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Salir de Piedras, toda una aventura

  Por Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola

Publicado el domingo, 14 de diciembre del 2025 a las 03:58


QUE NADIE SE SIENTA SOLO, QUE NADIE SE QUEDE FUERA

E

se miércoles había salido del aeropuerto de Piedras Negras en punto de las 5:00 pm, y había aterrizado sin contratiempos en la ciudad de Monterrey a las 6:15 pm. Mi asistente de la Curia Arquidiocesana de esta última ciudad donde trabajé por muchos años pasaría por mí, para llevarme a cenar a casa de mi mamá, que cumplía 95 años, y donde pasaría la noche. Sin embargo al aterrizar me envía un mensaje y me dice: Téngame paciencia voy retrasada. 

En eso noto que todos los pasajeros que iban llegando en diferentes vuelos se amontonaban en las puertas del aeropuerto, y se miraban unos a otros, como diciendo, y ahora qué vamos a hacer. 

En eso reviso mi celular, y me doy cuenta que hubo un accidente donde un tráiler chocó con dos luminarias y se incendió, obstruyendo las entradas y salidas al aeropuerto, en decenas de kilómetros a la redonda. 

Hice tiempo mientras pensaba qué hacer, y luego me dirigí al hotel que está dentro del aeropuerto. 

Ya había pasado más de una hora, y al llegar al mostrador y preguntar si había cuartos, se rieron de mí, pues había una larga fila antes que yo, y no había habitaciones disponibles. 

En eso me comunico con la administradora de la Pastoral Familiar Nacional que presido, y le pido ayuda: Por favor, búsqueme un hotel de los que hay aquí en la avenida del aeropuerto. Ya eran las 8 pm. Antes de las 9 pm, me marca y me dice: No hay cuartos en ninguno de los hoteles cercanos. 

Yo veía en frente de mí cómo innumerables coches estaban bloqueados por todas partes sin poder moverse. Sólo hay cuartos, me dice, en un hotel a más de 1 hora a pie del aeropuerto. Resérvalo, le dije, y empecé a caminar, maleta en mano, en punto de las 9 pm. Ya no fui a casa de mi mamá, por supuesto. 

En mi recorrido me topé con mucha gente corriendo a toda velocidad con la esperanza de no perder su avión. Como a las 10 pm, me marca mi exasistente: “Estoy afuera de un Starbucks a 5 kilómetros del aeropuerto, ya no pude regresarme por lo atascado del tráfico”. Voy pasando justo enfrente, le contesté. Ahí espéreme, mientras cruzo las obras del metro en construcción, y las vallas que bloquean el acceso. 

Finalmente crucé la avenida con la ayuda de una obrera que detuvo las grúas, que pesada y peligrosamente se movían dentro del área acordonada de trabajo. 

Nos tomamos un café con un sándwich mientras se abrían las arterias vehiculares. Tuvimos que esperar hasta las 11 de la noche para que ella pudiera regresar por camino seguro, y no por terracería como le marcó el Google Maps para poder llegar ahí. Mientras tanto, yo seguí caminando, hasta llegar a mi hotel pasada la medianoche. Al arribar, me encontré con muchos trabajadores, echos bola en el mostrador, tratando de conseguir habitaciones y de acomodarse de 2 o 3 por cada cuarto disponible. 

A mi me tocó uno, pegado al elevador. Como pude dormí. Y a la mañana siguiente mi ángel de la guarda me ayudó a conseguir providencialmente una transportación al aeropuerto. 

Del que salí en punto a la Ciudad de México, donde ya me esperaba una gentil familia, para llevarme a una Misa de Acción de Gracias por el X aniversario de la Fundación Pontificia Ayuda a la Iglesia necesitada y perseguida, que me había invitado, y que ese próximo fin de semana visitaría nuestra Diócesis. Llegué antes de la hora, concelebré con el Sr. Nuncio Apostólico y otros obispos de México, pero más acabó la misa, me volví rápidamente al aeropuerto Benito Juárez, para llegar nuevamente a Mty, otra vez pasada la medianoche a dormir, ahora sí, en el hotel del aeropuerto, y poder regresar a la mañana siguiente en el primer vuelo de Aerus, a Piedras Negras, donde ya me esperaban para llevarme al Cereso, y poder acompañar y entregar a las hermanas internas, su diploma por haber terminado su curso de pastoral de duelo. 

Al salir de ahí me fui a la parroquia de Cristo Rey en Acuña, para celebrar por la noche una misa dentro de sus fiestas patronales, y ahora sí, regresar plácidamente, guiado por el murmullo luminoso de las estrellas, a casa a descansar. Gajes del oficio.

 

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