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San Francisco de Asís en Saltillo: Eterno peregrinar

  Por Claudia Olinda Morán

Publicado el domingo, 4 de octubre del 2009 a las 14:00


La orden ha sido varias expulsadas de la ciudad, pero ha perdurado la adoración al santo patrono de los animales.

Saltillo, Coah.- Dicen que San Francisco de Asís fue santo antes de que el Papa lo nombrara como tal, que el cordón que ciñe su hábito guía el estado del tiempo y que es el patrono de los ecologistas y protector de los animales.

En Saltillo, la celebración de su santo arrastra más tragedia que alegría, un 4 de octubre, sus fieles peregrinos recibieron el “cordonazo” de San Francisco a bordo de un tren y en su parroquia; en el pedazo que queda, se escribe la historia de cómo el Gobierno desmembró a la iglesia, reduciéndola a una esquina de lo que fuera un gran convento.

Como si fuera la llamada Porciúncula (la pequeña capilla donde inició la comunidad franciscana en Italia), el templo de San Francisco resiste al tiempo en la calle Juárez, antes de llegar a General Cepeda, sobrevive conservando, en la austeridad de su porte, el voto de pobreza observado por el santo patrono.

Aun así, la feligresía heredada de los antiguos tlaxcaltecas sostiene a la orden más popular de la grey católica, tronco de lo que ahora es la vida universitaria en esta capital y cuyos votos de pobreza popularizaron la colocación del pesebre durante la Navidad.

ATACADO POR LOS INDIOS Y LA URBANIZACIÓN

La Iglesia de San Francisco de Asís originalmente es uno de los templos de mayor antigüedad en Saltillo, junto con el de San Esteban de la Nueva Tlaxcala (1582); sin embargo, la construcción actual corresponde a un segundo esfuerzo por mantener la presencia franciscana, varias veces expulsada de la Villa de Santiago (antiguo nombre de esta ciudad), primero por los indios, luego por las leyes españolas, el Gobierno con las Leyes de Reforma y después la urbanización de la ciudad.

El templo actual fue construido en 1787 junto al convento franciscano. El terreno donado era muy extenso, abarcando varias cuadras e incluso un cementerio a espaldas de la capilla. Pero al entrar en vigor la Ley de Reforma, cuando fueron nacionalizados los bienes eclesiásticos, pasó a ser propiedad de la Nación.

Según datos del investigador Pablo M. Cuéllar Valdés, en el libro “Historia de la Ciudad de Saltillo”, que se encuentra en el Archivo Municipal, antes el convento franciscano incluía la plaza, el terreno ocupado por el edificio Coahuila, el estacionamiento al sur y el tramo de la calle Ateneo desde General Cepeda, hasta Arteaga y las casas situadas a ambos lados de este trecho.

En lo que ahora es el edificio Coahuila antes se encontraba el Colegio Civil, proveniente a su vez del antiguo Colegio Josefino, institucionalizado por los franciscanos que se encontraban en la Iglesia de San Esteban.

El jardín se hizo plaza pública y se abrió la calle Guerrero, entre De la Fuente y Ateneo, y la Ateneo, entre General Cepeda y Arteaga.

En 1884 el Gobierno vendió a la comunidad bautista el predio en donde actualmente se ubica el templo. Ahí se encontraban ya los cimientos para ampliar el templo de San Francisco.

En 1926, por los conflictos religiosos, se retiraron los sacerdotes de esta orden y no regresaron hasta 1944. A partir de esa fecha se han hecho mejoras al templo, siendo las más importantes las realizadas en 1953, modificando la fachada anterior y construyendo una estructura y una bóveda de concreto.

Según un texto de Juan Marino Oyervides, publicado en febrero de 1987 en un periódico local:

“Lo más doloroso fue que en ese mismo año el edificio fue demolido en su parte norte, la fachada a la calle Juárez, por lo que la portada frontal se vio afectada. La orden fue un barbarismo, no se pensó en la preservación del patrimonio y ni siquiera se dio el resultado deseado, ya que no se continuó el alineamiento al oriente de la calle”.

Quizá conservando los votos de pobreza y austeridad que identifican al santo patrono, el templo conserva una fachada austera cuyos recubrimientos de cantera contrastan el tipo misión que prevalece en su arquitectura.

Aun así los adornos no son exagerados, dos angelitos de piedra remataban ambos vértices de la parte superior en la ventana frontal.

En esa época también un ambicioso proyecto de urbanización para ampliar la calle Juárez redujo la parte norte del cuerpo, quitándole lo que ahora quedó sólo como un área de estacionamiento invadida de taxis. Se retiraron los contrafuertes y se cambió la cubierta de vigas, poniendo en su lugar una bóveda de concreto.

“En aquella época se quería realinear la calle Juárez y decidieron empezar con algo grande, que se note y la gente vaya entendiendo y a la hora de la hora, salvo un par de esquinas, una privada en Juárez llegando a Catedral, pero nunca se realinearon las casas porque hubiera implicado rasurar incluso al Casino de Saltillo y el Recinto de Juárez y perdimos un edificio”, señalan los historiadores.

TEQUIO CONTRA DIEZMO

La Orden de San Francisco en Saltillo tiene sus orígenes en un grupo de franciscanos que se encontraban en la parroquia de San Esteban de la Nueva Tlaxcala. Era una parroquia de indios, en la cual no se pagaba un diezmo, sino un tequio, esto es, trabajo personal en beneficio de la Iglesia.

En cierta época del año, los feligreses se comprometían a bajar algunas vigas, arreglar el techo, impermeabilizar con capas de tierra o pintar, era un trabajo personal comunitario y la Iglesia no recibía el diezmo.

Esta situación disgustó al clero diocesano, ya que el Obispado no recibía dinero de esas iglesias de indios y poco a poco van secularizando las parroquias, esto es, que abandonen los principios religiosos y comportamientos más tradicionales, en perjuicio de la orden franciscana.

En 1769 a la Iglesia de San Esteban entran los sacerdotes seculares y se desaloja a los franciscanos. La feligresía se enfrenta a tener que pagar un diezmo.

A finales del siglo 18 regresan los franciscanos a Saltillo buscando dónde establecerse, pero ahora ya no en el pueblo sino en la Villa de Santiago. En 1767 habían sido expulsados los jesuitas y sólo había quedado una capilla (ahora la Iglesia de San Juan Nepomuceno) con un jesuita que por su edad no había podido irse.

Ahí se refugian los franciscanos, pero con la condición de que al templo no se le quite el nombre de San Juan Nepomuceno.

Ante la situación de la orden franciscana, que había sido tan popular, varios vecinos empezaron a donar sus terrenos donde ahora está San Francisco. Ellos eran producto de una cofradía instaurada desde que se encontraban en San Esteban de la Nueva Tlaxcala.

Eran la Orden Terciaria, misma que aún forma parte de la comunidad franciscana junto con los frailes y las hermanas Clarisas. En esta orden había tlaxcaltecas y saltillenses.

Los Terciarios de Saltillo se organizan para apoyar a los franciscanos y con los recursos que reúnen deciden erigir una capilla terciaria mientras están construyendo el templo de San Francisco, el cual nunca se terminó.

Sus muros de tres metros de altura, como se mencionó, terminaron arropando a la Iglesia Bautista luego de ser expropiados por Juárez durante la Reforma.

UNIVERSIDAD

La capilla que actualmente ocupa la Iglesia de San Francisco en realidad estaba destinada a ser la Iglesia de San José, de la cual se derivó el Colegio Josefino, luego el Colegio Civil sobre el cual se fundó el Ateneo Fuente y con él se dio inicio a lo que ahora es la Universidad Autónoma de Coahuila.

Los franciscanos que estuvieron en San Esteban se van y regresan una vez más. Cuando estaban al frente de la parroquia tlaxcalteca tenían varias instituciones únicas en su tiempo. Una de ellas era la escuela, tenían maestros de latín, enseñaban a leer y escribir, era la única en la entonces Villa de Santiago.

Según la tesis de la investigadora Candelaria Valdés sobre los orígenes del Ateneo Fuente, esta escuela en los siglos 17 y 18 era única en toda la zona. No había una escuela así, por lo que no es de extrañarse que cuando regresan los franciscanos se instale el Colegio Josefino que después se convierte en el Ateneo.

“Moralmente hablando −afirman los historiadores− la Universidad surge del Ateneo y éste del Colegio Civil Público, del Colegio Josefino, moralmente la Universidad podría rastrear sus raíces hasta la escuela tlaxcalteca de San Esteban”.

Otro lazo más entre San Francisco y San Esteban lo da la música.

La iglesia tlaxcalteca tenía un coro con su maestro de capilla, éste debió haberse instalado en el lado franciscano en Saltillo porque cuando se inaugura Catedral en 1800, el coro que va acompañando la procesión es el de San Francisco.

“No debe extrañarnos que San Francisco tenga un arraigo muy fuerte con los saltillenses y los tlaxcaltecas, una gran devoción, las danzas, se puede explicar desde estos orígenes”.

A la fecha, la devoción de los saltillenses por San Francisco aún recuerda, por ejemplo, al padre Luna, un presbítero que curaba viendo el iris del ojo. Por la calle Juárez todavía sobrevive una tienda donde venden hierbas y té para curar, herencia del padre Luna, dicen.

EL CORDONAZO

El hábito de San Francisco, símbolo de la máxima pobreza en que vivía, era una sencilla túnica de la tela ordinaria que utilizaban los trabajadores en el campo. Al ser despojado de sus bienes por parte de su padre, Francisco recibió esta prenda de parte de un religioso.

En ella trazó una cruz con tiza y ató la cintura con un cordón, famoso ahora por pronosticar las lluvias más violentas del fin de temporada, el inicio del fin de ésta o la crudeza del invierno próximo a llegar.

De acuerdo con la leyenda, San Francisco se encarga de propiciar y administrar las lluvias durante el año, por lo que cada 4 de octubre San Francisco sacude el cordón de su túnica para quitarle el agua que allí se ha acumulado y al hacerlo de su cordón caen vigorosamente las últimas gotas de agua hasta la Tierra, iniciando así el fin de la temporada de lluvias que se puedan esperar ese año.

La gente del campo está a la espera del “Cordonazo de San Francisco”. Si no se presentan las lluvias, se da por hecho que ya no habrá más hasta el próximo año y que las heladas llegarán temprano, o que éstas serán muy intensas.

LA CALAVERA

Aunque tradicionalmente el santo franciscano es pintado en apacibles paisajes con animales y aves a su alrededor, o charlando con el “hermano lobo”, también hay una imagen contrastante y oscura en la que San Francisco aparece con una calavera en sus manos o a sus pies.

Ésta corresponde a un cuadro en donde lo muestran en actitud de oración con los ojos mirando el cielo y la escena se completa con una calavera que el santo toca con su mano.

La calavera es un símbolo característico (como en las representaciones de San Gerónimo o de María Magdalena, entre otros) del abandono de lo material y lo perecedero de la vida, para dedicarse a un enriquecimiento espiritual de la existencia.

Así San Francisco con su hábito nos está demostrando el valor de la pobreza, con su mirada al cielo, el valor de la oración sincera, y con la calavera, el poco apego a lo material de la vida.

UN SANTO ECOLOGISTA

Aunque su nombre significa “pequeño francesito”, Francisco de Asís nació en Italia en 1182. Su padre, Pedro Bernardone, admiraba la cultura francesa, por lo que lo bautizó con ese nombre. Era comerciante, por lo que su holgada posición permitió al joven Francisco una vida disipada entre fiestas, paseos y reuniones.
Sin vocación para los negocios y el estudio, contrastaba su bondad: no negaba un favor o ayuda a los pobres.

A los 20 años, durante un conflicto entre Asís, su tierra natal, y Perugia, Francisco combatió por su ciudad y cayó prisionero de sus enemigos. Un año después se reincorporó al ejército portando una elegante armadura.

Según los relatos religiosos, ver a un soldado muy pobre sin armadura ni caballería le impactó profundamente, por lo que decidió regalarle su propio equipo. Esa noche soñó que le regalaban una mejor armadura de la que él mismo había proporcionado, una armadura para enfrentar a los enemigos de la vida espiritual.

Posteriormente, el joven Francisco cayó enfermo y veía en sueños más señales divinas: “¿Por qué dedicarse a servir a los jornaleros, en vez de servir al Jefe Supremo?”, le decían.

Francisco volvió a Asís totalmente cambiado, quienes lo conocían murmuraban que el joven estaba enamorado a lo que respondía que así era, sin revelar que esto era un llamado a seguir la vida de Jesús, en la pobreza, por lo que empezó a desprenderse de sus bienes y regalarlos a los pobres.

Su encuentro con un leproso fue una inspiración divina. Venciendo la repugnancia que sentía al ver las llagas, se aceró a él besando sus heridas. Entonces, inició una batalla contra sus propios instintos en pro del sacrificio a favor de los demás, empezó a visitar en los hospitales a enfermos y pobres.

En los años siguientes, Francisco fortaleció sus convicciones, de manera tal que su padre terminó desheredándolo y él quedó en libertad para sentirse sólo hijo de Dios e iniciar su propia comunidad cristiana, teniendo entre sus adeptos a amigos que abandonaban su riqueza por vivir en la pobreza y a una joven de su comunidad, cuya determinación dio origen a la orden Clarisa, que aún ahora acompaña a los franciscanos.

Sus hermanos franciscanos atestiguaron cómo el joven santo era seguido por los animales, las golondrinas lo seguían en bandadas y formaban una cruz encima de donde él predicaba, lo despertaban, lo seguían y su contacto con un lobo feroz al que “convenció” de dejar su fiereza, quedó plasmado con el famoso poema “Hermano Lobo”, en el que se habla de esta proeza.

San Francisco murió a los 44 años, casi ciego luego de recorrer grandes extensiones en pleno desierto durante sus peregrinaciones a Tierra Santa.
Dejó fundada la comunidad de Franciscanos, y la de hermanas Clarisas que junto con sus seguidores son el grupo religioso más numeroso de la Iglesia Católica.

El 3 de octubre de 1226, acostado en el suelo, cubierto con un hábito que le habían prestado de limosna, falleció San Francisco. Dos años después fue declarado santo.

Un último agravio…

» Como se recordará, durante poco más de seis años la estatua del torero Fermín Espinosa, “Armillita”, se ubicó en la plaza frente a la iglesia de San Francisco, cuya vocación es de respeto y protección a los animales. Sin embargo, ésta fue retirada en 2009 para ser reubicada en el Museo Taurino. En su lugar quedó un hueco en el adoquín.

» Ahora lo que priva es el desorden originado por decenas de puestos ambulantes que cada semana se instalan en la plaza, mismos que utilizan los árboles para apuntalar sus puestos y cableados eléctricos. La falta de mantenimiento del lugar es visible para propios y extraños, aun tratándose del propio Centro Histórico de la ciudad.

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