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Coahuila

Saltillo feo; el caos urbano, nuestro fracaso social

Por Luis Carlos Plata

Hace 10 meses

Por lo regular las imágenes mentales de Saltillo -como las de cualquier otra ciudad en el mundo- se asocian a un edificio emblemático, o a un tipo de arquitectura reconocible. En este caso La Catedral o… La Catedral. El resto del paisaje deliberadamente se olvida por no poseer algo destacable al ojo humano, condensado en antigüedad y belleza como características definitorias de su valor.

Pese a sus casi 450 años de fundación, la capital de Coahuila es una metrópoli donde predomina el block de concreto gris prefabricado. Construcciones inacabadas, asimétricas, sin planeación a largo plazo. No hablo de infraestructura pública sino de un patrón visual de propiedad privada que, a fin de cuentas, también representa la imagen urbana.

Lo obra negra básica, sin acabados ni detalles que llamen la atención, asimismo es una manifestación cultural. El saltillense no desea captar las miradas como denominador común de vivienda, sino pasar desapercibido entre la multitud, tal como sucede con su vestimenta “para salir a la calle”. Se trata de lo mismo: no brillar demasiado ni ostentar para no ser objeto de señalamientos como mecanismo de defensa, y acaso humildad mal entendida como concepto de vida.

Esa precariedad provoca que cada verano y cada invierno resientan en sus hogares las inclemencias del tiempo, como si se tratase de fenómenos naturales inesperados y no sucediese cada ciclo anual, o fuesen incapaces de adaptarse al medio semidesértico enclavado en El Valle de las Montañas Azules.

De sobra conocido es el afán de convertir en vulgares zapaterías edificios históricos. El estilo de la ciudad no lo determina la Dirección de Desarrollo Urbano ni mucho menos el Instituto Municipal de Planeación, sino a partes iguales los albañiles que abandonan las obras a medio terminar, como práctica generalizada, y los dueños de los predios que, decepcionados, cansados o defraudados, nunca las terminan. Cada cuadra de cada manzana de cada colonia muestra el sello distintivo, sin mayor hilo conductor que la economía de recursos mal aplicada, y anarquía tolerada.

Neófitos de la propiedad, cada uno levanta como puede sus inmuebles en un ejercicio de hágalo usted mismo. No es un asunto de pobreza, sino desconfianza en el otro. Se ha escrito aquí antes: pueden existir diversas generaciones dentro de un mismo núcleo familiar e ingresos económicos múltiples por conjunto habitacional, suficientes para la subsistencia y un poco más, sin embargo no modifican entre todos los elementos primarios de la estructura de su casa. Es común que las tarimas de madera sobrantes funjan como barda perimetral o las lonas de viejas campañas electorales cubran huecos de ventanas y patios por años. El trasfondo no es la marginación, sino el desinterés en la comunidad cuya relevancia se centra en otra parte: el automóvil como status (por ende, individualismo en su máxima expresión).

Existe una importante correlación entre actitudes incívicas y el entorno agreste donde se manifiestan. No es casualidad que la mayor tasa de incidencia delictiva en la ciudad (violencia familiar, robos, vandalismo y daños a la propiedad) ocurra en las colonias Teresitas (punto sur de la ciudad), Saltillo 2000 (orilla poniente) o Loma Linda (el oriente más lejano). No es coincidencia, por tanto, que sea la periferia (allá donde sus habitantes perciben que nadie les ve y sienten poca cohesión social) el territorio que abandona con más frecuencia las reglas de convivencia.

Otros factores, como la densidad poblacional, generan que se mencione a menudo (y estigmatice, de paso) a Ciudad Mirasierra (derivados y anexos) o la Bellavista como principales núcleos conflictivos (si la estadística se desglosara per cápita no encabezarían la lista, ya que cada una por separado tiene más pobladores que varios municipios de Coahuila juntos).

En el extremo norte del Municipio predomina el cliché estadunidense (proclive a “la tonta Texas”, no a Filadelfia o Boston): plazas comerciales y edificios donde la prioridad es el estacionamiento. El espacio público al servicio de las empresas privadas marca tendencia. Los suburbios de San Antonio han sido duplicados de espaldas al centro, mirando de frente a Nuevo León, en el sector de mayor plusvalía. Todo lejos de todo. Grandes extensiones de tierra como lunares en medio de la zona urbana, producto de la especulación inmobiliaria, esperando “un mejor momento” para vender.

Ahí, para mayor lustre, no se identifica Saltillo en diminutivo (como la forma coloquial de hablar), sino SLW como su modismo internacional, o su inexistente lugar en el mapamundi de los códigos.

Cortita y al pie

Hace siglos que no se construye buscando la posteridad, sino la inmediatez. En su obra, Geroca dio colorido a un Centro Histórico que se derrumba, y Edward Hooper mostró una peculiar visión del mismo, entre azoteas y horizontes montañosos inalcanzables, mientras la mayoría de los nativos tiene una visión a ras de suelo, producto de arrastrar los pies al caminar cabizbajo (cuando raramente lo hacen, pues lo convencional es circular en coche por la misma ruta sin observar el entorno; salir a batirse en duelo por un lugar de estacionamiento, a matar o morir en las vialidades).

La última y nos vamos

Lejos de ser una apreciación personal o un insulto, el feísmo de Saltillo es una apropiación del libro “España fea” (El caos urbano, el mayor fracaso de la democracia), del español Andrés Rubio (Debate, 2022).

Ahora bien, si a la Medellín azolada por el narcotráfico inculcaron multicolores forzados en sus fachadas y murales gigantescos por doquier para cambiar la visión lúgubre de sí mismos, ¿qué necesitaría Saltillo para dejar de ser esa sociedad triste y deprimida donde todo da igual?

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