tardes de sol, Juan Antonio acompañaba a los Mora, a Marcelo Juárez y a su primo Fernando junto con otros adolescentes y niños a jugar.
Pone las palmas de sus manos sobre el escritorio como sintiendo el campo, y recuerda mientras mira hacia una de las paredes blancas que Andrés Mora, “el jonronero”, era el más fuerte de todos. “Él estaba chavo como nosotros, pero le pegaba a la pelota con el bate y la hacía volar por sobre todo el campo, es muy fuerte”.
Con nostalgia, recuerda cuando todos se fueron. “Tuvieron que irse para hacer todo lo que hicieron”, y con el tiempo se volvieron a juntar, a jugar como veteranos en el equipo de la colonia, “ya de grandes, todos con mucha experiencia, unos más que otros, nos reuníamos a jugar”.
Juan Antonio, jugó con los Burros Pardos del Tecnológico de Saltillo, la Liga del Norte, con Acuña, y en la Liga Otoñal con los Patos de General Cepeda, como jardinero y cátcher, y recuerda haber visto llegar muy alto a sus amigos, los mismos “chamacos de la Río Bravo”.
“Marcelo Juárez es para mí el mejor jardinero central defensivo; de Andrés Mora no hay necesidad de decir nada, está en el Salón de la Fama, inmortal, y mi primo Fernando sigue de coach”.
Como buen deportista, decidió retirarse del beisbol profesional a buen tiempo y comenzó a patrocinar y promover al equipo de la colonia que lo vio crecer, la Río Bravo, aquí en Saltillo, “y lo hice porque no me gustaría que muera el deporte, quiero que haya más jóvenes que lleguen a ser grandes”.
Ahora, cada año, en Semana Santa, el equipo de la colonia viaja a Río Bravo para jugar un partido contra el equipo de allá, “es una tradición y una fiesta eso, porque van los chavos y nosotros también, los veteranos”, es decir, la experiencia y el relevo generacional del deporte más querido por su pueblo.
Y ya sobre el camino del deporte, también opina que “los Saraperos son un buen equipo, aunque creo que adolecen de buen pitcheo”.
Gira su silla hacia su computadora y apunta la pantalla, “los medios le dan mayor realce al futbol y, es más, yo reconozco que es el deporte más seguido en el mundo, pero que no se les olvide que el beisbol es ‘El Rey de los Deportes’”.
★ FERNANDO ELIZONDO ★ Viste la playera de los Saraperos, la letra “S” la lleva pegada al corazón cuando sale de su casa en la colonia Río Bravo. Recién ha llegado de Celaya, de una concentración con el equipo profesional de beisbol de Saltillo. Ha dormido poco, ha descansado casi nada, pero revisa el reloj porque tendrá entrenamiento con “los chavos”.
A los 59 años viene a reencontrarse con su historia, a pensar cómo contarla y a quiénes incluir en ella. Baja un par de escalones con precaución, pues una de sus piernas está levemente lastimada después de tantos juegos, carreras y bateos. No bastante, no ha perdido toda su condición física, su contacto con el campo y con el ejercicio lo obligan a mantenerse bien.
Fernando Elizondo es otro de los prodigios de Río Bravo, Allende, que llegó con la fábrica Textil del Norte y que jugó con los grandes cuando apenas eran pequeños: Marcelo Juárez y Andrés Mora. Actualmente es el coach de tercera base de los Saraperos de Saltillo, pero su historia es ejemplar, es grande.
En el camino por la gloria fue lastimado, cayó varias veces “en el campo de batalla”, la batalla del beisbol, y fue una lesión en el nervio ciático, el nervio periférico más voluminoso y largo del organismo que recoge la sensibilidad del muslo y toda la pierna, que lo hizo retirarse como jugador profesional, pero lo llevó al campo de la estrategia.
Apasionado como su padre y su pueblo, Fernando Elizondo comenzó su carrera como beisbolista desde los 10 años, cuando llegó a Saltillo y en el famoso campo de Las Palmas hizo sus primeros bateos y definió sus primeras estrategias en el juego.
A los 12 años ya pertenecía a equipos locales con patrocinadores y entrenadores aficionados igual que él, aunque lejos se veía la posibilidad de jugar de manera profesional, hasta que por muchos motivos, en el histórico año de 1968, fue seleccionado de la Liga Menor de Saltillo, con la que ganaron el estatal en Monclova y el nacional en Matamoros, Tamaulipas.
Era un niño cuando el amor de su vida, el beisbol, lo había llevado a Managua, Nicaragua, a jugar. “Desde chico estoy viajando y toda mi vida me la he pasado viajando. A partir de entonces mi familia me ha tenido que comprender mucho”.
En 1973 el entonces mánager de los Saraperosde Saltillo, Andrés Tanaca, lo vio jugar con los Chileros de Ramos Arizpe en la Liga Naranjera y lo invitó a formar parte del equipo. “Fue don Andrés quien me firmó con los Saraperos y desde entonces mi historia ha sido con ellos, y son mi equipo y los llevo por todos lados”. Fernando Elizondo, evidencio cuya afición por su equipo se ve en el uniforme, en cómo voltea cada vez que sea necesario hacia la famosa letra “S”.
El equipo saltillense lo prestó para jugar en diferentes grupos al interior de la República, con los Diablos de Ébano, los Saraperos de Parras, los Petroleros de Poza Rica, y en 1978 ascendió a la Liga Mexicana de Beisbol con la selección de Veracruz, donde jugó hasta 1985, cuando su equipo lo pidió de regreso. Volvía entonces a la novena verde.
“El beisbol me ha dado todo, me dio mi casa, mi familia, mi alimento, todo, me hizo buena la vida, ese deporte es mi todo y le he dado mucho tiempo, viajes, entrenamientos, de todo, pero no me arrepiento, mi esposa, mis padres me comprendieron”, dice Fernando.
En 1992, por motivos de salud y decisión personal, Fernando Elizondo pasó de los nervios en el campo a ser una de “las mentes de la estrategia” del beisbol mexicano.
Al saber su retiro del campo de juego y su ingreso al de la estrategia, sus paisanos y amigos de toda la vida, Andrés Mora y Marcelo Juárez, lo invitaron a formar parte de sus respectivos equipos.
“En 1995 me llama mi paisano Andrés para invitarme como coach de tercera base de los Tecolotes de Nuevo Laredo, él era el mánager de ese equipo”, recuerda Fernando; tres años después, Marcelo Juárez le pidió que se regresara a los Saraperos, le ofreció el mismo puesto que tenía con Andrés y así se convirtió, en 1998, en coach del equipo local.
“Ellos dos, Andrés y Marcelo, fueron excelentes jugadores y como mánagers eran igual de buenos, agresivos, tienen estrategias vivas, fuertes, son hombres acostumbrados a ir siempre al frente”, narra Fernando mientras cierra en puños ambas manos, como quien representa la fuerza que recuerda de sus paisanos.
Se acomoda en el amplio sillón, está interesado, cómodo, hablando de su gente, de dos orgullos de su Río Bravo. Se pone de pie y camina lento, con pies de plomo, representa lo que es: un hombre que piensa todos los días en qué y cómo hacer para ganar el partido. Fue el hombre fuerte de dos hombres verdaderamente fuertes.
“Cuando fui el coach del equipo que dirigía Andrés estaba difícil porque él siempre quería jonrones, quería arrasar con todos, la derrota no le pasaba por la cabeza, y cuando me fui con los Saraperos, cuando los dirigía Marcelo Juárez, mi paisano, estaba igual. A ese señor le encanta robar, robar bases, robar señas, se roba todo lo que puede, le tienen miedo muchos equipos”, recuerda Fernando mientras ríe.
Hoy, ni Marcelo dirige a los Saraperos, ni Andrés a los Tecolotes, pero Fernando sigue dando frutos como coach, sigue al frente de su carrera. “Mientras aguante, haré esto”, advierte, mientras se pone de pie y señala hacia una pared repleta de reconocimientos y premios que ha recibido durante su trayectoria.
“Me siento bien como coach”, aunque es evidente que añora sus tiempos como jugador. Aún guarda en su casa pelotas, bates y guantes de beisbol, todo lo que pueda recordarle los mejores tiempos de su vida, cuando el viento golpeaba en su cara mientras corría de una base a otra, la adrenalina de perseguir una pelota que surca los aires y a la que no se le puede quitar la vista de encima, pase lo que pase.
“¿Alguna otra pregunta?”, dice, retador, de carácter, un hombre de pensamiento frío y directo.
★ MARCELO JUÁREZ ★ Está en el campo jugando con los muchachos, dicen siempre que alguien pregunta “¿dónde está Marcelo?”, el mayor de los beisbolistas de Río Bravo, se ha dedicado en años recientes al descubrimiento y desarrollo de jóvenes talento dentro del “Rey de los Deportes”. A él lo respaldan casi 50 años dentro del campo, en diferentes posiciones: jardinero central, coach y mánager.
Empezó su carrera en el beisbol a los 14 años jugando en el equipo de los Bravo, formado en su lugar de origen, Río Bravo, Allende, Coahuila. Allá dio inicio a una carrera que vio su resplandor en los Saraperos y en la época en que jugó para la sucursal de los Gigantes de San Francisco, de 1963 a 1966.
Antes de que la fábrica Textil del Norte se incendiara en Allende, antes de que la colonia Río Bravo fuera fundada en Saltillo, Marcelo Juárez ya jugaba, aspiraba a lo que logró: una larga y prolífica carrera.
“Él es unos años más grande que nosotros y empezó desde que era un chamaco, es más, él ya era conocido cuando yo apenas jugaba en Las Palmas”, dice Juan Antonio Martínez Elizondo, promotor de beisbol y amigo de Marcelo.
Y fue él, Marcelo, quien ayudó a que otros de sus paisanos llegaran a jugar dentro de equipos de renombre. “Él fue quien vino a hablar con mi mamá para que le diera permiso a mi hermano Andrés (Mora) de irse con los Saraperos, porque ella no quería que se fuera”, comenta Oralia Mora.
“Tiene capacidad para ver el talento ese señor, a la distancia alcanza a distinguir cuando alguien va a servir para el beisbol y hasta te dice todo lo que puede lograr un jugador con sólo verlo jugar un rato”, completa Juan Antonio Martínez.
TALENTO DE COAHUILA FERNANDO ELIZONDO RODRíGUEZ
Nació un 13 de enero de 1956. Posición: parador en corto. Participó en el beisbol profesional con los Saraperos de Saltillo, Petroleros de Poza Rica, Langosteros de Veracruz, Pericos de Puebla, Olmecas de Tabasco, Leones de Yucatán, Acereros de Monclova y Rieleros de Aguascalientes.
EFRAÍN IBARRA MORENO (+)
Nació el 16 de julio de 1939. Aficionado al beisbol, tomó la decisión de hacer carrera como ampáyer, donde mostró sus habilidades, que a la postre le abrieron la puerta para el profesionalismo y por consecuencia alcanzar el ingreso al Salón de la Fama en el 2010.
JESúS MORA IBARRA
Nació un 14 de noviembre de 1945. Posición: otufilder. Participó en el beisbol profesional con los Charros de Jalisco en la época de 1970. También militó con los equipos Tigres de México, Pericos de Puebla y Broncos de Reynosa.
ANDRÉS MORA IBARRA
Nació el 25 de mayo de 1955. Jugador de Liga Mexicana con Saraperos de Saltillo, Tecolotes de los Dos Laredos e Industriales de Monterrey, En Liga Mexicana de Verano, con Orioles de Baltimore e Indios de Cleveland. Andrés Mora se ha caracterizado por su fuerza bateadora.
También tenía con una forma temible de pegarle a la pelota. Contaba con una fortaleza y habilidad para jugar beisbol.
MARCELO JUáREZ MORENO
Nació el 26 de octubre de 1947. Dos veces campeón de carreras anotadas (1972/1977). Jugó 17 años en Liga Mexicana. Jugador de los Saraperos de Saltillo. Conectó mil 897 hits de por vida y es miembro del Salón de la Fama desde 1998. Además es poseedor de varios trofeos individuales, entre ellos, en el año 1974 ganó el Guante de Plata como jardinero central. También tomó parte en cuatro Juegos de Estrellas. En su momento Marcelo Juárez Moreno dijo: “El beisbol ha sido mi vida” y agregó: “Me ha dejado una gran satisfacción”.
Este pequeño sector de Saltillo, rodeado por industrias, tiene la distinción de haber dado al beisbol mexicano a una generación de grandes figuras

CABEZA DE UNA DINASTÍA

‘EL DE RÍO BRAVO’

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LA VIDA PARA EL BEISBOL
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